Una ciudad en la memoria

…Sólo sabía que llevaba veinte días en Lisboa y que había ido para quedarme.

Qué hice?…

Para ambientar textos 6

En apenas un mes ya casi había hecho un amigo, Tony, y se me iba poniendo cara de sopa, de tanto degustarla. Comenzaba a llamar a las cosas por su nombre, y de una cierta manera le iba cogiendo el tono a la ciudad. Creo que conseguí por algunas horas ser el César de la aldea, y yo también me sentía colmado de lo que nunca tuve ni tendré, hastiado de dioses que no han existido todavía. Me había enamorado un poco de Mafalda Arnauth, essa voz que me atravessa, que si Lisboa tuviese rostro sería el suyo. Ciudad levantada, caída y vuelta a levantar, como Jerusalén, como Costantinopla, como Roma, como los imperios que le preceden, sobre siete colinas sagradas (São Vicente, Santo André, Castelo, Santana, São Roque, Chagas y Santa Catarina), que se desperdiga hacia nuevos horizontes pero siempre con el río como límite y el mar portugués como, allí donde la tierra se acaba y el mar comienza, ese mar que hizo de Portugal un imperio marítimo y espiritual y cuyas reminiscencias ponen nombres de calles en centros comerciales temáticos como este de Colombo. Aldeia hecha de gente, o povo de Lisboa, cuyas historias se confunden con mi propia ausencia de historia, con mi “autobiografía sin acontecimientos”, como argumentos, tramas y subtramas, cada cual con su propio planteamiento, nudo y desenlace, que se desarrollan en mi mente con una embriaguez tal de sensaciones y atisbos, al coger un tranvía, al otear en el interior de un comercio, al abrir al azar del paseo ante una plaza armoniosa, al cruzarme con un hombre de camisa negra y sombrero, al contemplar a Ofélias saliendo de las Facultades con sus vaqueros de tiro bajo y sus tops coloridos, al escuchar conversaciones en los bares, en los cafés, en el Metro, por las calçadas. Las crónicas de batallas perdidas narradas en los azulejos de una iglesia o de un Museo, donde están todos, desde Camões a Martim Moniz, pasando por el rey Sebastián o Enrique el Navegante. Las ofrendas en la estatua del doctor Sousa Martins en Campo Mártires de la Pátria, como si de un santo se tratase, o el perfil de Pessoa identificando la puerta de caballeros en las casas de banho de bares de copas, como si del Cristiano Ronaldo del momento se tratase; y sus propias historias se confunden con la música de acordeón que se desparrama por las callejuelas de Alfama o Mouraria a través de una janela, o con los silbidos de los ferrys que van a la otra banda del Tejo y que posibilitan el deslumbramiento cotidiano de contemplar la ciudad desde el río; las gruas de Lisnave, donde se limpian y remiendan las tripas de los barcos, al fondo, y los gritos de los niños, esos niños somnolientos del abismo, jugando a ser Luís Figo en un callejón de infancia “pavorosamente perdida” de Madragoa; las veletas y los gatos y las chaminés en los tejados del barrio, y otra vez el olor a churrasco; cuervos, delfines, serpientes y gaviotas, ropa tendida, una varina que pasa, el eco de los poetas que se vuelven a su paso, las voces del pasado, el silencio del futuro, la historia que nos fue negada vivir (pero no escribir), una persecución, dos hombres corriendo pistolas en mano por las arcadas de la Praça do Comércio, un ajuste de cuentas, un agente de la PIDE, o tal vez los protagonistas de la novela de Muñoz Molina, aquel invierno en Lisboa, o el propio Muñoz Molina dejándose deslumbrar por la ciudad, una clara y fría mañana del 2 de enero de 1987… Y luego está esa otra embriaguez de palabras y el milagro cotidiano de redescubrir el mundo al aprenderlas, primero, y aprehenderlas, después, comenzando así a llamar a las cosas por su nombre.                                        

EL OTRO EGIPTO. Murales populares en el Valle de los Nobles

 

Y todas estas acciones, el movimiento que se demuestra andando, pero sobre todo las no acciones propias de quien es mero espectador en la ciudad, constituían para mí el simple y puro sentimiento del privilegio de vivir en Lisboa, haciendo camino e historia al andar. Vivir, tal vez, para, algún día, llegar a  contarla. Algún día.

—Sabes lo que se dice, ¿no? —me explicó Tony, una de esas tardes—: que Portugal es Lisboa y lo demás es paisaje. Que Coimbra estudia, Braga reza, Oporto trabaja y Lisboa… se exhibe.

Me paré a pensarlo, en aquella ocasión.

—Ah, ya… Pero yo no lo creo. Es verdad que recoge una buena muestra de los que es el país, y también es verdad que si no llega a ser por Lisboa Portugal hubiese sido absorbida por alguna potencia. Pero para mí, no sé… Lisboa es Lisboa.

…Ese estado de ánimo sobre el que nunca seré capaz de escribir ni una sola línea digna.

 

 

Extracto de la novela “Tal vez se llame Lisboa…”