El grueso de la historia

…Tomamos una ginguinha para abrir boca en el Largo de Santo Domingos y después nos instalamos en la terraza de un restaurante popular de una bocacalle que de Portas de Santo Antão va a dar a Restauradores, como dos turistas más de los que recorren y cenan en esas calles, en verdad escasos ese lunes. Frango al churrasco con patatas fritas y ensalada, en nuestro caso.

—Oye —me dijo Tony, una vez nos habían servido la ensalada—,  sigue contándome la historia de Lisboa, hombre, que me interesa mucho… Y que no se te pase la batalla de Aljubarrota…

Tenía una forma de decir “hombre” muy conmovedora, porque era una de esas veces en las que pretendía expresarse como un españolito de a pie. Creí, sinceramente, que se habría olvidado de mi precaria clase magistral; admito que había subestimado la inquietud intelectual de Tony. Con el tiempo sabría que es un tipo lleno de curiosidad, tanta como cabe en su cuerpo de guardaespaldas. Y como lo prometido es deuda, tras aliñar la ensalada proseguí relatando la Lisboa que había dejado a medias por la mañana.

 

Historia de Lisboa

…Bueno, quedamos en que Alfonso Henriques, el gran fundador de la patria portuguesa, era un fuera de serie, pero esto no impidió que la maldita vecindad no le dejara tener la fiesta en paz. A partir de ahora, los acontecimientos se suceden de cincuenta en cincuenta años, pero, contados así, de corrido, parece como si fuese todo muy convulso. La siguiente fecha a la que nos desplazamos en nuestra máquina del tiempo es aquella en la que Alfonso III es proclamado rey… cuando Alfonso Henriques la palmó porque era mortal, como todos, aunque hubo quienes llegaron a pensar lo contrario; después le sucederían reyes que eran ramas de un árbol genealógico sin desperdicio nobiliario. Fue Alfonso III quien se trajo la capital a Lisboa; antes había sido Coimbra. Pasada esta etapa, nos detenemos en el año 1385. Sí, hemos saltado 130 años de golpe, en los que hubo malas cosechas, epidemias (peste, principalmente), hambrunas, asedios y hasta un terremoto, en 1356, que asoló Lisboa por primera vez en su historia.

—Ahora el suelo tiembla cuando pasa el Metro —dice Tony. Me sonrío, y prosigo, confirmando fechas en la guía de Gurriarán.

Sin embargo, la de 1385 es fecha significativa porque fue la de la proclamación de Juan de Avis como rey  de  Portugal: con él nace la dinastía Avis…

—Que no tiene nada que ver con la empresa de alquiler de coches…

Sonreímos por el chiste malo, conscientes de la tontería que acabamos de decir. No, no tiene nada que ver. Estos Avis son los que sellan con los ingleses una alianza a partir del tratado de Windsor. Mira tú por dónde, es precisamente este Juan el que derrotó, ese mismo año, a las tropas castellanas al servicio de Juan I, en la batalla de Aljubarrota, cerca de Leiria. ¡Ah, aquí está Aljubarrota! Sin duda Tony esperaba impaciente que apareciera de una vez. Uno de los hitos tantas veces recordado y celebrado, hasta el punto de que se habla del “espíritu de Aljubarrota” y se apela al orgullo y la autoestima cuando se confrontan los intereses luso-españoles. Ahora bien, lo que no se dice tanto es que en aquella severa derrota infligida a los castellanos mucho tuvo que ver la ayuda de los ingleses. Pero, en fin, hay que reconocer que nos dieron estopa y de la buena. En el lugar donde los portugueses, dirigidos por el Condestable (qué bonita palabra, “condestable”) Nuno Álvares Pereira, vencieron a los españoles, consiguiendo así la independencia de la nación, se levantó en conmemoración la deslumbrante iglesia gótica de Batalha.

Vamos ahora con la epopeya marítima, el germen de la grandeza de Portugal.

En ese momento nos sirven el pollo al carbón con sus patatas fritas, y además bien fritas, cortadas frescas…

—Qué bueno —dije.

—Ya sabes lo que para Portugal significa el frango —contestó Tony.

Y comenzamos a atacar las viandas, con otro par de cervezas a mano. Vimos lo oportuno de hacer un alto en la narración, para proseguir después con el estómago ya satisfecho.

—A ver si podemos llegar hoy al menos hasta 1755, fecha del famoso y fatídico terremoto.

Le dije, consultando las páginas que quedaban en la guía de Gurriarán.

Tras dar buena cuenta del pollo pedimos, de postre, un par de licores, un Beirão y una amarginha, y con el primer sorbo retomamos la historia.

