Barrio alto

Este barrio lisboeta, sin ser tan antiguo como Alfama, es de lo más castizo de Lisboa (pese a que se encuentra en permanente reinvención, no pierde su esencia), y desde luego de los más renombrados y democráticos (para todos los públicos, vamos). Muchos diseñadores y marcas fuera del circuito comercial de las grandes masas han fijado sus ojos en este barrio, próximo al concurrido Chiado, como la oportunidad perfecta para crear una zona de compras alternativa, pero según a la hora del día en que se visite el barrio ofrece caras bien distintas. De calles laberínticas y ambiente animado, para cervecear, cenar, y liarse con las copas, se recomienda pasear al azar por él y recrearse en sus tiendas (desde las más fashions hasta el ultramarino de toda la vida) y, por supuesto, conocer su vida nocturna.

…A las once y veinticinco reaccioné:

—¡Coño, si hemos quedado a las doce en Bairro Alto!

Como iba a bajar andando, dando un agradable paseo por la ruta del eléctrico 28, me arreglé (vaqueros gastados, camiseta negra, camisa lisa azul tejido oxford, cazadora ligera, calzado cómodo, tipo todoterreno) y salí del Residencial.

Llegué al Portas Largas a las doce y cinco. Era sábado, comienzos de octubre, sábado de una agradable, pero ya templada, noche de otoño; con el curso universitario recién comenzado y la ciudad varada como una sirena en la orilla de una playa, sobre sus siete colinas, sobre sus setenta veces siete subidas y bajadas e idas y venidas. Había, pues, bullicio de gente, cruce de vidas, celebración del momento. Ya se sabe, además, que el Portas Largas es una cita obligada de las noches de Bairro Alto, para quedar o tomar la primera, para recalar como comodín entre bar y bar, y, de un tiempo a esta parte, lugar de encuentro también para el público gay. Pero estos últimos no lo han colonizado ni monopolizado, y sigue siendo un buen lugar de encuentro para todos los públicos.

Subí y bajé, doblé esquinas, atisbé; miraba a los ojos de las personas y me escurría entre la multitud, alzaba la cabeza para divisar, entré dos veces en el bar. Nada. Ni di con nadie conocido, ni hubo nadie que me reconociese. Podía estar allí, como estar en los anillos de Saturno. Anonimato absoluto. “No les ha llegado a tiempo la convocatoria”, pensé, “o es que mis lectores no me son tan fieles como pensaba, o no tanto como para coger el coche y venirse pitando a Lisboa”… Espero al menos que no me falle Oliverio.

De modo que entré y esperé pacientemente, hasta que conseguí llegar a la barra y ser atendido. Pedí una Sagres y salí con ella a la calle.

Me aposté en la puerta de una casa, viendo pasar a la gente y dándole breves sorbos a la bebida, con la pose del que está esperando a alguien. Miré el reloj: las doce y veinticinco. Nunca se me ha dado muy bien salir solo. Manifiéstate…

— ¡Hombre, estás aquí

—!Coño, Oliverio. Has venido…

Qué regocijo verle aparecer, que me localice entre el desatado gentío y las personas que pasan como ríos descarrilados, que esté aquí para quedarse esta noche antiquísima, que me saque por un rato de mi soledad, y que confirme que, efectivamente, yo estoy aquí apostado a la espera de alguien que no es Godot.

—Claro, tío. Y perdona por no haber llegado puntual, pero estaba con Arturo y Ricardo. Vaya dos. Les he dejado en un bar, por Almirante Reis, bebiendo con cuatro viejos del barrio. Querían salir por Mouraria, conocer la mitológica rua da Capilão. Territorio Comanche. Cuando me he venido les he dicho que nosotros nos quedaríamos por Bairro Alto, la noche sobre seguro. Oye, voy a pedir algo de beber.

—Vale, entramos —miro mi tercio medio vacío—,  me pido yo otra.

Nos vamos abriendo camino en la selva humana hasta la barra. El ambiente, un poco cargado, tiene sin embargo un punto festivalero bastante simpático, al que contribuye notablemente la música brasileña. Antes, mientras estaba solo, me había cohibido un poco, como si hubiese una relación inversamente proporcional entre jolgorio y sociabilidad; pero acompañado, o en compañía de Oliverio, me sentía más seguro, y, por tanto, más desenvuelto, más deshibido.

