Arroios

…El de aquel viernes, 19 de octubre, sí que fue un despertar con resaca. Me levanté a las once, para no “levantar sospechas” (sospechas por ser cogido en flagrante delitro) y porque quería ir a dejar bien cerrado el piso de la Calçada de Arroios, no fuese a ocurrirme lo de  ocasiones anteriores, en las que cuando me había decidido por un piso,  resulta que ya se me habían adelantado.

Arroios

Antes de desayunar llamé a Paula, la chica del piso, para reiterarle que me quedaba con la habitación, y que si iba a estar por casa me gustaría pasarme a eso de la una para pagarle la fianza.  Me dijo que de acuerdo, y quedamos en que entraría en el piso el día 1 de noviembre, aprovechando el hecho de que pasaría ese puente en Cáceres para organizar mi mudanza, y dándole tiempo a ella para poner la casa, y la habitación, en orden. Así que desayuné con una sonrisa de oreja a oreja, por haber cerrado un capítulo, pero también por el buen sabor dejado por la noche pasada, como una pareja que después de un tiempo vuelve a hacer el amor como Dios manda, como esa sonrisa que deja, por tanto, una noche de pasión  (… y comerte la boca y comer los besitos que hubiese allí escondidos y recostarme sobre tu hombro y resbalar hacia la ternura de las pequeñas palomas…), pese a que los titulares del día, que hablaban de la fuerte caída de la Bolsa en todo el mundo y de la bajada en dos puntos de la competitividad portuguesa en el ranking mundial, parecían querer amargarle a uno la mañana.

Hice la gestión de desplazarme, sacar dinero, volver a Calçada de Arroios, pagar la fianza, charlar un rato con Paula, encomendarnos al día antes de marchar a Cáceres, miércoles 31, para dejar ya algunas cosas y recoger las llaves, y para, aprovechando la coyuntura, y que era la una y cuarto y me convendría caminar para abrir del todo el apetito, darme una vuelta por el barrio.

Ya Paula, que era como el viento que acaricia la cebada, como la mano que mece y mima, me había explicado, someramente, la orientación de los puntos cardinales y las cuatros claves      —supermercado, transportes, cafés, parques— para entender Arroios, confirmándome, entre otras cosas, que en la Avenida de Roma, no sabe exactamente a qué altura, hay una piscina climatizada. Me asomé a la Alameda, al Jardim Alameda Dom Afonso Henriques, que me sorprende por su dimensión (cinco hectáreas) y su limpidez de campo de fútbol y su fuente luminosa (obra monumental, muy del Estado Novo), y paseé desde Arcos de Cego hasta el Largo de Estefânía, y de ahí por la rua Pascoal de Melo. Yo entonces no lo sabía, o no había caído en la cuenta, pero ese, el de Arroios, es el barrio donde nació y se crió José Cardoso Pires. Que nos lo cuenta con estas palabras en su Lisboa, Diario de a bordo:

            De Arroios, pues, de Arroios, y más concretamente de la lisboetísima freguesía de São Jorge, 4º barrio fiscal, o, más concretamente todavía, de una ventana de infancia orientada hacia una iglesia que ya no hay y para un Largo de borrachos durmientes, animado por palomas marineras.

            Soy de ahí, de ese Largo y de esa ventana, ya lo sabes. Un poco atrás (en una habitación de la travessa das Freiras, según las biografías oficiales) es donde el novelista Camilo, muy dado a amores de perdición, practicó sus erotismos norteños con doña Ana Plácido; más abajo, al final de la rua de Arroios, queda el cuchitril donde el primo Basilio del respetado Eça de Queiroz se trabajó entre pañuelos a la desamparada Luisita que andaba huida de su tierra, y con esta muestra ya se ve cómo Arroios, un siglo atrás, era un folletín de alcobas descarriladas que la historia pasó a escrito. Bien espero que, allí en el Largo, los borrachos de mis años de niñez no supiesen de tanto libertinaje, disfrazado de inocencia a la sombra de palmeras y de gatos de tejado.

            Pienso en eso con pudor porque en la media distancia entre el alto imperio de los gatos y el paraíso de los bebedores a tiempo entero habitó mi infancia de ventana y soledad…

 

Pero yo entonces no lo sabía, o no había caído en la cuenta, por la sencilla razón de que Arroios todavía no formaba parte de mi historia, ni de mi Historia.

Me gustó, es indudable que me gustó. Y la localización, igualmente buena, con Saldanha a un paso y estación de metro a cinco minutos, que me permitiría colocarme en el Rossio en apenas quince minutos, o media hora andando. Qué bien.

 

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