Castelo

…Hay que llegar al Castelo al azar, subiendo por uno de esos caminos que llevan, inevitablemente,  a la ciudadela, y a algunos rincones, como el del Patio de Dom Fradique, que son una pequeña aldea dentro del barrio. Yo llegué, entre mansardas y rás de chaos de casas blancas con puertas y ventanas ribeteadas con colores vivos, azúl añil, verde, amarillo, ocre, entre turistas blanquecinos y señoras del barrio acarreando bolsas de la compra, e intenté rememorar, reconstruir, albergar la inocencia, la limpieza y la expectación de la primera mirada, como recreaciones de la primera vez, entrar en el recinto amurallado, es decir,  a la Edad Media, pero sin verse uno allí, en ese preciso instante, con treinta años de edad y otras visitas anteriores a cuestas, sin ver, tampoco, a los turistas de fin de semana y sus cámaras fotográficas digitales, y coronar una de las siete colinas de Lisboa libre de prejuicios, como la determinante primera vez.

Pero no es fácil ejercer esa libertad, porque solo hay una “primera vez”. Así, hice la visita de rigor al Castelo, y me regocijé largamente con las vistas de la ciudad, quizá las mejores (con permiso, insisto, del mirador de São Pedro de Alcântara y del elevador de Santa Justa). Contemplé, paseé, me volví a asomar. “Qué maravilla”, me dije. “Y he venido para quedarme”.

 

Castelo

 

Logo a abrir, apareces-me pousada sobre o Tejo como uma cidade de navegar. Não me admiro: sempre que me sinto em alturas de abranger o mundo, no pico dum miradouro ou sentado numa nuvem, vejo te em cidade-nave, barca com ruas e jardins por dentro, e até a brisa que corre me sabe a sal.

 

“Apenas amanece, te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega. No me admiro: siempre que me siento capaz de abarcar el mundo, en el pico de un mirador o sentado en una nube, te veo como ciudad-nave, barco con calles y jardínes por dentro, y hasta la brisa que corre me sabe a sal…” decía Cardoso Pires, en su Lisboa, diario de a bordo. Pero él no es el único que quedaba extasiado, o tan solo dueño de su silencio, ante la vista que se abre desde el Castelo…

                                              …¡Y ver nacer el sol desde ese Castillo

                                  que domina Lisboa en el más bello

                                  y sorprendente cuadro de belleza!    

                                  Lisboa, la más gentil, la portuguesa

                                  y noble capital de un pueblo grande

                                  en el sufrimiento y en la resignación…         

Estos otros versos son de António Botto, y datan de 1944… Y eso fue lo que contemplé: el más bello y sorprendente cuadro de belleza. Y sigo sin desear nada más. Al menos, esa plenitud representaba también para mí ese momento. Tendré cientos de oportunidades de volver al Castelo, pues, de hecho, en Lisboa siempre se está regresando a él: ¡se ve desde tantos puntos de la ciudad! Soy tan afortunado que puedo salir de él sin esa sensación desasosegante que tienen a veces los viajeros al dejar los lugares que no volverán a pisar nunca más. Sí, regresaré una y mil veces, porque he venido para mucho tiempo, tanto, que una inesperada tristeza me invade al pensar que pasaba meses y meses sin pisar el parque del Retiro en Madrid, donde llevaba viviendo algo más de seis años. Pero, en fin. ¡Claro que volveré al Castelo! Ahora no puedo dejar de disfrutar esa vista, de abarcar la ciudad con los sentidos, de hacerme la ilusión de que la poseo de un solo vistazo y que la cojo con mis manos. Los turistas vienen y van, con sus cámaras, sus mochilas, su sed y sus escotes, unos ya almorzados, otros ya inquietos por buscar un sitio donde hacerlo; el mar, el cielo y la tierra se confunden, pasan los aviones, también hay navios, y el rumor de los tranvías y las sirenas escala por la ladera. Sorprendente cuadro de belleza, capital de un pueblo grande… Pero yo, cada vez estoy más solo ante la ciudad y el tiempo ya casi detenido en ella. El día anterior —el de mi llegada—-, también había estado solo, demasiado quizá, y el tiempo había transcurrido muy lentamente, y la ciudad, sombría entonces, se me había mostrado hostil y escurridiza, hasta el punto de  preguntarme, “¿qué hago yo aquí?”. Pero ahora era el rey del Castillo, emperador en Roma, y tenía el imperio a mis pies. Vivía dentro de una postal, y su reverso me permitiría contar un final feliz. El asedio del día anterior había fracasado, y yo iba a ser implacable con los traidores y los desertores, a pesar de mi propia deserción. Deserción de mí mismo.

Pese a que aún me quedaba lluvia del día anterior en los bolsillos, volvía a ver el vaso medio lleno.

El día anterior, 5 de octubre, día de la República Portuguesa…