Alfama

Alfama es el barrio más antiguo de Lisboa. En tiempos de los moros, este entramado de callejuelas, constituía toda la ciudad, cubriendo la ladera en la colina dominada por el Castillo de San Jorge hasta alcanzar el Tajo. La zona conserva el aspecto general de las medinas, con sus casas apiñadas y callejuelas sinuosas, escaleras que suben (o bajan) por todas partes y la ropa tendida al sol directamente en la calle.

En Alfama se mezclan sencillas residencias de paredes descascaradas, tabernas, pequeños talleres de artesanos, un puñado de blancas iglesias y casas de fado.

Pero no todo es sencillez en Alfama; hay también imponentes edificios que fueron declarados monumentos nacionales, como el Monasterio de San Vicente de Fora y la Iglesia de Santa Engracia, con su gran cúpula. La antiquísima Sé, catedral de Lisboa, también forma parte del patrimonio del barrio. Cerca se puede visitar la Iglesia de San Antonio, dedicada a este santo tan venerado en Lisboa.

Recorrer las calles empinadas de Alfama es bastante agotador y la mejor opción para descansar es sentarse en algunos de los miradores. Sin duda que desde el Castillo las vistas son insuperables, pero se puede hacer una escala en el Mirador de Santa Lucía, junto a la Iglesia de Santa Lucía, donde hay un gran azulejo que muestra la Plaza de Comercio antes del terremoto de 1755. En el barrio popular de Graça hay también un mirador, junto a un gran edificio que fuera en otros tiempos un monasterio agustino y la contigua Iglesia de Graça.

En proximidades de Santa Engracia se desarrolla los martes y sábados la Feira da Ladra, un mercadillo donde puede encontrarse un poco de todo, tipo el Rastro de Madrid.

 

—El barrio está organizado en forma de laberinto de manera intencionada. Los musulmanes crearon este entramado de calles para que les sirviera de sistema defensivo, aparte de dejar las viviendas protegidas de los rigores del invierno o del verano. Y en su subsuelo todavía manan aguas frías y calientes, ya no sé si con las propiedades medicinales con que se usaron antiguamente en baños públicos y chafarizes. Su nombre procede del término árabe “al-hamam”, fuente caliente.

Desde que llegué a Lisboa no me había adentrado todavía allá, donde la ciudad sí es blanca, probablemente por pura pose, como despreciando las “visitas obligadas” o las rutas típicas de la ciudad por el hecho, muy cierto, de que ya tendría tiempo de hacerlo, porque yo no era un turista extranjero de paso, pues había venido para quedarme; lo mío con Lisboa no era un rollo de una noche o un amor de verano, sino que estaba dispuesto a amarla en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y por esta razón no me urgía cumplir con el tópico de perderme por el laberinto blanco de Alfama (si todos los colores son el blanco –dicen esos versos de Ángel Campos Pámpano–,  cómo decir el gesto, la ventana o esa nube encendida…) y recrearme en su ropa tendida y su olor a sardina asada, sus geranios en las ventanas y sus gatos lamiéndose al sol en los tejados o en el alfeizar de las ventanas, sus empinadas cuestas y sus estrechos callejones, la música de fado y los azulejos en las fachadas y los tranvías por las cuestas arriba, y entretanto un mirador, el calor de una tasca, o una de esas plazas donde todavía hoy conviven las tres culturas, en un ambiente popular que hacen de Alfama “el pueblo de Lisboa” (povo que lava no rio, dice el poema de Pedro Homem de Mello cantado por Amalia Rodrigues y Dulce Pontes), y, cómo no, sus colores, sus olores y sus sabores. Solo falta escuchar deslizarse por las travessas el homenaje a “Alfama” de Madredeus.

 

 

Alfama

 

Yo iba agasajando a Tony con oportunas referencias sacadas, como de la chistera, de alguna de las guías que me había empollado, y él recibía mis comentarios con regocijo.

—¿Sabes cuánto tiempo llevaba sin subir a esta parte de la ciudad? —me preguntó—. Desde que vine con Esther y dos amigas suyas, una Semana Santa, hace tres años. Al Castelo sí, subo todos los junios. Lisboa celebra su fiesta grande la víspera del día de Santo António, el 12 de junio. Son unas fiestas muy populares, se come y se bebe en la calle. En el Castelo se celebra esos días la fiesta de la cerveza, y subo. Pero Alfama…

Y sin embargo, el barrio sigue ahí, con luz propia.

            ¿Cómo calificaríamos la luz de Lisboa que, sin embargo, sentimos tan peculiar,

           si la despojásemos de las casas y de los muros de las plazas, y de los patios

           de las calles y de los paseos de piedras dibujadas

           o del largo esplendor del Tajo?…[1]

 

Apenas vimos carteles en portales, balcones o ventanas con anuncios de casa, piso o habitación en alquiler, y si alguno vimos los descartamos fulminantemente. El argumento de recorrer Alfama para buscar alojamiento cayó por su propio peso.

—¿Nos tomamos una cerveza?

—Buena idea.

Y fue así que hicimos el primer alto en el camino. Cayó la primera cerveza de la tarde. Yo no lo sabía, pero a la mañana del día siguiente, la mañana del miércoles, 17 de octubre de 2001, que amaneció lluvioso sobre Lisboa, de cielo cerrado de otoño y paraguas que se cruzan y aceras resbaladizas y tráfico más desordenado de lo habitual, pero también de ciudad que luce y brilla y se realza con el agua en sus fachadas, en sus calçadas, en sus vías del eléctrico; aquel miércoles de otro otoño sin trampas en el que Irak se situó en el punto de mira de los EE.UU.,  yo no tendría otra cosa mejor que hacer que rumiar aquel recorrido mío de la tarde anterior, junto a Tony, de apenas dos horas, por Alfama.

 

[1] António Ramos Rosa. “O mistério de Lisboa”. 1993.