Los domingos al sol de Lisboa

En esta mañana primaveral de abril, de claveles rojos en los balcones abiertos de la Rúa de la Esperanza, en Madragoa, salgo a beberme Lisboa; no como Fernando Pessoa, en las tabernas, sino en los parques de palmas abrazándose en el cielo claro, al sol reflejado en los azulejos de sus fachadas.

Sólo he viajado como periodista con bandera dos veces: una, en cronista, por Sudamérica; la otra para hacer el ganso en un Telemaratón Solidario, que, como diría Ramón España, fue algo así como Un millonario comunista. Estuve una semana en el Hotel Meliá de Córdoba, entrevistando a José María García, al alcalde, y a otros famosos de medio pelo que me ponían la cabeza como un bombo. Telecinco, quizás ahora lo sigue siendo, era generosa en salario y dietas, y aquellos días, aunque estresado por el móvil siempre sonando y las escaletas rectificadas que cada media hora me pasaban por debajo de la puerta, viví con pasta suficiente para, cuando ya una luna juguetona rascaba el minarete de la Mezquita, husmear en las ferias de libros antiguos de la Judería. Aquellos días me parecieron un espejismo en mi carrera como periodista donde, aunque todavía cortaba cualquier baraja de jornada completa, ya sentía con virulencia la soledad vampira del que por su cuenta, lejos de la tribu, busca esa sangre suficiente de horas libres que demanda el oficio de escritor.

Canta el Cuarteto de Nos en Ya no sé qué hacer conmigo que primero se recurre a un psicólogo, luego a un teólogo, después a un astrólogo, y por último a un enólogo. Soy abstemio. No quise estar amarrado a una redacción orinando notas de prensa, lamiendo caquita, segando en plan campesino de Millet los tristes campos intermedios anteriores al gran océano plenamente creativo. Subí deprisa al vagón de carga de la profesión. Viajé en trenes lentos con el pan de párrafos cuidados de los grandes bajo el brazo. Viajé hacia las rutas salvajes del paro. Viajé, mucho, hasta que para los jefes de redacción que alguna vez me soplaron la corneta de sus peticiones macarras fallecí de hipotermia literaria.

Criogenizado tanto tiempo en periodista sin bandera por los caminos del mundo, ahora, mi amigo el escritor y empresario cacereño (un cacereño de Lisboa afincado en Madrid, o un lisboeta de Cáceres de paso en Madrid, como le gusta decir a él) Luís Morales se ofrece a enrolarme como polizón en una página web emprendedora y utópica que abrirá en el tiempo de las chicharras. El capitán Luís, como yo, hace tiempo ya que intenta publicar su obra con editores que no le pidan la bolsa sin la vida; como yo, ha trabajado en menesteres que nada saben de esa mirada rajada por la navaja de la Literatura; y como yo también, conoce lo que es escribir sin más retribución que recolocarse las entrañas. Mi amigo Luís, superviviente en tantos cantos de sirenas, escritor puro, viene ahora, en empresario pirata, a embarcarme como profesional de la escritura, y no lo he dudado. A la del alba, cámara y cuaderno por banda, salgo hacia Barajas. En la proa la ciudad de Camoes, en el alma la ilusión de realizar la primera incursión a tierra en un galeón que ojalá no padezca el escorbuto de la falta de patrocinio, escuche toda la noche pasar pájaros, y desembarque, al fin, victorioso en Nuevo Mundo.

Lisboa es un estado de sitio emocional al que no le va ni los burguers ni los afterhours; una ciudad que se fotografía en sepia, se desayuna en voz baja, y se lee en verso. Lisboa tiene Corte Inglés -símbolo de civilización en cualquier urbe de la Península Ibérica- pero hay en ella algo irrecuperablemente antiguo. Lisboa es un trenecito eléctrico en el escaparate de una tienda de i-Pods.

Inicio el asalto a la ciudad en la Plaza de Luis I. No puedo pensar si antes no como. Bajo la sombra de los ficus desenvuelvo una flauta de mortadela de pavo con tomate y, como siempre, la vida que prevarica a mi alrededor, me escribe sola la crónica: -¿Eres de Madrid? -el pelo mugriento, no tiene dientes, viene agarrando del brazo a una chica vestida en su misma boutique-, ¿de Embajadores, no? -reclama un trozo de mi bocadillo para su princesa-. A tales horas todavía no tengo la simpatía suficiente con esa gente-gruta cuyas palabras retumban demasiado y que jamás piden permiso al invadir tu parcela.

