Campo de Ourique

… No exploté la posibilidad de subir a la cúpula para contemplar la vista que ofrece de la ciudad, ni me senté plácidamente en un banco del Jardim, ni intenté entablar conversación con algún abuelo del barrio, de los que siempre se ven paseando por él, pues todavía me retraía a la hora de entablar conversaciones si no tenía la seguridad de entender lo que me decían. Subí hasta el cruce de las calles Ferreira Borges, Saraiva de Carvalho, Patrocinio y Domingos Sequeira, y,  tras unos minutos de dudas, ensimismado con ese cruce de caminos por el que pasa el eléctrico 28  en su camino hacia el Cementerio dos Prazeres, y como ya eran las doce pasadas de la mañana, decidí dejar para otro día Campo de Ourique, con su visita obligada a la Iglesia del Condestable, a su mercado, y no admirar, o admirar otro día, sus azulejos art nouveau, la planificación rectangular y geométrica del barrio, y también el complejo Amoreiras o el Acueducto das Aguas Livres, pese a la seductora invitación de su arboleda y los cafés de estilo modernista y las vetustas confiterías de la rua Ferreira Borges.

Campo Ourique