—¿Y qué tal por aquí? —me preguntó, una vez apostados en la barra.

—¿Por aquí? ¿Por Lisboa?…

—Sí, por Lisboa.

—Bien, ayer hizo una semana que vine. Bueno, una semana que estamos aquí.

Y le comencé a contar. Pedimos unas cervezas, salimos y las liquidamos, entramos a pedir más, volvimos a instalarnos fuera, y seguíamos intercambiando impresiones cuando decidimos largarnos a otro sitio.

 

Bairro Alto

Esto es como la Cava Baja o la Corredera Alta de San Pablo de Madrid los viernes, o la calle Huertas, o los bares cutres pero hipnóticos del casco antiguo de Cuenca, Oviedo, Gerona o Badajoz. O acaso una mezcla de todo. Es como un pueblo, este Bairro Alto, tan costumbrista durante el día y canalla a la noche. Un contraste, una mixtura. Es la ropa tendida y los bares de moda, las tiendas de discos que permanecen toda la noche abiertas y las tascas sucias de arrabal con cuatro alcohólicos de vino barato, los pubs psicodélicos y los camellos en las esquinas, el show-room de la diseñadora más chic y las imprentas de los periódicos o las panificadoras, los clubes de fado y las peluquerías más fashion, las asociaciones culturales y los restaurantes asiáticos, un tranvía de latón en el escaparate de una farmacia y un locutorio con nombre de capital africana, diseminado todo ello en un dédalo de calles, callejones, callejuelas y travesías idénticas unas de otras. Y la gente se sube en las estrechas aceras, o donde puede, cuando pasa el micro camión de la basura. Y se bebe y se canta en sus calles. Hay pijos, turistas, alternativos, buscavidas, tirados y gente “normal”, desde los dieciocho years old en adelante. Bairro Alto, para todos los públicos, una república independiente, con carácter propio y vocación de destino de sol y playa, pero también de patio de corrala y de barrio obrero y de germen de revueltas sociales, encaramado en una de las siete colinas, pero setenta barrios en uno.

…Y vagamos, amparados en nuestro embeleso y en nuestra propia estupefacción. Pasamos bares sin nombre como minutos en un reloj de arena, como bares de calles de una ciudad cualquiera bajo otro cielo, extraña, ajena a este pajar con cientos de agujas perdidas en él, como almas en pena callejeando por barrios dentro de ciudades y ciudades en el corazón del barrio, mil ciudades en un barrio y un universo dentro de cada casa; y cada persona, un mundo de huesos,  carne y sangre…

—…Sí, a observar y fascinarse —le digo—. Y Lisboa, efectivamente, no es diferente. Buscando pisos he salido de la ciudad histórica, y creo que ya puedo hablar con un poco de fundamento. Pero es una ciudad, con todas las de la ley. Y me alegro de haber comprobado lo modesta que es, o de haber visto su cara vulgar o anodina. Haberla visto recién levantada, con esos pelos y esos ojos hinchados y ese olor a óxido…  Pero la amo, y amo el Tejo como lo ama el poeta, porque hay una gran ciudad en sus orillas. Por eso observo y me fascino, pero me gustaría también participar de la fiesta, disfrutar del parque de atracciones inmenso que es la ciudad, cualquier gran ciudad. Y ahora estoy en Lisboa, llevo una semana, pero he venido para quedarme. Para disfrutarla, y vivir para contarlo. Vivir del cuento, con la literatura como bote salvavidas. Y tener la oportunidad de proclamar a los cuatro vientos su triunfo como recompensa.

Todo esto quedó dicho después de largos silencios, cuando Oliverio ya no esperaba respuesta ni sabía cómo acertar a romper la tregua. “No le han llegado mis palabras –pensé–, está tan perdido en su mundo, que ha desconectado totalmente”.

Sentía que la noche se me echaba encima con el sopor de mi propia melancolía.

