El invierno en Lisboa

Todavía no han dado las ocho de la mañana de un domingo cualquiera de febrero en Madrid y ya salto de la cama pensando en un encargo literario: Escribe algo sobre Lisboa para el proyecto que voy a inaugurar, me pidió mi amigo Luis ayer. He estado tres veces en Lisboa, pero creo que es la única ciudad grande de la que jamás he tomado una sola nota o fotografía.

Anoche fui con mi amigo y escritor Luis Morales al cine, a ver Un Profeta; una de las últimas obras maestras -hay años en que no se filma ninguna- que he visto en cine; cada plano, cada gesto de violencia extrema o de calmosa lírica, como el atropello del ciervo o los paseos de los presos bajo la nieve, hasta la redención final con el Mack the knife en la voz de un Sinatra más oportuno que nunca, está rodado por Jacques Audiard con sapiencia de profeta del celuloide, rezuma verismo, sobrecoge, y logra esa mixtura de intención moral y artística que muy pocos elegidos equilibran.

Escribe algo sobre Lisboa, me pide Luis antes de comenzar la película. Cuando asoma el título sigo rumiando la idea, alarmado por caer en la certeza que no albergo más recuerdo de la urbe que el de una traicionera memoria selectiva de pasado difuso. Escribe algo sobre Lisboa… ¿Y qué voy a escribir yo de una ciudad que siempre conocí en invierno, por la que pasé como estantigua, testigo de quimeras cumplidas de otros? Quizás, para escribir algo coherente de una metrópoli que desconozco, debería comenzar por el principio. Por la primera vez que la vi.

Corría el año 81, el anterior al Mundial de Naranjito, el mismo en que mi primo el futbolista argentino, al que todavía no había pillado la lesión que le apartaría definitivamente del fútbol, ni el corralito, vino a Madrid. Yo recuerdo qué fue la Transición Española por estas cosas: por chutar un balón en una Casa de Campo todavía asilvestrada, entre las altas espigas en las que se escondía mi primo, al que yo veía como un héroe por haber jugado con Maradona, y al que ahora, la existencia, esa simpática condición, le ha acabado cantando emputecida esa vieja letra porteña de que en el tango, si te resbalás, seguí bailando; por la larga duración de mis viajes de hijo aún único en el asiento trasero de aquel cientoveinticuatro amarillo que bajo la alfombrilla derecha del suelo tenía un agujero donde yo olía paisajes y veía pasar la monótona línea continua de las carreteras. Mucho troté yo con mis padres en ese carro. Mi madre, todavía con olor a noche y medio dormido, me llevaba con la almohada en la mano hasta él. Maldito bastardo el desguace que lo desmembró. Entonces los viajes empezaban pronto. Las carreteras no eran buenas y se pasaba por muchos bares de pueblos, menos iluminados, aunque con más personalidad que las gasolineras de ahora, donde ya sólo se encuentran bollicaos, patatas fritas, y otras pitanzas bárbaras. Sí, entonces se salía de madrugada, sobre todo, si se iba al extranjero; y eso era Portugal: ajena como la Mónica Vitti del Eclipse de Antonioni, un país de saudades recostadas en Europa a espaldas de España, y donde yo no tenía claro si también había corridas de toros y tortilla de patata.

Se caía el sol. Fue desde el Castillo de San Jorge, de la mano de mis padres. Así fue la primera vez que me asomé a Lisboa. Aún recuerdo la impresión que me causó la ciudad, difuminada; aquel horizonte sanguíneo, como de estío en Alicante, impropio del invierno castellano que yo conocía. Sí. Aquello era Lisboa, puerto de América, y donde cierto tumbao al caminar de los emigrantes caboverdianos anticipaba, también, lo africano.

Dice Claude Chabrol que la tontería es más fascinante que la inteligencia, porque la inteligencia tiene sus límites pero la tontería no. Yo, ahora lo confieso, aunque entonces, agarrado de la mano de mi madre lo callé, era un tonto que quería que me secuestrasen en uno de esos cargueros del puerto para aparecer, una mañana, en África o América; dos lugares que yo había devorado en los tebeos de Tintín y que para mí, y por mucho tiempo, sólo saldrían danzando, con toda su exuberancia canalla, en las películas de Televisión Española después del almuerzo dominical. Recuerdo a mi madre diciendo a mi padre que bajásemos al Bairro Baixo, que anochecía, y que no le gustaba la pinta de alguna gente. Abajo quedaba el Tajo, como un río de verdad para vergüenza de nuestro madrileño Manzanares, y el Bairro Alto, al que nos dirigimos. Anochecía y una fauna de fado pululaba por la Alfama. Recuerdo a un mendigo que olía peor que mi profesor de Química, y que llevaba una cosa rara en el pelo que yo nunca había visto entre los españolitos camisa blanca, y que, años después supe, se llamaban rastas, y que cuando pasó a mi lado me saludó sonriendo. De acuerdo que el tipo se parecía un poco a Norman Bates, el protagonista de Psicosis, pero, bueno, no todo el mundo guarda a su madre muerta en el sótano. Recuerdo a una chica llorando frente a una furgoneta blanca; una criolla elegante, bien vestida, que estaba sola y lloraba. Yo tenía seis años y quise salvarla. No sé de qué. La recuerdo sola, llorando. Quise salvarla. La última caricia de la luz, en su rostro arrugado por el llanto, tapizaba un festín absoluto de oscuridad y de soledad macabra. Nadie acudía a consolarla. Recuerdo que cruzamos la mirada un instante. Mi madre tiró de mí hacia abajo, por la estrecha calle empedrada. Quise salvarla, y no pude, y no se me olvida cómo doblé la calle con mi pequeña derrota.

