Belem-Jerónimos

Si hubiéramos paseado en 1497 por el barrio lisboeta de Belém (que por aquel entonces era una villa de los alrededores ) hubiéramos visto zarpar a Vasco de Gama a su decisivo viaje a las indias. En honor a tal suceso Manuel I mandó levantar el actual Monasterio de los Jerónimos y una torre de vigilancia, ambos monumentos declarados Patrimonio Mundial por la Unesco. Estos monumentos son ejemplos máximos de la arquitectura manuelina, un estilo renacentista y gótico que ha dado fama mundial a Portugal.

Desplazarse a este barrio es fácil: se puede coger el tranvía 15 en la Praça do Comercio o bien en la Praça da Figueira. También se puede ir en tren desde la estación de Cais de Sodré, o si se comparte taxi no resulta caro el trayecto.

En la Rua de Junqueira con Calçada de Ajuda está el Museo Nacional de Coches, la colección de carruajes posiblemente más numerosa del mundo. Este museo tiene más de un siglo y es algo verdaderamente único en su clase. En las cercanías está el Palacio Nacional de Belém, que es donde vive -oficialmente- el Presidente de la República portuguesa. Pero el de Belém-Jerónimos-Restelo es sobre todo un área de recreo y esparcimiento muy agradable, a cielo y río-mar abierto, y para todos los públicos y todas las horas.

 

…La tarde del sábado, 13 de octubre, la pasaría en Jerónimos-Belém: por fin, la visita obligada, el rincón inevitable, la jojoya de la corona. Ir andando de Estrela a Belém, un buen paseo, me permitió conocer las Docas, los muelles portuarios, esa zona de Alcântara recuperada para la nocturnidad y la alevosía. También implica pasear por uno de los puntos estratégicos de ese Portugal navegante y descubridor, revivir la edad de oro de la Historia de Portugal, pues de aquellos muelles salió Vasco da Gama en su expedición a las Indias, y unos metros más allá se encuentran el monumento a los Descubrimientos y el puerto deportivo. Por el Tajo, a su vez, como decían aquellos versos de Nuno Judice, todavía navega la memoria de las nãos.

                       … Pero probraron que las márgenes del Tajo

                       son pequeñas;

                       que hay mares de donde el hombre

                       no sabe cómo volver…

 

Pasé por la rua Junqueira, que aún conserva hermosos palacios y espectaculares mansiones, y que atraviesa la frontera invisible y sirve de armoniosa transición entre los barrios de Santo Amaro y Ajuda.

 

Jeronimos

Y por fin llegué a mi destino. Ahí estaba, espléndida, toda el área de Belém: Restelo, Jerónimos, Belém, qué más da, porque es un conjunto completísimo y encantador, símbolos de aquel “Mundo Nuevo” y de la vanidad de los reyes. Y tan políticamente correcto, tan de postal que hasta parece Viena. Porque en poco más de dos kilómetros cuadrados el visitante se puede encontrar –o más bien se va encontrando a su paso– el Museo de Coches, el Palacio de Belém, la plaza de Alburquerque, La rua Vieira Portuense, el Monasterio de los Jerónimos, el Museo Nacional de Arqueología, el Museo Naval y Planetario, la Praça do Império, el Centro Cultural de Belém, el Monumento de los Descubrimientos, el Museo de Arte Popular, y, por último, como plato fuerte, el monumento más visitado, el más emblemático y simbólico de Portugal: la torre de Belém, con sus pórticos de arco quebrado, las bóvedas del claustro, los balcones venecianos, las garitas de evocaciones árabes, las influencias góticas y románticas de sus arcadas, las cúpulas bizantinas, la filigrana de piedra en la balaustrada, fundido todo en el arte más característico de Portugal, el manuelino, y su decoración profusa y genuina. Sí, todo eso se puede encontrar uno en el área de Belém, que es para Lisboa como lo que el Louvre es para París, me dio por pensar.

Recordé fugazmente el viaje anterior, en julio de 1995, con Fernando y Julio. Nando y yo sentados en las escalinatas que, a guisa de anfiteatro, hay frente a la torre, y Julio haciendo de las suyas, tal que así: anda hacia la torre, metido en el papel de turista solitario y despistado, y contemplándola tropieza con un escalón, trastabilla unos metros, y finalmente cae al suelo. Y Nando y yo regocijados, sobre todo cuando raudo y veloz algún otro turista o un grupo de turistas se acercan a auxiliarle. ¡Qué tonto estás, Julio!… eres peor que Arturo Calamidad.

Y yo no digo que Belém no sea la rehostia, o que no me pueda emocionar; lo que pasa es que esa tarde yo no estaba ni para monumentos, ni para visitas guiadas, ni para guías eruditas. Yo solo estaba como para mandar a tomar viento fresco al Tajo y aledaños. Y que Camões y la Confederación Hidrográfica del Tajo me perdonen.

Digamos que mi ánimo era más propicio a que me fijase en el paisanaje que en el paisaje, me interesase más por la fauna animal que por la flora, más por las personas que por los monumentos.

 

                                  … En cada calle me huyes

                                  en cada calle te veo

                                  tan enfermo del viaje

                                  tu rostro de sol y Tajo

                                  Esta es la ciudad donde vives

                                  como quien está de paso…

 Así que pasé y paseé delante de ellos; Jerónimos, el Centro Cultural, la torre, pero sin manifestar ni por dentro ni por fuera un ápice de solemnidad. Me senté y hasta me tumbé en sus jardines, y leí apoyado en sus árboles, mientras turistas, viajeros, visitantes, deportistas, místicos, vendedores de gafas de sol o de pañuelos, padres con hijos, hijos con perros, perros con pelota, pelota con hijos, hijos con padres, padres con esposas, mujeres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres solas, personas en bicicleta, en patinete, blancos, negros, amarillos, desteñidos, excursiones de jubilados, de escolares, parejas varias, beodos con botella y adolescentes en pandilla disfrutaban de la jornada. Al fin y al cabo, era sábado por la tarde. Todo es armonía y sosiego los sábados por la tarde en Belém, donde el Tejo é mais belo que o rio que corre pela minha aldeia. Son, las de aquí, tardes casi perfectas. Retrato de familia con velero al fondo.

 

Torre de Belem

Pero había dos cosas que me la aguaban un poquito: no pasearla con mi novia, y no tener con quién celebrar y celebrarme esa noche, quemando el Bairro Alto y las Docas de Santo Amaro, hasta el amanecer. O simplemente tener con quién sentarme en la Casa dos Pasteis de Belém y hacer lo que seguro me preguntaría Amelia, la casera, si al día siguiente le dijera que pasé la tarde de sábado por Belém: “¿te tomarías un pastel en la Casa dos Pastéis, verdad?”…

—¡¡¡No, no me lo tomé, qué pasa!!!

—¡¿Que no te lo tomaste?!… Pues que sepas que son únicos, y que la tradición manda tomárselos;  además, en la Casa dos Pasteis, un antiguo establecimiento decorado con azulejos que se abrió en el año 1841, vienen usando desde entonces la misma receta…

¡Que les den por culo también a los pasteles de Belém!