Hicimos un alto en un bar discreto, de la línea cutre, donde en una sala diáfana cuatro post adolescentes negros echaban una partida de billar americano bajo un ventilador de techo, pues queríamos tomarnos una de esas copas mariconas en vaso de tubo y poco cargadas con dosificador que se sirven, como en media Europa, en Lisboa. “¡Coño!, por qué no copiaran esto de las copas de España, y no tantas otras chorradas”, exclamó Oliverio. Estaban a 300 escudos y cayeron un par, tras negociar la dosis con el camarero. Tenía algo de auténtico ver jugar a los chicos al billar, con ese acento colonial africano, el olor a hachís, dos viejas glorias bebiendo en la barra, y el camarero “de toda la vida”, sobrio y preciso en sus movimientos, parco en palabras, pero contundente, genio y figura. Sólo faltaba la música de acordeón.

Cuando salimos de ese local buscamos un bar un poco más “moderno”, con jóvenes ruidosos y música actual, un bar de copas, que se dice, con presencia femenina, a ser posible. Mujeres a las que mirar. A las que mirar como está empezando a mirarlas Oliverio bajo la extrañeza de un cielo que no es el suyo, para luego poder escribir sobre ello, aunque el mirar, como tantas veces, se quede en el simple “ver pasar”, en esa frustración cotidiana del que es mero espectador, “antropólogo de barra”, de barras de bar como “vertederos de amor”,  diría la canción.  Tony me había dicho que El último de la fila era uno de sus grupos españoles favoritos, y se había puesto a cantar… ya no subo la cuesta que me lleva a tu casa/ ya no duerme mi perro junto a tu candela…, y yo le había hablado de grupos como Nacha Pop, Radio Futura, Gabinete Caligari, La Unión…, y habíamos sonreído, sonreído y canturreado. Decía Francisco Umbral (otro sublime con interrupción) en su novela Las ninfas que a todos los hombres nos gustan las mujeres, pero que hay una raza especial y masónica de obsesos, de devotos, de profesionales. Explicaba que cuando dos fervorosos de la mujer, dos apasionados, dos obsesos, dos profesionales (por decirlo de alguna forma), se encuentran y se reconocen, es como si se hubieran reconocido dos alcohólicos o dos del mismo pueblo a miles de kilómetros de distancia. Eso me sucedía a mí con Oliverio, y me empezaba a ocurrir un poco también con Tony.

Y pasamos por lugares emblemáticos del Bairro Alto, como el Keops, el Targus, el Cafédiario, el Captain Kirk, la discoteca Frágil…;  nos asomábamos a echar un vistazo, hasta que nos decantábamos por uno u otro, por ser espacioso o no estar hasta arriba de gente, por la  música, por el “ambiente”, por tomar una copa rápida, o, si estábamos a gusto, un par de ellas, o las que fueran.

Hasta que los alcoholes y fenoles comienzan a hacer pleno efecto y entonces la noche se desata, las horas ya no transcurren como segundos en un reloj digital, sino que son peces que se escurren de las manos, y aun así reincides en el intento de atraparlos. Hasta caer de bruces, y acabar empapado, y un poco escarmentado.

Pero Oliverio y yo esa noche llevábamos la aceleración justa, y como somos más de reflexión etílica, y se puede decir que en nuestro caso se juntan el hambre con las ganas de comer, pasó lo inevitable: que la literatura nos dominó con nocturnidad y alevosía. Entonces fue cuando ficción y realidad se confundieron estrepitosamente.

El camarero de un local famoso por sus cócteles imaginativos prepara a dos metros de nosotros, en la barra, una de sus mezclas más exitosas, para lo cual utiliza y combina cerca de siete botellas, amén de otros ingredientes, como sal, agua, limón o hierbabuena.

…Al final pasó lo que tenía que pasar, que Oliverio prescindió de mí y acabó abordando al grupito de españolas que bebían cócteles en la barra. Se hizo pasar por lisboeta, y a mí me presentó como un profesor universitario español residente en la Universidad Politécnica (?). Mi especialidad, Mecánica Cuántica, nada menos. Resultaron ser enfermeras, las chicas, dos de Jaén, una de Valladolid y otra de Albacete. Dos pasaron de nosotros, y las otras dos nos hicieron un poco más de caso. Oliverio y yo nos miramos: sí, había una que estaba bastante buena… Pero era de las que no nos hacían caso, la vallisoletana.