Todavía es temprano pero el sol ya barniza de salitre las frutas del Mercado da Ribeira, donde merodean mozambiqueños, angoleños, chinos de Macao, indios de ojos saltones de Goa. Las palomas zurean entre cajas de pescado. Huele a torrefacto. Cierro los ojos debajo del rayo de luz que se cuela en los ventanalesy escucho: -Venga, sube conmigo a la pensión -otra pareja se tambalea entre los panes, demasiadas ojeras, acaban de salir de un garito; él quiere vaciar los restos de la noche en ella, que ya lleva los pechos casi fuera; ella no está segura de lo que quiere, pero el alcohol que lleva dentro hará el resto-.Vengo a la Madragoa para ver cómo la cultura negra de las colonias pinta el cuadro daltónico de la urbe; quizás a corroborar presencia de agua, que en esta ciudad edificada sobre siete colinas, como tantas otras, siempre me queda lejos. Las campanas de las iglesias tañen. El Tajo sube a las estrechas cuestas aromas de  fresco. Los faroles de las esquinas alumbran el encanto decadente de antiguos palacetes tapiados. La mañana es lenta como el conocimiento profundo de una persona, pero detrás de un cubo de basura dos jóvenes se meten rayas con urgencia. En la puerta de una discoteca un portero cuece a hostias a un compatriota; de fondo una atmósfera portuaria de fin de tierra. La bulla de caboverdianos y brasileiros saliendo de los antros oscuros a las calles empedradas de tranvías vacíos, de gatos ocultos tras las blancas sábanas tendidas en las fachadas, y ventanas abiertas que esparcen en el aire claro de la mañana fragancias y palabras de loros enjaulados, aporta al barriola impronta multicultural que en otros ámbitos quedaría bien, pero que en el silencio dominical de la vieja Lisboa desentona y la hace desperezarse en un sudario de calima.

Hay ciudades que bailan con Satán un aquelarre de arte vendible en ARCO; ciudades emputecidas por ilusiones olímpicas y el sórdido placer de ser agujereadas por las obras; ciudades campo de abono de profilácticos que emulan sin complejos a Sodoma y Gomorra; ciudades que quedan bien como meaderos públicos u hospitales de campaña de la condición humana, cuyos alcaldes se parecen al espectro de Espartaco Santoni; ciudades lóbregas de jóvenes sordos y ciegos en zulos que apestan a alcohol y en cuyos vértices se entonan las mismas frases acompañadas de extrañas gestualidades de violencia y conquista. No es así Lisboa, que regurgita al alba los despojos de la noche y prefiere la calmosa luz oblicua sobre las calvas de los viejos y los juguetes de los niños en los parques. Lisboa, en sus excesos posmodernos, tiene algo de cuadro de Francis Bacon, con esos jóvenes de ropas sueltas y gorras de lado conduciendo coches tintados que le sientan tan mal como un fado alegre.

El fado es triste; es amor, celos, ceniza y fuego, dice Amalia Rodríguez; es destino; yo diría que es el destino triste de los que perdieron la fe. Voy a comprobarlo a un teatrillo penumbroso del viejo Chiado, a la vera del café A Brasileira, donde antaño Pessoa podía sentarse a escuchar una Lisboa dominical y mañanera en la que aún caminaba sin el incordio de esa horda de turistas que ahora le soba en su inmortalidad de bronce. El polvo suspendido bajo las luces de los focos, las dos sillas vacías esperando la entrada de los cantantes, las paredes de la sala cubiertas de añejas fotografías tienen ya algo de fado. De repente salen al escenario dos guitarristas, uno viejo y otro joven; son diferentes, pero tienen en común su afición a mirar el escote de la cantante. El viejo tiene en el rostro ese eco sentimental del portugués: ojos hundidos, párpados ojerosos, algo de Saint-Exupéry después de un vuelo nocturno repartiendo correos postales; el joven es descarado y conversador y luce una nariz partida y un pañuelo blanco en la solapa de chulo de Salvador de Bahía.

