La historia de amor

En noviembre de 1919 el poeta Fernando Pessoa conoció a la joven Ophélia Queiroz en las oficinas de la Baixa lisboeta donde ella entró a trabajar como mecanógrafa y él ya ejercía sus servicios como traductor de correspondencia comercial. Iniciaron al poco una relación amorosa que habría de durar hasta noviembre de 1920, y que tras nueve años de silencio se retomó en el verano de 1929, para frustrarse de nuevo, y definitivamente, al cabo de los meses, si bien el contacto entre ambos se mantuvo hasta la muerte del poeta en 1935. De dicha relación se sabe a través de las cartas que él le escribió a ella, 48 cartas publicadas en 1978 y precedidas de un texto aclaratorio de la propia Ophélia (sobrio y pudoroso testimonio pero valiosísimo, dado que prácticamente es todo cuanto hizo público), y de las cartas de ella a él, hechas públicas en Portugal en 1996 e inéditas en castellano hasta “Un amor como éste”, y publicadas sólo años después del fallecimiento de Ophélia (1991). Ambas familias, Queiroz y Pessoa, en cuyo poder se conservaban las cartas del uno y de la otra, respectivamente, siempre pensaron que era un atentado contra su intimidad divulgarlas, pero dado el grado de celebridad que estaba alcanzando la figura del poeta, fuera ya de cualquier clase de medida o control, se hizo impostergable el momento de sacarlas a la luz.
Aparte de esta correspondencia, apenas existen testimonios aislados, demasiado vagos y exiguos, que recreen o recuerden este amor. Ni siquiera de los familiares o amigos más cercanos, pues fue una relación llevada con suma discreción y nunca oficializada. Además, cuando ese interés por Fernando Pessoa se desbordó hacia todo lo que concerniese a su vida privada ya habían pasado demasiados años de aquello y los recuerdos se habían ido borrando y tergiversando, o quienes los tuviesen, sencillamente, habían ido muriendo. En cualquier caso, fue el único amor conocido del poeta, el único en los 47 años que vivió; y la publicación en 1996 de las cartas de Ofelia a Fernando arrojan luz sobre tantos lados de sombra y dinamitan el punto de vista unidireccional -cartas de él a ella- que hasta entonces contemplaban sus biógrafos, sobre todo en lo que concierne a la llamada “segunda fase”, el periodo comprendido entre 1929 hasta prácticamente la muerte del poeta. Sin embargo, desde esa fecha de 1996 en la que se da a conocer ese otro punto de vista -el de ella- pocos han sido los que han abordado o retomado esta relación, y menos aún los que han entrado a valorar en su justa medida la figura de Ofelia Queiroz.

 

