La Revolución de los Claveles

25 DE ABRIL SEMPRE

…Antonio Oliveira Salazar, un discreto economista, se hizo cargo del gobierno en 1932, tras un periodo, iniciado en 1910, en que se sucedieron hasta cuarenta y cinco dudosos gobiernos de toda especie. Fue el Jefe de Estado que durante 40 años ejerció el poder dictatorialmente,  desde el inmovilismo y el conservadurismo a ultranza.  En el año 68, obligado por la enfermedad, Salazar dejó el Gobierno en manos de Marcelo Caetano, de perfil más progresista, pero igualmente autárquico.

Por lo que he podido leer estas semanas previas, en las que tanto he profundizado en el conocimiento del país vecino, el régimen continuista de Caetano también intentaba sostener con su autoridad las colonias africanas de Angola, Cabo Verde, Guinea Bissau, Mozambique, Santo Tomé y Príncipe, que, desde el año 61, andaban un poco revueltas. Los jóvenes portugueses se veían forzados a prestar un servicio militar de cuatro años, muchos de ellos eran destinados a la llamadas “guerras de las colonias”, pues estas se sublevaban en busca de su independencia, inmersas en un proceso descolonizador generalizado que comenzó tras la Segunda Guerra Mundial, que a esas alturas de siglo parecía imparable e inaplazable. Fue un lento desangrarse por ambas partes: los jóvenes volvían a sus casas, mutilados o con los pies por delante, y los nativos de las colonias padecieron, igualmente, una sumisión irracional. Salazar y Caetano impusieron una esclavitud sibilina en las colonias, obligando, entre otras cosas, a cultivar el algodón para lograr la subsistencia de las industrias de Portugal, sin tener en cuenta las necesidades de los nativos. Algunas de las mejores novelas del eterno candidato al Nobel de Literatura, Antonio Lobo Antunes, tratan de todo este proceso y están ambientadas en la época de las colonias.

 

La Revolución de los Claveles de LisboaUna noche sonó en la radio Renascença –una emisora que hoy he venido escuchando– Grandola, vila morena, interpretada por José Afonso, la canción que fue la señal convenida para que los Capitanes de Abril, esos “jóvenes capitanes airados” que estaban un poco hasta las pelotas (con perdón) de las guerras de las colonias, se pusieran en marcha, al mando de destartalados tanques y pasmada soldadesca, rumbo a la capital. Quién les iba a decir que aquello se acabaría convirtiendo en la Revolución de los claveles, la más romántica de las revoluciones, todo un icono de la cultura portuguesa y una de sus señas de identidad, quizá la principal, junto al fado, el bacalao, la Torre de Belém, el vino verde, Camões, el “manuelino”, el gallo de Barcelos,  Fernando Pessoa…, Hay una película de María de Medeiros, “Capitanes de abril”, que recrea, de una manera bien intencionada y por momentos emocionante, aquellos acontecimientos. Pero esa es otra historia.

Desde entonces Portugal es una República, pero ya antes, en el mismo siglo XX sin ir más lejos, había sido Monarquía y Democracia Parlamentaria, y, mucho antes, unos pocos siglos atrás, en un tiempo todavía presente en la memoria y en los espacios, en cada una de las piedras y de los barrios y de las personas que en ellos habitan, en un periodo que va desde el 21 de agosto de 1415, en que Dom Henrique el Navegante toma Ceuta, hasta la fundación de San Salvador de Bahía en 1599, Portugal, y su capital en particular, en esos años de esplendor y riqueza en los que Lisboa supera los mejores momentos de Génova, Venecia y Sevilla, también fue la capital del mundo conocido y por conocer. Pero aquellos años de expediciones y conquista son, igualmente, otra historia.

Ya en el siglo XXI,  Portugal es un país pequeño. En todos los sentidos. Pequeño, pero con memoria. Cabeza de ratón más que cola de león, pero de ratón de laboratorio para experimentación, en aras de no sé qué ciencia.