En la Rúa Augusta, bajo la lona de una terraza en la que ya se cuela un sol que reivindica su predominio sobre la sombra, espero unas sardinas leyendo la prensa española, junto a familias portuguesas que se reparten grandes jarras de sangría y de s asados, cuando, de pronto, en la mesa de al lado, aposentan sus anchos traseros cuatro estadounidenses que llaman ostentóreamente al camarero pidiendo coca-colas y cervezas, en un inglés cerrado en el que no se les escapa ni un modesto obrigado y que presuponen que todos los camareros del planeta deben descifrar. Pronto pierden la paciencia porque su camarero parece el último de la clase, y llaman a otro para que les tome nota. No paran de gritar lo fucking different que es Portugal de España, donde todos los comensales, que almorzamos en recogida reserva, incluidos los niños lusos de las mesas adyacentes, nos enteramos que acaban de estar. No llevo tapones en los oídos, así que me parapeto en las gafas de sol, en los artículos de opinión, y en la observación de los pobres tirados sobre el asfalto. Las yanquis llevan razón. Portugal mira a España más de lo que España mira a Portugal. Sólo hace falta pasearse por los mercados de libros antiguos de la Alfama para ver la cantidad de obras traducidas al castellano; algo impensable a la inversa si uno se pasea por el Rastro madrileño. Probablemente no son malas chicas, manejan a la perfección Macintosh, y en su Oklahoma natal pagan impuestos y de vez en cuando dan limosna, pero su ristra de estereotipos, su falta de respeto a la liturgia lumínica del cénit solar que embalsama el aire de sargazos, su incultura hacia ese vetusto rito de la sobremesa que en la Vieja Europa meridional hasta las gaviotas respetan, y que generaciones precedentes de sabios camareros obtusos conocen y veneran, las hace, a esa hora quieta donde el pasado, algo que ellas sólo conocen en los e-books, enseña la pátina de las cosas que el tiempo ha pintado en el bodegón de la Baixa, elementos disfuncionales, como sindicalistas en un campo de golf.

Bajo a la Plaza del Comercio, reconstruida tras el terremoto por el marqués de Pombal, para sentarme en las Cais das Colunas frente al Tejo, ese río como mar que pinta el atardecer de tornasoles y de una laxitud idónea para que los turistas, derrengados por las cuestas del Bairro Alto, se sienten frente a sus escalinatas arepasar la aventura de repetir los mismos caminos que otros ya trillaron. Me gusta pasear por la Historia que se vive en directo, la que se escriben en los periódicos. Siempre me ha aburrido peregrinar por el Vía Crucis de monumentos y museos que las guías turísticas señalan como inexcusables. Ni siquiera subo al Ascensor de Santa Justa, por no guardar fila. He regresado a Lisboa, como siempre, para desconocerla y acabar enhebrando frases de su Intrahistoria. No sabría situar la Torre de Belem, el bosque de Monsanto, o el Puente 25 de abril, aunque creo que los he visto, pero tampoco estoy seguro. Me voy con el dolor del rostro de un mendigo, la inocencia de un gesto infantil, lo fugaz que juega a eternizarse en las orquestas de indios peruanos en el Rossio. Me voy bajo el humo blanco de los aviones de reacción y una luna payasa en el ocaso todavía pujante. Me voy pensando en los pequeños accidentes cotidianos que he robado con mi cámara y mis cuadernos. Me voy asombrado, como la primera vez que vi todos los sueños de Dios en el mundo al asomarme a la ventanilla de un avión, de la luz alta y zarca difuminando el Atlántico, ya abierto a las playas en Belem; de los cargueros estáticos dejando regueros de espuma en la lengua de agua que entra a esa Lisboa luminosa y primaveral en la que, una vez más, me he sentido como intruso que al fin sale de su monacal domingo. Me voy pensando que Lisboa es piedra que se queda, piedra a la que molesta la gente, nosotros, que, como diría Ricardo Reis, siempre llegamos a ella con nuestro ruido de gritos y pregones.

Iván González (Madrid, 1975), Periodista sin bandera.