Praça do Comercio

…Sigue, pues, el arco, también en su sitio, y, si bien antes no sabía, ahora sé, porque me lo cuenta José Antonio Gurriarán, que viene a ser un arco de triunfo neoclásico, inspirado en el de París. Entre artistas callejeros y vendedores ambulantes y artesanos varios, y contemplando el gran reloj con relieves afiligranados en piedra, entré, triunfal, a la sombra de Francia, en la Praça do Comércio. A la sombra, también, del recuerdo de los tres chavales ya no tan chavales que éramos seis años atrás, Julio, Fernando y yo, que entonces anduvimos estas calles mirando a derecha e izquierda y viendo sin ver, y sintiendo sin sentir, y siendo sin estar, como un to be or not to be a la cacereña. Y el Terreiro do Paço, sin duda una de las más bonitas plazas de Europa, se me presentó como lo que es, fue, y seguirá siendo: el centro emblemático de la gran operación urbanística llevada a cabo en Lisboa en los años posteriores a 1755 por el Marquês de Pombal (el gran reciclador de piedras), epicentro de esa reconstrucción que marcó el camino de la ciudad de finales del siglo XVIII y de las sucesivas ampliaciones que dieron paso a la moderna ciudad que es hoy. Se configuró como una gran plaza rectangular porticada, abierta al Tajo, como una gran escenografía teatral y como la más espléndida fachada de la ciudad. En ella se celebran las grandes conmemoraciones y a ella llegaron, por barco, reyes y presidentes; y a ella llegué yo, por primera vez, a los diecinueve años, en 1990, y ahora recuerdo que se me abrió a la vista su sólida presencia desde un autobús urbano que me traía de la estación de Santa Apolonia; pero no consigo recordar, imaginar, deducir lo que pensé al verla, y menos aún lo que sentí, como no recuerdo el pantalón o el calzado que llevaba ni la conversación con el personal de la Oficina de Turismo, el número de la habitación de la pensión de entonces o el lugar donde bebí mi primera cerveza en Lisboa, aunque sí la marca: Sagres. Y decir “me gustó”, concluir que ya entonces me debió gustar Praça do Comércio, es demasiada simpleza para tan grave momento.

 

Praça do Comercio

Ha sido el eje de la vida cortesana del país, el centro comercial y político de la capital portuguesa desde que el rey don Manuel I trasladara la Corte desde el castelo de São Jorge al Palacio da Ribeira. Junto al Terreiro do Paço, en la llamada Ribeira das Naus, un espacio por el que ahora transitan hombres en traje y corbata, altos y no menos corruptos funcionarios,  japoneses pequeños y cabezudos cámara en ristre y atractivas mujeres con falda de tubo, se construyeron las naves que abrieron nuevas rutas durante la etapa colonizadora, entre los siglos XV y XVII. Un terreno ganado al río, pues los historiadores cuentan que este espacio fue anteriormente una vaguada o riachuelo que pasaba por delante de São Domingos, atravesaba el área del Rossio y terminaba en el Tajo. Flotas de hasta quinientas naves partieron o arribaron, a la vez o por turnos,  en su puerto, que fue, durante siglos, uno de los más importantes del mundo.

Hay que entender esta gloria pasada para atisbar la dimensión de la pequeñez actual y el dolor que producía haberla visto tantos años convertida en un mega parking para toda clase de vehículos, y comprobar, en esa degradación, el grado de legítima añoranza que puede albergar el corazón del portugués que vive varado en el presente simple de este recién estrenado siglo XXI.

El noventa y nueve por ciento de los taxis de Lisboa son de la marca Mercedes, calculo a bote pronto. Pero hoy en día son de color crema. Ya no hay taxis negros con el techo verde, como ya no hay falúas en el Tejo.

…Me demoré casi media hora en la praça, entretenido con el movimiento de gentes y tranvías, de coches y personas, de palomas y gaviotas, de ferrys y autobuses, de imágenes e ideas, de siluetas de hembra, de hombres que van o vienen y que, al igual que yo, miran esos cuerpos de mujer con más o menos disimulo, volviéndose al pasar o simplemente durante una fracción de segundo al cruzarse, contemplan esos culos y esas tetas como animales en celo, hombres al fin y al cabo, qué otra cosa, y viéndoles, viéndome, pobres desgraciaos, pensaba en la manera que —tal como dice Oliverio Moraes, cuando ejerce de antropólogo de barra de bar— tienen los hombres de mirar a las mujeres por la calle; y mientras tanto, ahí, la estatua ecuestre de bronce del rey Dom José I, en el centro de la praça, y yo sin saber ni valorar lo magnífica que es. Las escalinatas que descienden de la praça al río, en el llamado cais das colunas, y toda esa área, hasta la Estação fluvial, estaba intransitable por entonces con motivo de las obras de la estación de Metro que allí se hacían, obras que, dadas las dificultades del terreno, traían por la calle de la amargura a ingenieros, políticos y urbanistas, y al público en general que transitaba cada día.

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