Elevador de Gloria

…Una portuguesa de unos cuarenta años, con aspecto de tener cincuenta y de acabar de escuchar un mensaje radiofónico de Salazar o de ponerle un clavel al cañón de un fusil, tomó los datos de mi entrada, con mucha corrección y pocas palabras, lo cual evitó que percibiera mi desconcierto. Me dio las llaves de la habitación 10. Tenía baño y una ventana que daba a la cuesta, pero era una habitación que transmitía la misma sensación que caminar con una piedrecita en el zapato. La parada del elevador da Glória quedaba a unos diez metros calle abajo. Luego supe que esa es una de las estampas más fotografiadas de Lisboa, desde la acera de Restauradores, el elevador amarillo y la empinada subida, y, en un costado, el cartel azul de “Iris” y la ventana de la habitación. Pero llovía. Y hoy no salían los turistas de safari fotográfico.

 

Elevador da Gloria

 

        …Pero me volvía a sentir fuerte, porque la luz de un nuevo día hizo que se esfumasen las brumas de la noche, y las vacilaciones que en la vigilia eran fantasmas y abismos no pasaban de menudencias en la resaca emocional del día siguiente. Conseguí levantarme y, tras pisar la mina de mí mismo, comenzaba tras la explosión controlada a recomponer los pedazos. A las nueve y media abría la ventana a la mañana del sábado, 6 de octubre de 2001, y el elevador da Glória, que lleva comunicando la Baixa con el Bairro Alto desde 1875, ya me había dado hacía un buen rato unos chirriantes “buenos días”. Al abrir la ventana, ver en su proceso como beatífico de ascensión al elevador y, más abajo, algunos turistas haciéndole fotografías, al constatar el día tan azul que revestía todo, presidido por un sol reparador, ese “bom dia” me supo a gloria.

 

Audioguia: Elevador da Gloria