Cais do Sodré

…Después de este lance desbaratado, Oliverio y yo nos vimos bajando por la rua do Alecrim, camino de Cais do Sodré y los primeros bares de la Avenida 24 de julho, como el British bar, famoso por su reloj de pared cuyas agujas avanzan en sentido contrario, cosa que llama mucho la atención de turistas y de ciertos cineastas, como Alain Tanner, pero que a mí no me deja de parecer una metáfora facilona de Portugal.

Aún no sé muy bien cómo ni por qué, tal vez alentados por nuestros No Ángeles de la No Guarda, y atraídos por los carteles en neón y los ritmos africanos, al pasar por encima de la rua de São Paulo decidimos bajar y recorrerla, para echar un vistazo a esa noche que, como barco a la deriva, oscura y acanallada, malvive en el interior de aquellos bares de nombres de ciudades del mundo: Liverpool, Copenhague, Shangai, Goa, Hamburgo

—Esto es una Escuela de Calor —dice Oliverio—, porque hay tribus ocultas cerca del río esperando que caiga la noche. ¡Hace falta valor!

Doscientos metros de calle clandestina, apenas transitada a cámara lenta y en blanco y negro por borrachos, marineros, putas, drogadictos, contrabandistas, traficantes, aristócratas, jugadores, vencidos, travestis, políticos, oficinistas, concejales de urbanismos, promotores inmobiliarios y demás “gente bien”. Por allí debía haber estado en tiempos el “Burma Club”…

 

Salió a la calle y al recibir bruscamente en la cara el aire húmedo de la noche supo por qué no tenía miedo: si había perdido a Lucrecia nada le importaba. Guardó la pesada pistola en un bolsillo de su abrigo y durante unos segundos no corrió, apaciguado por una extraña pereza semejante a la que algunas veces nos inmoviliza en los sueños. Sobre su cabeza se apagaba y encendía en breves intervalos el rótulo del Burma Club alumbrando un muro muy alto de balcones vacíos. Echó a andar deprisa, con las manos en los bolsillos, como si llegara tarde a alguna parte, no podía correr, porque una muchedumbre como de puerto asiático ocupaba la calle, rostros azules y verdes bajo los letreros de neón, esfinges de mujeres solas, gru­pos de negros que se movían como obedeciendo un ritmo que solo ellos escucharan, cuadrillas de hombres de pó­mulos cobrizos y rasgos orientales que parecían congrega­dos allí por una turbia nostalgia de las ciudades cuyos nombres resplandecían sobre la calle, Shangai, Hong Kong, Goa, Jakarta.

Notaba la serenidad letal de quien sabe que se está ahogando y se volvía para mirar el rótulo del Burma, tan cercano aún como si no se hubiera movido. Percibía cada instante como un minuto larguísimo y miraba los rostros innumerables buscando entre ellos el de Malcolm, el de Toussaints Morton, el de Daphne, incluso el de Lucrecia, sabiendo que era preciso correr y que no tenía voluntad para hacerlo, igual que cuando uno sabe que debe levan­tarse y se concede una tregua y cuando vuelve a abrir los ojos cree que ha dormido mucho tiempo y no ha pasado ni un minuto y otra vez decide que se va a levantar. Pe­saba tanto la pistola, me dijo, había tantos rostros y cuer­pos que abrirse paso entre ellos era como avanzar en la multiplicada espesura de una selva. Entonces se volvió y vio a Malcolm en el mismo instante en que sus ojos azules y lejanos lo descubrían a él, pero Malcolm se le aproxi­maba con igual lentitud, como si nadara contra una pode­rosa corriente entorpecida de malezas, más alto que los otros, fijo en Biralbo como en la orilla que anhelara alcan­zar, y eso hacía que los dos avanzaran más lentamente aún, porque no dejaban de mirarse y chocaban contra cuerpos que no veían y que los anegaban a veces ocul­tando a cada uno de la vista del otro. Pero volvían a des­cubrirse y la calle no terminaba nunca, se iba volviendo más oscura, con menos rostros y luces de clubes, de pronto Biralbo vio a Malcolm quieto y solo en mitad de una cal­zada donde no había nadie, parado ante su propia som­bra, con las piernas abiertas, y entonces sí corrió y los ca­llejones se iban abriendo ante él como una carretera frente a los faros de un automóvil. Oía a su espalda el re­doble de los pasos de Malcolm y hasta el jadeo de su res­piración, muy lejana y muy próxima, como una amenaza o una queja en el silencio de plazas resplandecientes y va­cías, grandes plazas con columnas, calles de ventanales sucesivos donde sus pisadas y las de Malcolm sonaban al unísono, y a medida que la fatiga lo asfixiaba se le iba dis­gregando la conciencia del espacio y del tiempo, estaba en Lisboa y en San Sebastián, huía de Malcolm como otra noche igual había huido de Toussains Morton, no había cesado nunca esa persecución por una doble ciudad que conjuraba su trama para convertirse en laberinto y acoso.[1]

 

 

Después de echar un vistazo a tres o cuatro locales  —en alguno de ellos no nos dejó entrar el portero de turno, a saber por qué terrenales criterios—, recalamos en el “Goa”, pues fue más o menos el que nos inspiró “mayor confianza”. Tras pasar una espesa cortina de paño encarnado con motivos orientales nos adentramos en el local, con la barra larga y una luz cálida, habitada por cinco o seis hombres sentados —como en un bar de carretera del desierto de Arizona— en taburetes como sillones de peluquería antigua, y mesas con grupos de cuatro o seis sillas, casi todas vacías, en la superficie del rectángulo que conformaba el tugurio, con su pequeño escenario al fondo entrevisto tras la niebla. Enseguida dedujimos que se trataba de un karaoke, pues en ese momento una mujer de unos cuarenta y muchos años, con un aire de vida extraviada, interpretaba un éxito de los ochenta de Madonna, Like a virgin. Hicimos barra, pedimos una copa, y nos prestamos a seguir el espectáculo. Entonces fue cuando “el camarera”, “la camarero”, que todavía no sabíamos si era un tío o una tía, nos trajo una especie de “carta”, con el repertorio de canciones que se podían interpretar en el karaoke.

