Chiado

Lo suyo es llegar al Chiado desde la Baixa, subiendo por la rua do Carmo y la Rua Garrett, sus arterias principales y las más comerciales. Limita con Bairro Alto. Es el barrio cosmopólita e intelectual por excelencia, lleno de cafés, librerías, teatros, comercios emblemáticos y vanguardismos varios.Las calles del Chiado son muy pintorescas, bordeadas de casas coloridas y edificios que rebozan de historia. Al estar en colina ofrece estupendas vistas panorámicas y curiosos collages urbanos. El 25 de agosto de 1988 un incendio, que aparentemente comenzó en una tienda de la Rua do Carmo, alcanzó la Rua Garrett, afectando no sólo a comercios y oficinas, sino también a importantes edificios del siglo XVIII. El Chiado de hoy es, en gran medida, el resultado de la posterior restauración, pero conserva la esencia de lo que ha sido siempre: Lisboa en estado puro.

…Supe, al cabo de los meses, que hay un bar en Chiado, que por entonces estaba de moda o entraba en los parámetros de lo considerado “cool”, al que todo el mundo conoce como Por amor a Chiado, aunque su nombre real es “Amo-te Chiado”, proclamado en la entrada como una pintada de adolescente donde se declarase un amor o simulacro del mismo por una compañera de clase: “Te quiero Nuria”, o Yolanda, o Ruth, o Carmen…;  algo así como el corazón atravesado por la flecha y dos nombres a ambos lados, el “corazón de tiza” al que cantase Radio Futura en una de sus canciones más memorables. Te quiero Chiado.

 

Chiado

Y yo, desde esa tarde de sábado, y por amor a Chiado, hice de esta zona de la ciudad mi predilecta para los paseos a la deriva o la necesidad de apurar horas muertas o cuadrar círculos. Ya lo sabía por las visitas anteriores, pero ese paseo de después de comer del sábado 6 de octubre de 2001 no hizo más que corroborarlo: amo el Chiado. Lo adoro. Al fin y al cabo, soy un pequeño burgués.

Sigue diciendo Cardoso Pires, en su Lisboa, diario de a bordo: A Lisboa se la puede definir como un símbolo. Como la Praga de Kafka, como el Dublín de Joyce o el Buenos Aires de Borges. Sí, es posible. Pero más que las ciudades, son siempre un barrio o un lugar los que caracterizan esa definición y la fidelidad a menudo inconsciente que les guardamos. El Chiado, en este caso. Su geografía cultural, su resplandor diurno, la paz provinciana de sus calles por la noche, tantas cosas, tantas cosas.

Y son, nuevamente, establecimientos comerciales, edificios, librerías, cafés, iglesias, museos, más edificios, tranvías, estatuas, anticuarios, teatros, azulejos, el adoquín de las calles, las subidas y las bajadas, los rincones, otra vez los tejados y las panorámicas en 3D…,  y son, sobre todo, las personas las que le dan la vida, gentes de barrio, paseantes y residentes que saben estar y desenvolverse, porque se reconocen en Chiado, como la sangre que corre por venas y arterias familiares, la savia del árbol que crece firme en su propia tierra. Pero en aquella tarde de sábado me vino el recuerdo del primer Chiado, aquel que, entre andamios, en 1990, no fui capaz de reconocer como a un viejo amigo, en aquella primera visita a la ciudad, pues se encontraba en plena reconstrucción, tras el incendio de agosto de 1988: 18 edificios afectados, 7 calles, 1680 bomberos, 300 vehículos, 18 horas hasta quedar sofocado, 2 muertos, 60 bomberos heridos… Tras esto, había que resucitarlo.

Y mientras caminaba por sus animadas calles, y saboreaba sus nombres en las esquinas (Carmo, Garret, Serpa Pinto, Largo do Chiado, Praça Luis de Camões, Nova da Trindade, Largo do Carmo…), como quien le coge el punto de sal a un guiso, con la memoria saltando los años de cinco en cinco, recuerdo haber visto la noticia del incendio en un telediario de julio del 88, recuerdo los andamios y el barrio casi entero cerrado al tránsito en el 90; recuerdo, en el segundo viaje, con Fernando y Julio, el barrio ya reestrenado; pero no recordaba, en ningún caso, en esa sucesión de flashbacks despendolados, haber apreciado la calidad de esta restauración tras el incendio, alcanzado a valorar el gran trabajo del arquitecto Alvaro Siza Vieira para devolver, sin falsificaciones, el esplendor del Chiado más auténtico. Cualquier guía que se precie le dedica unas páginas a esa ejemplar recuperación. En otras ciudades del mundo hubiesen hecho algo completamente nuevo, moderno, vanguardista, impactante, rompedor incluso. En Lisboa, no; y así fue que se reprodujeron los edificios quemados y destruidos, los almacenes Grandella y Chiado principalmente, hasta en el más mínimo detalle. Y quedaron idénticos, pero con materiales actualizados, mayor cohesión arquitectónica y un lavado de cara. Para que ese barrio bohemio y decadente, el corazón cultural de Lisboa, su pensamiento, su carácter, siga luciendo desde la coherencia y la fidelidad a lo que siempre ha sido: pura Lisboa.