Conocí a Luis en la Escuela de cine de Séptima Ars, hace más de diez años. Entonces ya tenía Luis la cosa literaria y de Lisboa en la cabeza. En el cine a Luis le pasaba como a mí, que cuando ponía acotaciones a escenas le entraban ganas de añadir adjetivos; esto cabrea bastante a los directores, pero forja escritores. Luis -que aunque no tenía una idea tan itinerante como yo del oficio- ya añoraba pasar el invierno, y el resto de las estaciones, en Lisboa, y como yo, no era otra cosa que escritor puro metido al tinglado del cine.

Entré a trabajar en Antena 3, recién licenciado, en uno de esos contratos veraniegos de becario en los que no te dejan tiempo al largarte ni para recoger las botas. Cuatro pollos nos hicimos bastante amigos; dos de ellos creían en la televisión; así que se convirtieron en integrados que consiguieron enlazar nuevos contratos basura; Hatem y yo, apocalípticos, congeniamos más, y nuestras charletas cinéfilas nos llevaron, viento en popa, y en proa ya la banderola del paro, un fin de semana a Lisboa. Esa fue la tercera vez que visité la ciudad -la segunda también fue, ya no de la mano, con mis padres-. Nos alojamos en una pensión del Chiado a la que bautizamos la Pensión Cuca, porque había unas cucarachas enormes, que yo procuraba no matar recogiéndolas en un vaso, y, como he hecho en otros lugares del mundo, las arrojaba en la penumbra nocturna a la suerte incierta de las escaleras de madera. Hatem pasó el fin de semana hablando de la Escuela de San Antonio de los Baños, en Cuba. Yo no había escuchado nada sobre ella, pero, por las descripciones que mi amigo hizo, en la que ya se había alojado un verano, me pareció la Arcadia necesaria para estudiar cine: clima tropical, barracones con  salamandras y grandes ventiladores bajo los que daban clase tipos como Coppola o García Márquez, y salas de visionado de películas con miles de títulos disponibles. El año anterior había estudiado, por ejemplo, Benito Zambrano, que luego se hizo famoso con la película de Solas. Hatem y yo hicimos los exámenes para largarnos a esa escuelita, un par de años, territorio internacional, único, junto a Guantánamo, que no estaba bajo la tutela de Castro. Sólo Hatem y otras dos o tres personas pasaron el examen. Me hizo gracia el año pasado poner la tele, en la ceremonia de los Goya, y ver un cortometraje de Hatem entre los seleccionados para el Premio Revelación.

Yo no he conocido Lisboa. No guardo ninguna fotografía, ningún apunte, nada que ahora me ayude a hablar de una ciudad que para mí siempre fue un fantasma invernal, como para aquel Biralbo de la novela de Muñoz Molina. He vivido Lisboa a través de los sueños de los otros, en una nube extraña, como de abducido o de heterónimo de Pessoa. Escribió Pessoa en el 34, poco antes de morir: Lo que conozco divido/ de un lado está lo que soy/ y del otro cuanto olvido/ por entre los dos yo voy. He visto, saliendo hacia Estoril y Cascais, desperezarse a Lisboa, con la desgana hermética de un rosacruz; el óxido del tiempo, la espuma de la bajamar deshecha entre las rocas celebrando la vida quieta de sus playas solitarias; el cielo y el mar enloquecidos, de los mismos colores de guerra pintados ambos. Y no conozco Lisboa. Jamás la he conocido. La capital de Portugal sigue siendo, para mí, una extranjera silenciosa bajo la melodía atlántica y las patrullas de gaviotas.

No conozco Lisboa. Quizás mi enajenación hacia esa ciudad a la que nunca le encontré el pulso ejemplifica la dejadez histórica con la que los españoles miramos siempre a la izquierda de la Villa y Corte. Nosotros, los españolitos de entonces, los de la crisis y David Bisbal de ahora, que tanto subimos a por percebes al Norte, bajamos a comer pescaítos al Sur, giramos a estribor hacia las playas de Levante, donde ahora llegan estudiantes nipones de arquitectura para aprender lo que no deben hacer jamás en su país, vivimos en un clamoroso olvido de nuestro vecino del Oeste.

Una vez bajé al Algarve. Entonces Luis trabajaba en un centro comercial de Albufeira, en ese apaño de la media jornada que buscamos los escritores para zambullirnos con seriedad mayor en nuestra obra. Una tarde llegamos hasta el Cabo de San Vicente, donde un hippie me vendió varios dientes de tiburón; era aquel el punto más cercano a América de Europa, y sin embargo, a pesar de tanta espina de dinosaurio sobresaliendo del mar, del viento enrabietado, de la flor de pita, de que era primavera, no ví yo lo ajeno a lo español, en aquel turistiqueo británico tan de cañita, como en Lisboa. El clima benigno de aquellos días, lo que me restaba en Portugal, parecía la excusa perfecta para regresar a la capital, pero sólo, y no recuerdo porqué, nos acercamos al Alentejo. Entonces yo ya sí llevaba el cuaderno a todas partes, pero, destino, qué se yo, la ciudad de Camoes quiso permanecer resguardada, una vez más, en mi retina.

IVÁN GONZÁLEZ (Madrid, 1975), Periodista sin bandera