Lisboa caminada

Lo mejor de la lejanía absoluta de Lisboa es lo cerca que está. Basta menos de una hora de vuelo o una noche de tren para llegar a una ciudad que nos concede siempre, aunque la reconozcamos, la sensación magnífica y vigorizadora de habernos marchado muy lejos de nuestro país, de haber dejado muy atrás los escenarios y las costumbres de la vida diaria, sin sumirnos por eso en el disgusto y la mugre de lo exótico, en el desconsuelo de lo radicalmente extraño. El viaje en avión desvirtúa la llegada, porque entre el aeropuerto y la ciudad se ve lo mismo que en cualquier otra parte. Sería más adecuado llegar en tren, muy de mañana, a la estación de Santa Apolonia, después de haber dormido en ese Lusitania Express que tiene algo de la sugerencia internacional y nocturna del Orient Express, o mejor aún en un barco que se internara lentamente en el Tajo, mostrándonos toda la longitud de la ciudad y el esplendor del cielo sobre sus colinas, para detenerse muy cerca de los escalones de la plaza del Comercio.

Descubriríamos así, nada más pisarla, que esta ciudad no se parece a ninguna, y que está mucho más lejos de España que los kilómetros exactos que la separan de ella. Nada en Lisboa nos es del todo ajeno, pero tampoco hay nada que sea del todo familiar, y a veces hay serios motivos para el desconcierto: la luz verde en los taxis indica que van ocupados; el idioma, que leemos sin dificultades graves, es tan incomprensible como una lengua nórdica cuando nos hablan muy rápido; la luz, que en los días claros es de una magnificencia absoluta, tiene sín embargo una tonalidad dorada más suave, ligeramente desleída en la humedad del aire: la colina de la Alfama, coronada por el castillo de San jorge, se parece a los barrios de alcazaba de algunas ciudades andaluzas, pero en ella el sol no choca, como en Andalucía, con el blanco violento de la cal. Los colores de las fachadas de Lisboa tienen una cualidad tenue, de azules cerámicos,amarillos y ocres, de rosas fuertes, de rojos de almagre, de grises claros que adquieren una prestancia neoclásica cuando les da el sol y se vuelven tristes y un poco administrativos en las mañanas nubladas, en las tardes dominicales de lluvia, sobre todo en el ínterior de las arcadas de la plaza del Comercio. El azul limpio y muy suave del cielo -eterna verdade vazia e perfeita, dice un verso de Fernando Pessoa- concuerda sutilmente con los tonos rojizos de los tejados: incluso en las mañanas frías y soleadas de invierno en que la transparencia es más exacta, queda siempre un punto de niebla y de íncertidumbre en el aire, provocada por la cercanía del estuario del Tajo: más allá de sus aguas, en las que algunas veces la luz del día crea relumbres dorados, se ven desde la plaza del Comercio o desde cualquiera de los miradores altos de la ciudad las sombras azules de los montes del otro lado, los edificios portuarios de Cacilha, la delicada audacia y el lirismo técnico del puente 25 de Abril, que tiene una belleza digna de su nombre, y más allá del cual la luz, la niebla, la lejanía y el agua se confunden en un solo resplandor de gasa, en una proclamación de lo desconocido, de lo que está mucho más lejos, la anchura ilimitada del mundo hacia la que se asoma Lisboa, última ciudad de Europa, capital durante siglos de una geografía fantástica cuyos indicios, olores y sabores aún permanecen en ella, dándole ese aire ultramarino que tiene, ese exotismo de almacenes de especias y cafés, de jardines botánicos donde se coservan las temperaturas y los árboles del trópico, de estatuas con pedestales de elefantes y establecimientos comerciales con nombres de ciudades y de países del otro lado de La Tierra: Casa Chineza, A Brasileira, Banco Comercial de Macao, Casa Havaneza.

Al viajero español, al turista caminante y gandul que se deja llevar por el puro aliciente de las calles de Lisboa, esa presencia de lo africano y lo asiático en medio de una ciudad tan europea contribuye a darle la sensación de lejanía. Madrid también fue durante varios siglos la capital de medio mundo, pero de aquel predominio no ha quedado ni un solo rastro, no ya en la vida comercial, sino en la misma imaginación española: la única de nuestras ciudades en la que permanece algo de América es Cádiz, y eso precisamente le otorga su singularidad admirable, una sugerencia de latitudes, comercios y viajes marítimos que también tiene, en estos tiempos, algo de anacrónico, del suave anacronismo de Lisboa, donde aún quedan tranvías que ascienden las cuestas con una confortable lentitud y cafés con veladores de mármol, grandes relojes de pared y techos pintados a principios de siglo con alegorías de los inventos modernos.

