El terremoto

ENTERRAR A LOS MUERTOS, DAR DE COMER A LOS VIVOS

…Y después de comer, no fue tanto por la Expo donde nos dimos ese paseo, sino por un sitio muy, pero que muy peligroso: el terremoto de 1755.

—Lo prometido es deuda —me interpeló Tony durante el café, después de haberle explicado someramente mis “proyectos” literarios sin que en ningún momento se llegara a pensar que le estaba vendiendo humo o desconectase—. Y el terremoto tal vez sea lo más importante de la historia de esta ciudad.

—No sé si lo más importante, porque todo depende de dónde se tome la referencia. Pero sí, desde luego, lo que ha condicionado su historia desde el siglo XVIII… No ha pasado tanto tiempo, la verdad. Todavía humean algunos barrios…

Una empleada del servicio de limpieza, africana, laboriosa y agradable, nos retiró las bandejas. “Obrigados, minha senhora”, le dijo Tony, no por cumplir, ni por inercia, sino de una manera que me pareció muy sentida.

—Qué se puede hacer —preguntó el rey José I, paralizado por el terror, minutos antes de darle plenos poderes al Secretario de Estado de Exteriores y de la Guerra, Sebastião José de Carvalho e Melo. Tony se sonríe, dice “¡un botellón!”, y adelanta la cabeza en gesto de escucha activa.

—Enterrar a los muertos y alimentar a los vivos —respondió el futuro Conde Oeiras, más tarde Marquês de Pombal.

El terremoto de Lisboa

Otros textos dicen que sus palabras exactas fueron: “enterrar a los muertos, dar de comer a los vivos”. Sea como fuere, desde que las pronunciara, el hasta entonces déspota y autoritario Secretario de Estado comenzó a entrar por méritos propios en la Historia de Portugal. Héroe y villano como pocos, un personaje lleno de luces y sombras, el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde que todos llevamos dentro, en formato líder oportuno en el sitio adecuado. Pero esta historia suya queda para otro día.

Dicen que la tierra tembló durante ocho interminables minutos, en tres sacudidas sucesivas, aquella mañana del Día de Todos los Santos de 1755, poco después de las nueve, y que el ruído, primero como de un carruaje rodando, después como un espantoso trueno, progresivamente más y más fuerte, se hizo ensordecedor. Los edificios comenzaron a caer a partir del segundo minuto de sismo. La Baixa quedó prácticamente arrasada; los barrios más antiguos de la ciudad, como Alfama, Mouraria, Castelo, Xabregas y Madre de Deus, perdieron infinidad de construcciones y perecieron muchos de sus habitantes. Las iglesias, llenas de gente aquel día de fiesta religiosa, fueron una trampa mortal para los fieles. Todo quedó oscurecido por el polvo y el humo; abrirse paso por las calles en caótica huída se hacía casi imposible, debido a la acumulación de escombros. Muchos creyeron que se trataba del fin del mundo, del famoso día del Juicio Final: “misericordia, misericordia!”, clamaban las masas. El consiguiente tsunami solo tardó veinte minutos en llegar, y se metió casi trescientos metros ciudad adentro. Pero, en realidad, la mayor destrucción y pérdida de vidas humanas será resultado del incendio, que, con varios focos, se prolongó cinco o seis días. Durante veinticuatro horas las réplicas de los temblores de tierra no cesaron, y hasta septiembre de 1756 se verificaron en torno a quinientos. En su obra Cándido, Voltaire sitúa a sus personajes en Lisboa, precisamente en el fatídico día del terremoto: Sintieron que la tierra temblaba debajo de sus pies, embravecióse el mar y rompió los navíos que estaban anclados en el puerto, abriéndose las calles y las plazas públicas con remolinos de llama y cenizas, se hundieron las techumbres, se trastornaron los cimientos. Treinta mil habitantes quedaron sepultados entre las ruinas de aquella opulenta ciudad. Pero Voltaire, uno de tantos ilustrados de la época conmovidos por el acontecimiento, no tuvo coraje para decir abiertamente que Dios, o estaba ciego, o era perverso, o no existía. Hubo de pasar más de un siglo para que un loco como Nietzsche tuviese el arrojo de, por fin, proclamar que “Dios ha muerto”.