Cais do Sodre

—¿Se animan? —nos dijo, con voz femenina, en inglés.

Pusimos cara de circunstancias.

—Tenho em mim todos os sonhos do mundo.

Le dije, sin saber muy bien por qué, tal vez con el ánimo de agitar, de hacerme el interesante. Y ella, detenida en el tiempo, mirándome muy fijamente, se acercó, me pegó su cara como si fuese a besarme, y me susurró:

—Porte en moi tous les rêves du monde… I have in me all the dreams of the World… Ho in me tutti i sogni del mondo… Pero no soy nada, nunca seré nada, no puedo querer ser nada.

Me había acercado su boca, dejando caer sus palabras como si fueran piedras, ese aliento  antesala de la lascivia, con su voz de mujer francesa o italiana, de hombre inglés o español. Después se incorporó, y, como si tal cosa, reanudó, como poniendo otra vez el reloj en marcha, sus quehaceres tras la barra. Había sucedido, y yo no podía desear otra cosa que ser arrollado por un tranvía o embarcado en un petrolero rumbo a Oriente Medio. No hay nada más romántico en el mundo que un poeta portugués.

Nos sacudimos la perplejidad y le echamos una ojeada a la “carta” de canciones. Cuando la tipa —que de virgin no tenía nada— dejó de parodiar a Madonna, subió al escenario una pareja que parecía salida de aquel concurso de televisión de los ochenta, Aplauso. Cantaron un tema de Abba, muy acaramelados y tan melosos que parecían estar de crucero de luna de miel (no era una idea descabellada, pues no pocos cruceros recalan en Lisboa). El auditorio ni se inmutaba, pese al efectismo de esa elección segura que siempre es Abba. Parecía un concienzudo jurado en plena deliberación, un jurado de vacas locas inglesas deliberando sobre el aborto de la gallina.

—No hay ninguna de algún grupo español de los ochenta. Solo veo a Julio Iglesias y a Rocío Jurado —me informó Oliverio, que pareció tomárselo con interés.

—Vaya —le dije,  mientras observaba a la parroquia—. Joder, qué fauna…

—Ah, mira, aquí está también Jeannette.

Entonces di un respingo:

—¿¡Jeannette!?… No tendrán por casualidad  ¿Por qué te vas?

—Sí, precisamente —me confirmó—, es la única que tienen.

—¡No me digas! —en ese momento se me iluminaron los ojos, ante la brillante ocurrencia que me sobrevino como una bomba atómica cayendo sobre la tarde de un domingo—. ¿Por qué te vas?... Hostias.

Lo que sentí fue un escalofrío de emoción. Eso fue.

—¡¿A que no te atreves!? —me instigó Oliverio, retador.

Me lo pensé, me lo llegué a pensar por unos segundos. ¡Pero qué coño!

—¿¡Que no!?… Vas a ver.

Y avisé a la camarero. Ya no había marcha atrás. Solo debía esperar mi turno.

 

Hoy en mi ventana brilla el sol y el corazón
se pone triste contemplando la ciudad
por qué te vas.

Como cada noche desperté pensando en ti
y en mi reloj todas las horas vi pasar
por qué te vas.

Y entonces, como un himno, como un estallido:
Todas las promesas de mi amor se irán contigo.
Me olvidarás, me olvidarás.
Junto a la estación lloraré igual que un niño
por qué te vas, por qué te vas,
por qué te vas, por qué te vas…

Cais do Sodre Texas

Sin comentarios. Aunque allí no había baremos ni puntos cardinales, el estado de schock fue generalizado, y al volver yo del escenario, Oliverio, tras mirarme abochornado e incrédulo durante largos segundos, dijo:

—Anda, vamos a pagar esto, y a dormirla.

Y así hicimos. Porque no funcionó; sencillamente, aquello no funcionó. Yo no había tenido tiempo de visualizar al detalle y con suficiente previsión la escena, y por tanto improvisé de mala manera. La camarera nos miró y se despidió indiferente. Pero, desde lo más profundo de mi ser, yo estaba orgulloso de mi gesta personal de esa noche.

Más tarde, volviendo solo a casa, a esa Estrela do meu coração, me vi inundado, desbordado, arrebatado por los versos salvajes de la “Oda triunfal” del ínclito Álvaro de Campos, más Walt Whitman que nunca:

 

 ¡Ah, y la gente ordinaria y sucia, que parece siempre la misma,

Que usa palabrotas como palabras corrientes,

cuyos hijos roban a las puertas de los almacenes

y cuyas  hijas a los ocho años —¡me parece bello y me encanta!—

masturban a hombres de aspecto decente en los descansillos

 de las escaleras!

¡La gentuza que anda por los andaminios y se va para casa

Por callejuelas casi irreales de estrechez y podredumbre!

¡Maravillosa gente humana que vive como los perros,

que está por debajo de todos los sistemas morales,

para la cual no ha sido hecha ninguna religión,

ningún arte creado,

destinada ninguna política!

¡Cómo los amo a todos, porque son así,

ni  inmorales de tan bajos que son, ni buenos ni malos,

inalcanzable para cualquier progreso,

fauna maravillosa del  fondo del  mar de la vida!

 

 

Extractos de la novela “Tal vez se llame Lisboa…”


[1] Antonio Muñoz Molina. “El invierno en Lisboa”.