—Pues yo tengo familia en Valladolid —le dije, en un intento de integrarla; pero la cara que puso fue más bien como de decir “y a mí qué”, o, “ya, y ahora me dirás eso de que hace mucho frío, o harás un chiste con Zorrilla, o que el Pisuerga pasa por Valladolid”.

Sin embargo, las dos que sí nos hacían caso eran simpáticas y agradables, aunque una se parecía a Boris Yeltsin y la otra era un poco pánfila, la pobre, como un macarrón pegado en la cazuela desde hace días. Pero yo las habría invitado a bailar en las verbenas de Santo Antonio.

La una hablaba a favor, y la otra en contra de Lisboa, y lo hacían como si de una persona se tratase. Decían, “es sucia”, o, “está cascadísima”, o, “es un poco sosa”, o, “vaya sistema de sanidad tienen aquí”, como si criticaran a una compañera de piso. Y yo solo podía mecer mi melopea en aquellos versos…

 

                                              Alguém diz com lentidão:

                                              “Lisboa, sabes…”

                                              Eu sei  . É uma rapariga

                                              descalça e leve…

 

Trabajaban en el hospital de Amadora, y no les quise preguntar, pero me podía figurar la Lisboa que se vive y se palpa en una sala de espera de un macro hospital público, un lunes, a las ocho de la mañana. Y de los sueldos, mejor no hablar. Siendo así, cómo no entender su desdén, su cansancio, la ausencia de verso en sus vidas. Me hubiese gustado saberme de memoria aquel monólogo del profesor John Keating y adaptarlo para la ocasión:

—El Derecho, la Medicina, el Comercio, la Ingeniería…, Enfermería, son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor…, son las cosas que nos mantienen vivos.

Ninguna tenía ni idea de portugués, ni mayor interés por aprenderlo. “Si esta gente controla y entiende muy bien el español”, argumentaban.

—Ah, ¿sí? —les objeté—. Y si una noche en urgencias os llega un paciente y os dice “acho que vou morrer porque estive a chafurdar na meigice” —y me inventé una expresión sin ton ni son—, ¿qué haríais?… Y os lo ha dicho con un sotaque del norte, de aldeia transmontana…

Lo discutimos, pero después de cruzar cuatro tópicos y compartir algún comentario jocoso las dos amigas disidentes, las que renegaban de los españoles en Lisboa o de los tíos que en los bares interpelan a las chicas, las que tenían novio desde el instituto en sus ciudades y, por tanto, miedo a hablar con otros chicos por si caían en la cuenta de que hay vida en el exilio o incluso por si les daba por enamorarse, dijeron: “oye, ¿nos vamos?”, y allá que se fueron las cuatro, como cenicientas a las que les van a dar las doce. Pues encantados.

No tuve ocasión de decirles que prosigue el poderoso drama, y que ellas pueden contribuir con un verso.

 

***

…Es jueves, el mejor día para salir de noche, no solo en Lisboa, sino también en casi todas las grandes ciudades. Hay la gente justa, y con intención real de beber la noche, no de salir porque “es lo que toca”, ni ansiosos por recuperar en el fin de semana lo que, al parecer, se pierden entre semana. Se puede entrar en los bares, la música suena al volumen adecuado, se consigue hablar, en las calles hay bullicio y tránsito, pero no gamberreo, vulgaridad o soledad multitudinaria, y se escuchan hasta ocho idiomas diferentes. Recalamos en el Portas Largas, donde hay australianos, franceses, ingleses, holandeses, alemanes, brasileños, italianos, españoles, y, claro está, portugueses, y pese a su música cool, y su clientela in, no deja de tener ese aspecto como de bar de barrio en jornada de puertas abiertas, como si todo él fuese un gran escaparate a la vida de la calle o inaugurase una exposición sobre la involución del homo stílicus. Y supongo que en eso radica su éxito: se está mejor fuera, en ese cruce de calles como una plaza pública, que dentro. El clima de Lisboa, ese clima atlántico con influencia mediterránea, con inviernos templados y veranos agradables, invita a la exhibición y a la vida al aire libre.

Extractos de la novela “Tal vez se llame Lisboa…”