Hay documentos que cifran hasta en 40.000 el número de víctimas del terremoto. Muy difícil cuantificar. Sea como fuere, una vez recuperados de entre las ruinas los cadáveres y heridos, Pombal (para el que los muertos no superaron los 15.000) mandó derruir los edificios afectados para evitar nuevas catástrofes y también para hacer una reconstrucción racional y ordenada de la ciudad, como se correspondía con su espíritu ilustrado. Se hizo venir a los regimientos de provincias para mantener el orden, y todos los habitantes que fuesen considerados aptos fueron obligados a trabajar en las obras públicas. Lo suyo fue coger el toro por los cuernos, como si llevase años de entrenamiento para afrontar un momento así. Por delante tenía la ingente tarea de reconstruir la ciudad. El fuego había destruido una tercera parte de la misma, el terremoto derrumbado una décima parte de las casas, dejando habitables apenas un tercio. El invierno se echaba encima, y las barracas en el extrarrádio fue la solución provisional para dotar de techo a unos y otros, y ahuyentar el pánico a nuevas sacudidas. Apenas unos meses después Pombal ya tendría sobre su mesa las primeras propuestas de reconstrucción. El arquitecto e ingeniero Manuel da Maia entra en escena. Su plan definitivo es aprobado medio año después. Según Gonçalo Byrne, uno de los más prestigiosos arquitectos contemporáneos, “revelando un pensamiento extremadamente coherente en las dimensiones urbanística y arquitectónica, así como una sensibilidad y una atención a la ciudad que había logrado sobrevivir al terremoto, la ciudad reconstruida constituyó una impresionante manifestación de simbiosis ideológica, formal, simbólica y funcional. Tal como se representa en el plano de 1780, veinticinco años después de la catástrofe y con una rehabilitación hecha solo en parte, se percibe que la nueva ciudad nace no de la nada, sino del interior de aquella que la precedió, rellenando los vacíos de las zonas dañadas, recreando con nuevos valores simbólicos y monumentales su destruido centro, prolongando las expansiones comprendidas entre la zona conservada, o añejas a sus márgenes, o cuidando sabiamente la fusión entre lo antiguo y lo nuevo”.

Fue la mayor catástrofe en la historia de la ciudad, y su repercusión en Europa marcó un antes y un después en lo que a catástrofes naturales se refiere. Pero paradójicamente la humanizó, pues las tragedias de estas dimensiones igualan a las personas: todos temblamos por igual entre los escombros, nos parecemos mucho en la oscuridad de polvo y humo, sin distinción de clase y condición, de raza o religión, capaces por igual de lo mejor y de lo peor: hay testimonios que recuerdan a padres y madres abandonando a sus hijos durante la catástrofe para ponerse ellos mismos a salvo, lo que les condenó a una “muerte moral”. También supuso su renacer arquitectónico, urbanístico y artístico, hasta el punto de que se habla de la Lisboa de antes y después del terremoto. Y todo ello empleando los medios de la época. Nada de potentes retroexcavadoras. Nada de megacamiones o buldócers o motoniveladoras, ni grúas ni nada de eso.  Todo ese logro fue posible con los recursos de entonces. Desaparecieron de la memoria colectiva todas las catástrofes anteriores que hasta esa fecha Lisboa había sufrido, y se cortó radicalmente con la ciudad renacentista, manierista y barroca que se había desparramado a lo largo del río siguiendo las corrientes artísticas propias de cada época. Aunque hay quien no está de acuerdo con el resultado. Recuerdo que José Saramago, en su Viaje a Portugal, se lamenta amargamente de la confusión provocada por la reconstrucción tras el terremoto.

Entonces no las leí, ni las tenía a mano, pero semanas después sí tuve ocasión de leer las palabras de Saramago, que dicen:

“… El viajante sube por una de estas calles comerciales, con tiendas en todas las puertas, y bancos que tiendas son, y va pensando en qué Lisboa habría en este sitio si el terremoto no hubiese tenido lugar. Urbanísticamente, ¿qué fue lo que se perdió?, ¿qué fue lo que se ganó? Se perdió un centro histórico, se ganó otro que, por fuerza del tiempo pasado, se tornó histórico. No vale la pena discutir con terremotos ni averiguar de qué color era la vaca que se fue mugiendo la leche que dejó, pero el viajante, en su pensar vago, considera que la reconstrucción pombaliana fue un violento corte cultural del que la ciudad todavía no se ha repuesto y que tiene continuidad en la confusa arquitectura que en mares desajustadas se derramó por el espacio urbano. El viajante no ansía casas medievales o resurgencias manuelinas. Verifica que esas y otras resurrecciones solo fueron y son posibles gracias al traumatismo violento provocado por el terremoto. No cayeron solo casas e iglesias. Se rompió una ligación cultural entre la ciudad y su pueblo”.

El caso es que con el pasar de los años y la superación del trauma colectivo se viviría un tímido renacer, hasta la invasión de los franceses en 1807, que luego fueron expulsados con ayuda de los ingleses, si bien las ideas de la Revolución Francesa llegaron a calar en la sociedad portuguesa. Más tarde vendrían la revolución de 1820, la independencia de Brasil, la extinción de las órdenes religiosas, alguna que otra fiebre amarilla, ideas republicanas, avances arquitectónicos, el siglo XX con su Monarquía, República, Dictadura y Democracia Parlamentaria, y, en fin, y como quien no quiere la cosa, así, de un plumazo, la Revolución de los Claveles…

—¡Pero ahora me dirás que eso queda para otro día!

—¡Exacto! Me prometiste un paseo por la Expo, y ya son las cuatro menos cuarto. Todo lo que yo te pueda explicar lo sé porque me lo han contado, con lo cual no te extrañe que “donde dije digo, diga Diego”.