Kiosko Chiado

 

Ahora, por amor al Chiado (hay un verso de un poema de Fernanda de Castro dedicado al Chiado, que dice: anda no ar a vibração dum beijo, anda en el aire la vibración de un beso), leí con interés y rastreé en las guías todo lo que se explica sobre aquella reconstrucción liderada por Alvaro Siza. A través de esa reconstrucción construyo, a su vez, la historia del barrio, de los siglos y las personas que por él pasaron, e intento captar su esencia –como pez que se me escurre nuevamente de las manos–, o, al menos, intuir las dimensiones de esta. Y pasé por delante de la livraría Aillaud y Lellos, de la Joyeria Eloy de Jesús, de la Guantería Ulisses, del restaurante Tágide, de la sastrería Modelo do Carmo, del museo do Chiado, de la livraría Bertrand, de la Casa Havaneza, de los teatros São Luís, São Carlos o Trindade, de la boutique de Ana Salazar… Señas de identidad de Lisboa.

Pasé, pero no me detuve, pudoroso, ni me asomé a su interior, por el café A Brasileira, aunque me llegó una bocanada de aliento antiguo desde su fachada a lo ar nouveau, ese olor a café y pastelitos que debe ser muy parecido al olor del Paraíso; y no fui uno de esos hombres solitarios que hacen un alto de cinco minutos en su devenir para tomar una bica en la barra mirando pasar la vida, la representación teatral de la existencia aconteciendo en el exterior, ni le hago mucho caso a la estatua de Pessoa, sentado en su terraza, pasto de las fotos de curiosos y turistas… ¡Ay, pobre Pessoa, como pobre Kafka, o como pobres Joyce y Borges, o Quijote y Sancho, si levantasen la cabeza y viesen lo que sus ciudades, sus países y sus instituciones culturales más oficiosas han hecho con su imagen, de sus biografías!…

 

Chiado

 

No me detuve, pues, en A Brasileira, ni me llamó la atención toda esa multitud (que, con certeza, siempre encuentra mil excusas para no leer) que se hace fotos al lado de Pessoa, pero sí me senté a ver pasar a la gente, como si fuera el dicurrir de la corriente de un río de alta montaña,  en un banco de la praça Luis de Camões. Estuve allí hasta sentir el latido de esta “Nápoles por suizos habitada”, que diría Alexandre O´Neill…

 

                                  De aquí, de esta Lisboa compasiva,

                                  Nápoles por suizos habitada,

                                  donde la tristeza vil y apagada

                                  se disfraza de gente más activa…

 

Las guías de viaje en seguida se remiten al museo, al monumento, al edificio, a la piedra de turno, con el “dónde comer”, “qué ver” y/o “visitas imprescindibles” oportunamente intercalados, pero nada dicen de la mujer que toma en concurrida soledad una sopa en el rincón de la barra y levanta los ojos hacia la vida de detrás de la ventana, ni del músico callejero con los ojos puestos más allá de lo que miran sin ver. Las guías no se fijan en la nariz, en el peinado, en la vestimenta, en el andar, en la conversación del que pasa. Hablan si acaso, y muy de pasada, citados entre los personajes célebres del lugar, de algún escritor, de algún poeta incluso, pero nada insinúan sobre la atmósfera tan embriagadoramente literaria que envuelve ciertos, muy contados lugares. Recordaba ahora, sentado en la praça, y tras observar a esa mujer, a ese músico, y pasados tantos años, y viendo pasar tantos personajes y personajillos de la ciudad, recordaba comentarios e impresiones expresados sobre la ciudad por gente que la visitó o la conocía, y me venían, allí sentado, fogonazos de esas conversaciones, algunas de las cuales, supongo, alimentaron mi hambre de Lisboa… Pero tampoco esa gente me habló de esta mujer solitaria, de ese músico callejero; ni me describieron la nariz, el peinado, la vestimenta, el andar, o la conversación de la muestra aleatoria que pasa ante uno. Ni, por supuesto, me recitaron los versos que les inspiró la ciudad.

 

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