Baixa

La Baixa, la “parte baja”, es hoy el centro financiero y comercial de la ciudad y una zona de gran animación durante todo el día. Históricamente, fue la extensión natural de la vieja Lisboa que crecía en las laderas de la colina del Castillo de San Jorge.

Severamente afectada por el terrible terremoto de 1755, la Baixa debió ser reconstruida totalmente, tarea que emprendió enérgicamente el Marqués de Pombal. Por este motivo se conoce normalmente al barrio como Baixa Pombalina.

Las características calles en cuadrícula diseñadas por Pombal mantuvieron los antiguos nombres de las actividades que en ellas se desarrollaban: Rua da Prata (calle de los plateros), Rua Aurea (de los orfebres), Rua dos Sapateiros…

Amplias plazas presididas por estatuas de reyes portugueses pueblan la Baixa. Sin duda la más impactante es la Plaza de Comercio, junto al río, que en otros tiempos fuera verdadera puerta de entrada a la ciudad. Dirigiéndonos hacia el norte por la Rua da Prata alcanzaremos la Plaza da Figueira, antiguo mercado de la ciudad, mientras que si atravezamos el imponente Arco Triunfal accedemos a la Rua Augusta, elegante y animada calle peatonal, donde abundan los cafés y las tiendas, entre ellas muchas de las grandes marcas de renombre internacional.

En la Rua de Santa Justa se encuentra un vistoso ascensor, el elevador de Santa Justa que permite subir al Chiado. Vale la pena detenerse un rato en su terraza; las vistas de la ciudad son maravillosas!

La Rua Augusta nos lleva directamente a la Plaza Rossio, llamada oficialmente Praça Dom Pedro IV, primer emperador de Brasil. En la cara norte del Rossio destaca el Teatro Nacional Dona María II, hija de Dom Pedro, construido en 1840, y al oeste, el famoso Café Nicola, que era punto de encuentro de los intelectuales lisboetas.

Siguiendo hacia el norte para alcanzar la Plaza de los Restauradores, con su imponente obelisco que conmemora la independencia de Portugal frente a España en 1640, sorprende el particular edificio manuelino de la Estación de Rossio. Frente a la plaza se encuentra el Palacio Foz, que alberga la Oficina de Turismo de Lisboa.

Hacia el este, la peatonal Rua das Portas de Santo Antão, popular por sus restaurantes de mariscos, conduce al Museu da Sociedade de Geografia, con curiosos objetos de las antiguas colonias portuguesas de África y América.

Un amplio boulevard flanqueado de árboles, con fuentes y terrazas sombreadas, se extiende más allá: es la Avenida da Liberdade, antiguamente un paseo cerrado reservado a la alta sociedad, que fue abierto en 1821, cuando los liberales llegaron al poder. Esta ajetreada avenida une la Praça dos Restauradores con la Plaza Marqués de Pombal, conocida como la Rotunda. Ya en el extrarradio de Lisboa, llegamos al Parque Eduardo VII, que con sus 25 ha. es el parque más grande de la ciudad.

…Pero volviendo a la gravedad del momento me asaltó la duda: ¿por qué rua me introduzco en la Baixa?, ¿por cuál desciendo hasta la Praça do Comércio?… Sé que acabaré pateándolas todas, que en los meses sucesivos y por los siglos de los siglos, amén, caminaré estas calles, entre otras cosas porque me consta que en una en particular, en la Rua dos Douradores, cabe el universo entero; mas ahora he de abordar una cualquiera, y la ansiedad de descubrir a cuál dedicar esta primera mirada me sobreviene. El pasar de tranvías me distrae, como flautistas de Hamelin que atraigan turistas y curiosos y, ante mí, como para elegir al azar, se me presentan las tres calles principales de la Baixa: rua da Prata, rua Augusta, y rua do Ouro; pero decido arbitrariamente la opción más previsible: bajar hasta el río por rua Augusta, adentrarme en el barrio más racionalista de Lisboa, centro comercial, financiero, cultural y turístico de la ciudad, en perenne decadencia, pero siempre en ebullición, por su arteria principal. ¡Qué no se ha dicho ya de Rua Augusta y de la Baixa toda!: sus elegantes comercios, las solemnes fachadas de los bancos, el bullicio de sus terrazas, sus cafés decimonónicos o populares, y, cómo no, el paisanaje, esa mezcolanza de unos con otros, arriba y abajo, derecha e izquierda, Baixa lisboeta siempre en la cuerda floja de los temblores, las inundaciones, los corrimientos de tierra, las crisis financieras y el capitalismo incipiente.

 

Mapa Baixa

 

Así que caminé rua Augusta sin mucha trascendencia, desinhibido, como se supone que camina cualquiera cuando está de visita de fin de semana en otra ciudad, un poco como narcotizado, sin inquietarme todavía por el alojamiento que he de buscar o por el empleo que no tengo, fijándome en cada rostro que pasa, como piezas móviles de un puzle colectivo, rostros que mi memoria escanea, y mirando a la derecha y sabiendo que ahí está, y ahí lo dejo para otra ocasión, el elevador de Santa Justa, y me acuerdo de una foto (“lo malo de la memoria es que uno nunca puede estar seguro de lo que acabará guardando”, le leí en algún libro a Rafael Chirbes) que tengo con mi amigo Fernando Cordero, hecha probablemente por Julio Ceballos, disfrutando de su espléndida vista, que es la misma, pero aquella pertenece a un tiempo y un espacio que no ha de volver, cuando las cámaras de fotos necesitaban carrete y el teléfono móvil ni estaba ni se le esperaba, un tiempo aún no surcado en unos rostros más finos o menos abotargados que ahora, disecados en una foto de verano como tantas otras, millones de perlas falsas en el océano del tiempo. Dejando, a derecha e izquierda, edificios más o menos significativos, de una sobria nobleza, de una noble sobriedad, sedes de bancos, alguna que otra iglesia, la parada del tranvía 28, sensación de tiempo ya extinguido, algunos cuerpos de mujeres que pasan y miro al soslayo, pero solo así, porque tengo justo enfrente el Arco de la rua Augusta, como un Norte, un poderoso imán para el caminante que soy y que desea bajar a la Praça do Comércio y que me hace de “contra fuerza” de ese otro poderoso imán que para mí es observar y fijarme en los viandantes, en las personas, que, como se sabe, a veces no te permiten ver el bosque que es la gente. Pero bien pudo haber sido en una de esas calles donde mis padres y hermanos presenciaron, allá por el año 1981, una persecución de dos hombres pistolas en mano, según me contaron, excitados todavía, a la vuelta de aquel viaje de fin de semana…