Rossio y aledaños

 

Bajé, con las gafas de turista puestas, y la preciosa compañía de la guía Lisboa, una ciudad inolvidable, de Juan Antonio Gurriarán, a la esquina de Glória con Liberdade, dispuesto a pasear mi mirada limpia por la ciudad alrededor y poner a prueba los conocimientos sobre la ciudad adquiridos en los meses previos, sentado en el banquillo o mientras calentaba en la banda, ya presto a echarme al terreno de juego en cuanto el otoño asomase.

En realidad, como cuenta Gurriarán, la Avenida da Liberdade es la prolongación de una gran arteria que nace en la Praça do Comércio, continúa en el Rossio y se une a Restauradores por la Praça João da Câmara, como un paseo de la Castellana operado de caderas. Yo descendí la acera, como tomando el sendero de baldosas amarillas, hasta dar con la fachada neomanuelina de la popular Estação do Rossio, de la que he leído que es una suerte de “catedral ferroviaria”, y si bien ha perdido gran parte de su funcionalidad a favor de la Estação de Santa Apolonia, primero, y de Gare de Oriente, después, lo cierto es que la gente entra y sale y viene y va por ella y el ajetreo es continuo. De ella parten los “cercanías” que llevan, por el corredor noroeste, al territorio mágico de Sintra… la Sintra que encandiló a Lord Byron, no puede ser otra. “Me limito a decirte que Sintra puede que sea el pueblo más bonito del mundo”, le escribió a su amigo Francis Hodgson en una carta en julio de 1809.

Rossio

Me adentré una vez más, como ya hiciera el día anterior, como ya hiciera hace seis y hace diez años, en la Praça do Rossio, pero en esta ocasión para dedicarle una mirada más sosegada. Antes del terremoto de 1755, cuando subía la marea, las aguas del Tajo llegaban a esta plaza y a las proximidades de la de Restauradores, como si de una réplica de la veneciana plaza de San Marcos se tratase. El arquitecto Manuel da Maia tuvo la previsora idea de levantar el lecho de la ensenada con los escombros del terremoto; hoy todos los expertos reconocen la genialidad del ingeniero militar que en 1755, cuando tenía casi ochenta años, supo evitar las inundaciones del área y frustró, así, la tentación de enveneciar con góndolas la ciudad.

Pero del Rossio, de este Rossio condescendiente de otoño con olor a flores y a castañas asadas y a brisa marina en la cara, y donde entre palomas irrumpe alguna gaviota amenazadora que nos anuncia la inminencia del mar inmenso a las puertas de la ciudad, de sus trescientos sesenta y cinco días, lo que me interesa del Rossio es su vidilla, con vetustos establecimientos señeros que reseñan las guías más oficiosas, como el Nicola, A Tendinha y la Chapeleria Azevedo Rua, la pasteleria Suiça, la livraría del Diario de Notícias, o la Loja das Meias, establecimientos de toda la vida que yo, en esta mañana de sábado, no alcanzo a ver, cegado tal vez por un exceso de estímulos visuales. A la derecha del Teatro Nacional está el Largo de São Domingos, donde recuerdo que estaba, y seguirá estando (porque veo que casi todo sigue en su sitio, y que los cambios habidos, sutiles, como la limpieza de fachadas y monumentos, o significativos, como el Metro, son para mejor), la pensión donde me hospedé la primera vez que estuve en Lisboa, con diecinueve años, Largo que en realidad es una continuidad del Rossio, y tiene, como este, un ambiente vitalista y multicolor. Es lugar de encuentro de africanos de las ex colonias portuguesas que aquí se reúnen durante el día para conversar, concertar algún trabajo o cobijarse en un cercano bar a tomar una ginginha, el típico aguardiente de guinda que, con un toque secreto de azúcar, agua y canela, es un licor muy popular en Lisboa. O recordarnos que Lisboa, en su exotismo ultramarino, es también africana. Se entremezclan con toda naturalidad con turistas y palomas, con taxis de color crema y alcohólicos anónimos, y tras callejear entre ellos uno deduce que también han caído en la adicción a la telefonía móvil… Pero a todo esto: ¿qué fue de los taxis negros de techo color verde, tan característicos de la ciudad?… ¿y de los hijos de los dueños de la pensión donde me alojé aquella determinante primera visita –siempre hay una primera vez para todo– de septiembre de 1990, que contaban entonces con siete y once años de edad?…

Di un salto hasta la contigua Praça da Figueira, para comprobar si por ella tampoco el tiempo ha corrido como caballo desbocado. Debe su nombre a un antiguo mercado callejero que hubo en el lugar, y que durante muchos años fue el auténtico mercado central de la ciudad. El espacio, diseñado para alojar viviendas y comercios, conserva el mismo cuadrilátero armónico y elegante, como un tablero de ajedrez en relieve, trazado por los arquitectos de Pombal, y fue construido después de limpiar y allanar el suelo que ocupaba el emblemático hospital de Todos los Santos y de otros edificios destruidos por el terremoto. Caminé, pues, sobre siglos de historia y de vicisitudes, y me sentí resbalar en cada adoquín con el sudor derramado por el titánico esfuerzo hecho por quien lo puso, tropezar con los huesos de los miles de hombres y mujeres aquí sepultados bajo las turbulencias de la Historia. La plaza está contorneada por casas de cuatro y cinco alturas con mansardas, y presidida por la estatua ecuestre de Don Juan I, casi siempre cubierta de palomas. En efecto, cubierta de palomas está en esta mañana de sábado. Hay tiendas y establecimientos curiosos en los bajos de la plaza, de entre los cuales cualquier guía al uso señalaría como uno de los más “emblemáticos” la Pastelería A Tentação, con una amplia oferta de dulces caseros muy típicos de Lisboa. Pero yo no la veo, ni me encuentro con ella, ni la busco, probablemente por los efectos de la embriaguez que se comienzan a manifestar en mi ánimo, embriaguez como de palabras escritas en el agua, de sensaciones que se escurren como pez o gotas de mercurio de las manos, de biorritmos vitales como pasadizos de una ciudad secreta, una ciudad constituida como un collage donde cada pieza encaja formando un poema de versos desordenados cual cabellos al viento, alcoholes de una embriaguez que encuentra en el fondo de sí mismo su punto de equilibrio. Es un estado de ánimo y se llama Lisboa, una forma muy particular de ser y estar en el mundo, como un to be or not to be a la portuguesa.