Desde su fallecimiento a nuestros días el Destino, que tan negado le fue en vida, ha convertido a Pessoa en una de las voces más poderosas de la literatura universal del siglo XX, y en el escritor portugués de todos los tiempos de mayor reconocimiento después de Luis de Camões. Desde 1985 sus restos mortales descansan en el Claustro del Monasterio de los Jerónimos, junto a los grandes de la patria portuguesa, como Vasco da Gama o el propio Camões. Ofelia, que llevó una vida discreta y anónima coherente con su condición pequeño-burguesa, jamás utilizó su vínculo con Pessoa en beneficio propio, ni aireó detalle alguno de su intimidad ni de su vida privada, por respeto tanto hacia su marido como hacia sí misma, pero sobre todo por respeto a la palabra dada, por mucho que Fernandinho acabase convertido en el gran Pessoa, figura, casi caricatura de sí mismo, explotada hasta la saciedad. Su sobrina-nieta, María da Graça Queiroz (hija del poeta Carlos Queiroz), que fue para Ofelia como la hija que no tuvo, recuerda que fue sobre todo en la década de los ochenta que a su tía-abuela se acercaron estudiosos, investigadores, periodistas, escritores, profesores y lectores, para obtener de ella alguna revelación, llegando incluso a rechazar sustanciosas ofertas de la televisión brasileña para ser entrevistada. Pero ella sólo pedía que la dejasen tranquila. Fiel al recuerdo del gran amor de su vida, jamás especuló con el nombre de Pessoa.
Un amor como éste fue, sin embargo, tan sencillo y tan complicado como cualquier relación entre un hombre y una mujer, con las mismas grandezas y miserias, sublime y ridículo por igual; un amor común, atemporal y universal, que daba otra vuelta de tuerca en el complejo mecanismo de la personalidad del poeta, puzzle de piezas y de (en palabras de Richard Zenith) “existencias inexistentes” que no encajan y que, como en uno de esos dibujos de M.C Escher, no se sabe dónde termina la persona y empieza el personaje, como la mano que se dibuja a sí misma y viceversa, o las huellas que se borran en la playa de todas las memorias cuando la marea de los años sube, en uno de esos mares que al contemplarlos, como diría el mismo Pessoa en uno de sus inmortales poemas, nos traen siempre añoranzas de los que no veremos nunca.
A partir de la correspondencia entre ambos, del testimonio dejado por la propia Ophélia Queiroz, de los recuerdos e impresiones de familiares, amigos, conocidos y biógrafos, así como de la obra del propio Fernando Pessoa, muy especialmente partiendo de la consideración de diario íntimo del Libro del Desasosiego, esta novela reconstruye eso, un amor como éste. Y lo hace desde el más profundo de los respetos y con la máxima preocupación por concebirlo lo más fielmente posible a como cabe suponer sucedieron los hechos, dejando que el lector se forme su propio juicio. Digamos que pongo a pasear a Fernando y Ophélia por esta Lisboa aquí revisitada (marco incomparable sin el cual no se concibe esta historia) y dejo que les lleve la corriente, como dos transeúntes más, de ese río humano que era cualquiera de las arterias principales de la Baixa o del Chiado en 1920 o en 1929 a la hora del cierre de oficinas y comercios. Les pongo a pasear y les sigo, a una distancia prudencial, pero sentándome al lado en los cafés y tranvías para pegar la oreja y no perder el hilo… o mejor dicho, para coger al vuelo el hilo de la última conversación, que invariablemente habría de continuar en la siguiente carta, escrita febrilmente esa misma noche.
Recojo pues las migas que dejó el poeta a la entrada del laberinto (organizar de tal manera nuestra vida que sea para los otros un misterio, que quien mejor nos conozca sólo nos desconozca más de cerca que los otros… cita, como tantas otras en cursiva a lo largo de la novela, del Libro del Desasosiego ) y me dejo extraviar hasta naufragar para alcanzar a entender la grandeza y la miseria de este amor concreto, pero para entender también el insólito mecanismo que mueve los designios del Destino, y sacar así en claro, a modo de cuaderno de bitácoras, algunas coordenadas que nos orienten, a nivel personal, en naufragios futuros, o al menos nos ayuden a sobrellevarlos con entereza. Me dejo atrapar en su tela de araña para acabar haciéndome la inevitable pregunta que se hace cualquiera que se acerque seriamente al estudio de su figura (como la que se hace Antonio Tabucchi en su “Un baúl lleno de gente”: …Llegados a este punto, quizá los pocos amigos que creían conocerlo, que sabían de él no sólo los aspectos públicos del intelectual sino también el aspecto privado del hombre, ese “tono menor de una condición de empleado patológicamente respetuosa con el ritual”, los amigos al corriente del deambular de ese empleado de oficina tan previsible (el sombrero, el traje oscuro, la habitación alquilada, la parada en el café —siempre el mismo— para las cuatro charlas), probablemente habrán experimentado una cierta desorientación: ¿Pessoa: quién era este hombre?):
…Fernando Pessoa, ¿quién era este hombre?…
…Sin querer o saber asumir que tal vez la respuesta ya nos la proporcionó él mismo, y muy claramente, en esa “autobiografía sin acontecimientos” que es el Libro del Desasosiego:
Soy los alrededores de una ciudad inexistente, el prohibido comentario a un libro que nunca se escribió. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela aún no escrita, existiendo en el aire y desecha sin haber existido entre los sueños de quien no supo completarme.
Pues eso. Enciendo la vela, pero no hay más cera que la que arde. Sirva esto de aviso para navegantes: nada de golpes de efecto y juegos de adivinanzas. Trucos literarios, los justos. Yo pongo todas las cartas sobre la mesa, y ofrezco a Pessoa en estado puro, pero íntimo y hasta cercano, reconstruyendo piedra a piedra para acabar abriendo esta otra interrogante, no menos profunda, no menos fascinante:
…Ophélia Queiroz, ¿quién era esta mujer?…
Y la respuesta en este caso nos la proporciona, en primera persona, sus cartas. Y si este libro tiene un algo de homenaje lo es por el que se le tributa en primer lugar a Ofelia, Ofelinha… Bebé, bebecito, Niniña pequeña, mi querido amor … Porque creo que ya es hora de que se la escuche y se la reconozca. Ella, que ocupa un capítulo significativo en la biografía del escritor portugués y ha trascendido por el hecho azaroso de amar a un hombre singular con una vida común a quien la genialidad literaria ha hecho inmortal, no murió sin embargo con el poeta, ni se limitan sus méritos a haber sido salpicada por la gloria póstuma del mismo como la mujer con la que no se decidió a casar. Bien al contrario, Ofelia, que atravesó prácticamente todo el siglo XX (nacida en 1900, murió a los 91 años de edad), fue una mujer extraordinaria. Se conoce o suena Ofelia Queiroz por ser el único amor de Fernando Pessoa, escritor universal que murió en 1935. Pero de 1935 a 1991 hay toda una vida (o incluso dos, como veremos) y prácticamente nada contado sobre ella. María da Graça, consciente de la dimensión alcanzada por esta circunstancia de su tía-abuela haber resultado ser el “único amor”, trabaja en una biografía de Ofelia Queiroz, pero hasta que ésta vea la luz sirva esta novela como reivindicación de su figura. Y contar por mi parte con el reconocimiento y la simpatía de la familia Queiroz es una de las mayores satisfacciones que me ha reportado sumergirme en esta historia, que deseo de todo corazón les llegue a emocionar. No exagero si digo que Ophélia Queiroz podría alcanzar a ser, a partir de ser lanzada al mundo con este novela, una persona/personaje de la dimensión vital de una Emma Bovary o una Anna Karenina, o de alguna de aquellas heroínas anónimas de los relatos de Guy de Maupassant, un autor por cierto tan admirado por Ofelia.
…Yo no le considero un hombre normal, y como tal no espero de usted banalidades o futilidades. Si a veces me lamento, es por lo mucho que le quiero, y no sé decirle que quedé contenta por no haberle hablado, o no haber recibido noticias suyas. Yo no sé gustar así. No es de extrañar que gustándome usted mucho, tenga gran pena por no habernos visto. Pero su carta de hoy me hizo bien, ahora esperaré con más resignación. Porque yo esperaré por Fernandinho el tiempo que fuese necesario…

Aprovecho para pedir disculpas adelantadas por las inevitables torpezas cometidas en esta tentativa de revivir una historia que aconteció en la sombra hace casi un siglo, y por cuantas licencias me haya podido permitir en mi condición de novelista, la cual, sea dicho de paso, me excusa de salir a pelear en el caso de que biógrafos, estudiosos y expertos saquen músculo ante la intromisión que esta novela puede suponer en el “universo” pessoano.
Afectuosamente,

 

Luis Morales