Expo

— ¿Has entrado en el Centro Comercial? —me preguntó.

—No, la verdad es que no. No soy de ir mucho a centros comerciales.

—Este está bien. Se llama Vasco da Gama. Te va a gustar. Tiene forma de ola, y está lleno de motivos marinos.

Dimos una vuelta por las galerías de tiendas antes de subir a la zona de restauración a comer, que ya iba siendo hora. Nos asomamos a la Expo, o la vista que desde la terraza del Centro se disfruta de la zona: a la izquierda, el Pavilhão Atlántico, el Parque das Nações y la Torre Vasco da Gama, y más al fondo, la maravilla de puente; a la derecha, la Doca dos Olivais, el Pabellón del Conocimento y el Oceanário.  Todo ello al borde del río-mar, como un crucero atracado. Amplio y luminoso, desahogado, con referencias marítimas por doquier. No estaba nada mal, para tratarse de un núcleo tan artificial, aunque mucho más racional que aquello que se hizo en la Isla de la Cartuja en el 92, porque aquí sí se pensó en el día de mañana. Así se lo dije a Tony. Fue una oportunidad bien aprovechada.

 

Expo98

 

—Esta zona portuaria estaba antes del noventa y ocho hecha una pena, totalmente degradada, echada a perder —me explicó—. El puente también ha hecho milagros.

—A ver si después de comer damos un paseo por aquí —le contesté.

Nos sentamos a comer, en un sitio cualquiera. Muy concurrido el Centro, o por lo menos así me lo parecía a mí. Y es que todo el alborozo, el gentío y la vitalidad que no encuentras en las calles, en los barrios, en las zonas públicas al aire libre, lo tienes en los centros comerciales. Una de las contradicciones del alma portuguesa: adoran los Shoppings.

…La Expo del 98 tuvo como tema específico “Los Océanos, un patrimonio para el futuro”, y supuso la regeneración urbana de unas trescientas cincuenta hectáreas de terrenos abandonados por la industrial y muy contaminada, en la parte oriental del puerto de Lisboa. Visitamos la Expo, que está bastante bien. Ha quedado chula aquella zona de la ciudad, nuevo núcleo de desarrollo, con buenos accesos, edificios de alto standing, hoteles de renombre y sedes de multinacionales, pero también un lugar de recreo para que las familias paseen los domingos, un punto a destacar en el mapa turístico, con el Oceanográfico como plato fuerte. Jerónimos, Chiado o Alfama también son “puntos de interés turístico”. Y me da por pensar que si a los habitantes o pobladores de Canillejas, Carabanchel Alto o Valdebernardo, sin ir más lejos, les diese por parar el tiempo en el año 2001 y seguir viviendo durante años y años de la misma manera que ahora, dentro de treinta, cincuenta o cien años sus barrios, esos barrios, serán también “puntos de interés turístico” de Madrid, y los turistas entrarán en ellos cámara en ristre como lo hacen en museos, parques temáticos o entornos naturales. Nuestra vida de ahora es la prehistoria de la enésima posthistoria. Y reproducimos los mismos parámetros del ciclo cada puñado de años, como se suceden las estaciones. Nuestros hijos se reirán de que escuchásemos a los Hombres G, o de que hiciésemos botellón cuando éramos jóvenes, como nosotros nos sonrojamos ahora con los recuerdos de los guateques de nuestros padres o su cortedad en aras de las prohibiciones de la religión, aquellos muchachos y muchachas tan dóciles, llevando esos cinturones de castidad para cumplir con los mandamientos de la fe católica. Al fin y al cabo, la lluvia es igual en todas partes y en todas las épocas. Todos nos preparamos como concienzudos actores de método para la misma representación de la vida.  Y esto es la Expo, y estamos en Lisboa.

—Algunas grandes empresas han plantado sus sedes en edificios de los alrededores. Dicen que ahora es la zona más cara de la ciudad —Tony me devuelve al aquí y ahora, en un pestañear de ojos.

—¿Más cara que Jerónimos? ¿Más cara que lo más caro de Rato o Liberdade?… Pues vale, pero para mí no hay color —le dije a Tony.

Volvemos al Centro Comercial, y celebramos cada rostro y cada cuerpo de mujer afortunados con los que nos cruzamos. Pasa gente, mucha gente, sobre todo público adolescente y colectivo en el que blancos, negros y mestizos conviven con ejemplar naturalidad, como yo asumo con naturalidad mi primera amistad con alguien de color. Gente también de Lisboa, porque esto forma parte igualmente de la ciudad. Las bolsas, los escaparates, luces de neón, música ambiental, ofertas, roturas de stock, glamour de andar por casa, maniquíes, papeleras, casas de banho y accesos al parking… Es un Centro Comercial en toda regla. Aquí y en la Cochinchina. Al carrito de la compra se le mete una moneda para liberarlo, y en las jugueterías hay héroes de plástico como gigantes de pies de barro, coches en miniatura, cocinitas y Barbies de todo pelaje. Pero también hay gente que toma una sopa, sentada en un taburete, en la barra del bar de diseño;  no cerveza, ni café: sopa.

A las cinco menos cuarto nos fuimos hacia la estación. Su “auto-res” salía a las cinco. Nos despedimos, comprometiéndonos a volver a quedar a mediados de la semana siguiente.

—Y haremos alguna salida nocturna —me dijo Tony, antes de subir al autobús—, por Bairro Alto y por ahí.

Tá bom!

 

 

El Oceanário de Lisboa es un museo de biología marina situado en el Parque das Nações en Lisboa, Portugal, construido en el ámbito de la Expo 98.

Este pabellón, obra del arquitecto norteamericano Peter Chermayeff, recuerda a un portaaviones y está instalado en un puerto rodeado de agua. Es el segundo mayor oceanario del mundo y contiene una impresionante colección de especies — aves, mamíferos, peces y otros habitantes marinos.

Se compone de cuatro zonas separadas que representan los hábitats de los océanos Atlántico, Pacífico, Índico y Antártico, y sus fauna y flora.

La principal atracción, para la mayor parte de los visitantes, es el gran tanque central, donde coexisten varias especies de peces como tiburones, barracudas, rayas, atunes y pequeños peces tropicales. Aunque pretende ser una representación del océano abierto, ha sido criticado por varios científicos por el hecho de juntar especies poco relacionadas en el mismo espacio.

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