Para el turista ilustrado, la lejanía de Lisboa es un antídoto: en las ciudades españolas la alianza entre los especuladores y los diseñadores, así como una tendencia general al abandono y a los malos modos, han logrado borrar en poco más de una década casi cualquier residuo de patrimonio urbano. Los portugueses, que no sólo son más templados y más cultos que nosotros, sino también menos despilfarradores, han preservado en su capital algunas de las señales más valiosas de su pasado, lo cual no es un ejercicio de nostalgia, sino exactamente de lo contrario, de una lealtad simultánea a los mejores episodios de la modernidad. Caminar por Lisboa sin destino preciso es una manera de viajar por las ilusiones y arqueologías de progreso de los dos últimos siglos. En el barrio de la Baixa, entre la plaza del Comercio y la del Rossio, entre la ladera del Chiado y la de la Alfama, uno viaja por el sueño ilustrado del siglo XVlll, por la ciudad regular y aritmética que la energía visionaria del marqués de Pombal quiso establecer sobre los escombros quemados de la Lisboa antigua, desordenada e insalubre que destruyó el terremoto de 1755. El entusiasmo por la ingeniería, el maquinismo y la electricidad de finales del siguiente siglo tiene en Lisboa un monumento digno de la torre Eiffel, y contemporáneo de ella: el elevador de Santa Justa, que aparece sin previo aviso delante de uno con su aire algo absurdo de torreón neogótico de hierro pintado de gris. Por 80 escudos se adquiere el derecho a un viaje de ida y vuelta al Barrio Alto en una cabina de paneles de maderas oscuras y manivelas hidráulicas de latón sobredorado que le hacen imaginarse a uno que ha ingresado en un vehículo de Julio Verne, en un poderoso artefacto que asciende con una lentitud y una solvencia de mecanismo victoriano mostrando al mismo tiempo por sus ventanales una panorámica gloriosa de la ciudad. Muy cerca, en la rua dos Sapateiros, a un paso del arco que la separa de la plaza del Rossio, sigue estando uno de los primeros cines que debieron de abrirse en el mundo, y que de hecho es anterior incluso a los tiempos en los que el cine empezó a llamarse cine, porque se llama animatógrafo, y tiene una fachada fantasiosa y modesta, con rarneados y ninfas art nou-veau, que ahora enmarcan discretos anuncios de películas eróticas.

Parte del misterio sutil de Lisboa procede de esa supervivencia de modernidades antiguas, que han resultado ser perfectamente prácticas, como los tranvías, esos eléctricos en los que Fernando Pessoa se dedicaba a la observación meditabunda de las calles de la ciudad y de sus compañeros de viaje, bajándose luego, nos dice, aturdido, como si acabara de vivir varias vidas enteras. En la avenida de la Libertad, el aficionado a las arquitecturas art déco encontrará algunos edificios de un aerodinamismo magnífico. La sede de la Anglo Portuguese TelephoneCo., junto a la calle de la Misericordia, es de una elegancia tan sólida como la de esas catedrales del comercio que se levantaban en Chicago a principios de siglo. En la ciudad baja, las sinuosidades de los raíles brillan en la claridad húmeda de las mañanas y bajo la luz oblicua de los atar’deceres como un contrapunto a las líneas rectas de las calles, a la geometría del urbanismo ilustrado. Por las cuestas que suben al Barrio Alto y a la Alfama, los pequeños tranvías amarillos tienen una obstinación de ferrocarril alpino, una poesía futurista de empuje milagroso y eléctrico: los coches, en las calles tan estrechas y en las plazuelas de los barrios altos, son invasores sin escrúpulos, intrusos feroces de chatarra y de humo: los tranvías, con su sonido quejumbroso y humano -de nuevo recuerdo a Pessoa- pertenecen a las calles tan íntimamente como las acacias o las estatuas.

Lisboa, ciudad universal, metrópoli de medio mundo y puerto de destino de los tesoros de Africa, del Brasil y de Oriente, tiene al mismo tiempo una escala y un aire recóndito de capital de provincias, con sus pastelerías de toda la vida en las que se abastecen las familias después de la misa del domingo, sus comercios de tejidos, sus tiendas umbrías y feraces de ultramarinos y sus cafés donde acuden a reunirse los poetas locales, los literatos que difunden manifiestos audaces y se ganan la vida trabajando en modestos empleos, como funcionarios o escribientes en oficinas comerciales: que uno de estos poetas locales haya sido Fernando Pessoa, y que uno de los más grandes novelistas europeos, José María Eça de Queiroz, dedicara su obra a contar minucias y chismes sobre la clase media de esta ciudad, y gastara sus energías en maldecida y añorarla desde sus destierros diplomáticos, son hechos que ayudan a obtener una idea sobre la condición ambigua de Lisboa, sobre la naturalidad sin aspavientos de su cosmopolitismo y el orgullo sigiloso de su perduración: en Lisboa, las caminatas del turista ilustrado pueden ser tan gozosas para su paladar y su mirada como para su afición a la literatura, de modo que, después de disfrutar una cerveza y una maravillosa ración de mariscos en la cervecería da Trinidade, puede bajar hasta la rua Garrett y sentarse un rato en la terraza del café A Brasileira, junto a la estatua en bronce de Fernando Pessoa, y concederse una taza de café de un sabor y un aroma que en España son inalcanzables, y luego cruzar, en dos pasos, hasta la librería Bertrand, que está en esta misma esquina desde los tiempos del marqués de Pombal, y donde no sólo puede admirarse la sólida variedad de las publicaciones portuguesas, sino una abundancia excepcional de libros ingleses, franceses, alemanes y españoles: las librerías son uno de los grandes placeres de Lisboa, junto a las pastelerías y a las tiendas de ultramarinos, y el turista haragán puede perder el día entero mirándolas con el mismo entusiasmo goloso con que mira esos escaparates en los que se presentan cestos de granos de café de Timor, de Brasil y de Angola, dátiles del Indico, tés de China, pistachos de Turquía, lomos de bacalao de Terranova, uvas pasas de Yemen.

