Crónicas

CronicasHay ciudades que bailan con Satán un aquelarre de arte vendible en ARCO; ciudades emputecidas por ilusiones olímpicas y el sórdido placer de ser agujereadas por las obras; ciudades campo de abono de profilácticos que emulan sin complejos a Sodoma y Gomorra; ciudades que quedan bien como meaderos públicos u hospitales de campaña de la condición humana, cuyos alcaldes se parecen al espectro de Espartaco Santoni; ciudades lóbregas de jóvenes sordos y ciegos en zulos que apestan a alcohol y en cuyos vértices se entonan las mismas frases acompañadas de extrañas gestualidades de violencia y conquista. No es así Lisboa, que regurgita al alba los despojos de la noche y prefiere la calmosa luz oblicua sobre las calvas de los viejos y los juguetes de los niños en los parques. Lisboa, en sus excesos posmodernos, tiene algo de cuadro de Francis Bacon, con esos jóvenes de ropas sueltas y gorras de lado conduciendo coches tintados que le sientan tan mal como un fado alegre.

Extracto de la Crónica “Los domingos al sol en Lisboa”.