Las tiendas, los almacenes y las librerías de Lisboa comparten un enciclopedismo antiguo, una vocación de geografía universal de la industria y el comercio. En una gran pescadería, a espaldas de la plaza del Rossio, vi colgado y abierto un animal imposible, un pez que tenía algo de foca y de manatí, de criatura de aguas ecuatoriales o índicas, uno de esos animales que los viajeros del siglo XVI confundían con sirenas o monstruos. En la plaza del Rossio, los domingos por la tarde, la gente merienda café con leche y dulces en los veladores de la pastelería Suiza, y a los olores suculentos del obrador se mezclan los de los puestos callejeros de castañas asadas, tan intensos como los del humo de frituras que sale de las casas de comidas africanas o asiáticas de la Alfama. En la plaza del Rossio y la de Figueira, los matrimonios se pasean del brazo llevando a veces el paquetito de dulces recién comprados en una pastelería, mientras en las esquinas toman el sol y fuman con las manos en los bolsillos grupos de hombres solos que le recuerdan a uno a los que se veían antes en los soportales de las ciudades españolas. En Lisboa muchos de esos hombres que conversan y fuman o escuchan el fútbol en los transistores son africanos, pero se mueven y visten de una forma tan idéntica a la de la gente trabajadora con la que están mezclados en la plaza, que uno no descubre en ellos el menor signo de excepcionalidad o de gueto, detalle que no dejará de sorprender a quien haya conocido t’l muro definitivo y no siempre invisible que separa a los negros de los blancos en Estados Unidos.

Lisboa invita con igual intensidad a detenerse durante horas en cualquier plaza, en cualquier librería o en cualquier café y a no interrumpir la caminata nunca. Transitar en línea recta desde la escalinata de la plaza del Comercio hasta lo más alto de la avenida de la Libertad, donde está el monumento ciclópeo al marqués de Pombal y el parque Eduardo VII, es tan estimulante como dejarse llevar por las escalinatas, los pasajes y los callejones de los barrios altos: ir por Lisboa es ascender y que siempre haya un lugar más arriba, un castillo o las ruinas de una iglesia gótica, al que nos parece que no tendremos fuerzas para llegar, y pasearse por calles de la ciudad baja que desembocan en plazas dotadas de la horizontalidad y la quietud de un delta. Lisboa tiene una sugestión de Finisterre, de última ciudad de Europa que acaba en la escalinata de la plaza del Comercio, que se sumerge en una vaguedad de distancia y de niebla en cuanto el barco se aleja hacia la otra orilla del estuario del Tajo en una falsa travesía marítima que dura menos de 20 minutos, pero que nos permitirá luego inventar un valioso recuerdo: imaginaremos que nos hemos ido como Lisboa merece que se marche uno de ella, mirándola desdibujarse y perderse tras la bruma azulada del mar. Antonio Muñoz Molina.

La crónica “Lisboa caminada” fue escrita por Muñoz Molina en 1992, para un programa de viajes de Radio Nacional de España, y recopilada junto a otros textos del autor por la editorial Calima Ediciones en el libro “Escrito en un instante”, en 1997. Resulta muy difícil conseguir un ejemplar de dicho libro, y más aún recuperar esta crónica. Gracias a la gentileza del autor y la editorial, poramoralisboa.com pone nuevamente en circulación aquella evocación de Lisboa hecha por el autor de “El invierno en Lisboa”, y lo hace con la convicción de saber que se trata de lo mejorcito que se ha escrito expre-samente sobre Lisboa por cualquier escritor  universal en cualquier tiempo y espacio. Es para nosotros un honor, y hasta una responsablidad, difundir de nuevo este escrito enterrado, rescatar este mensaje en botella a la deriva por el Atlántico (ese mar portugués…), del que probablemente será el próximo Premio Nobel de Literatura en lengua castellana.

Con toda nuestra gratitud… y por amor a Lisboa.