 

Historia de Lisboa

 

…Fue Juan I con su viaje a Marruecos, Madeira y Azores quien inicia la expansión marítima portuguesa. Por tradición, y por vocación, en los siglos XV, XVI y XVII Portugal se convirtió en un referente mundial en lo que a navegación se refiere. Habrás oído hablar de la “Escuela de navegantes”, ¿verdad?, bueno, pues la de Sagres, fundada por el Infante Henriques,  era la más significada. El apoyo de los reyes de la época fue fundamental, y desde que Don Henrique el Navegante toma Ceuta, hasta la fundación de Salvador de Bahía, se produce la expansión marítima portuguesa (Cabo Verde, Guinea Bissau, Madeira, Azores, Goa, Brasil…) y se establecen nuevas rutas, como la del Cabo, abierta por Vasco da Gama, que dobló el Cabo de Buena Esperanza y desplegó los caminos de Europa hacia continente asiático. En 1500 Pedro Alvares Cabral descubrió Brasil. Y flipó con ello, supongo. Quizá ya se los encontró jugando al fútbol con cocos.  Esta expansión marítima también tiene su cara sombría, como el estropicio que hicieron los portugueses en la costa occidental africana. El oro llegado de África está manchado con la sangre de los esclavos. No hay imperio sin explotación y sometimiento.

El Tratado de Tordesillas, otro de esos lugares comunes en la memoria de cualquier bachiller, que se firmó en 1494, estableció el reparto entre Portugal y Castilla de las tierras oceánicas conquistadas. Date cuenta que Colón, a su vez, había hecho de las suyas, y muchas de ellas no precisamente buenas. También hubo un Mr. Hyde en el alma de Colón.

—Dicen que se beneficiaba a Isabel la Católica —me interrumpe Tony, y su comentario me hace estallar en una risa tonta, por su contenido y por esa forma pudorosa pero picarona de decir “beneficiaba”—. Vamos, que tenían un rollo, un lío… un caso, como se dice en portugués.

Probables líos de alcoba de la catoliquísima Isabel aparte, este Tratado fue, en verdad, todo un hito, pues venía a equilibrar la balanza y puso orden durante un largo periodo entre las dos potencias marítimas; además, dejó de lado en el reparto a otras potencias, como Francia e Inglaterra. Este “espíritu” me parece más interesante que el de Aljubarrota, y creo que habría que recurrir a él para pensar en una Iberia fuerte ante la Comunidad Económica Europea, en pleno siglo XXI. Why not?!

Y del amigo Camões, ¿qué me dices?… Por allí andaba el hombre. Cierto es que poco se sabe de la vida —que no haya escrito él— del que es considerado el más universal de los poetas de habla portuguesa, y ese poco cabe en una sola página. Parece que nació en Lisboa en 1524 o 1525, que estudió en Coimbra, que pronto sufrió destierros, que perdió un ojo en Ceuta, que hirió a un hombre (otras guías dicen que lo mató) y que el rey le perdonó esto a cambio de que viajara como soldado a India. Navegó, una y otra vez, al lado de los descubridores portugueses y conoció hombres y tierras, desde África hasta Asia. Os Lusiadas

—El equivalente a Don Quijote para los portugueses… —interrumpió Tony, abierto de orejas y al quite.

—Exacto —confirmé.

… Cuenta el viaje que hizo con el almirante Vasco da Gama a la India. Es la gran epopeya portuguesa, y contiene ciento dos octavas repartidas entre diez cantos, en los que, con la “excusa” de la primera expedición de Vasco da Gama, se canta la gloria del imperio portugués en general, a lo largo de la historia del país. Pero murió pobre y solo, el bueno de Camões, tras disfrutar o padecer una vida muy intensa.

Es obvio que los años de expediciones y conquista fueron de esplendor y riqueza para Lisboa, que iguala y aún supera los mejores años de Génova, Venecia y Sevilla. Con un  pie en todos los continentes, es la Lisboa del oro, la plata, el marfil, las especias, las piedras y maderas preciosas, que atracan en su puerto en nãos y carabelas, en la fiesta del gran intercambio de mercancías, culturas, razas y proyectos, y en un puerto en el que, al cabo del año, podían acudir más de mil quinientas nãos y carabelas de todas las partes de la cristiandad. Y en aquel largo periodo que entonces se inauguraba de crecimiento también arquitectónico, brillaría con luz propia el manuelino, estilo difícil de definir pero característico del envidiable momento que vivía Portugal, y que lleva el apodo del rey constructor —Don Manuel I, que había subido al trono en 1495, y al que le tocó “chupar cámara” ante tanta expansión—, cuyos frutos se pueden apreciar en todo su esplendor en la torre de Belém o en el Monasterio de los Jerónimos.

La ciudad se extiende, y la Corte baja del Castelo y se instala en el Palacio de la Ribeira. En pocos años Lisboa se convertiría en una de las ciudades más populosas de Europa.

Pero Don Manuel también será recordado como el rey que expulsó a los judíos del país. Otro episodio oscuro no, ¡oscurísimo!, de la Historia de Portugal. En 1506 se produjo la matanza de unos dos mil judíos conversos en el Rossio, y como punto álgido de esta repugnante política fue la creación del Tribunal de la Inquisición en 1536, establecido por Juan III, sucesor en 1521 de Don  Manuel.  Las religiones… menudo invento.

—¿Te aburren tantas fechas? —me tomé un respiro, mientras seleccionaba los textos y los acontecimientos y despotricaba un poquito contra los despropósitos de las religiones y lo que se puede llegar a hacer en su nombre. Se te ponen los pelos de punta cuando entras en los detalles de lo que se cuenta así, de pasada. Lo de la Inquisición supera con creces a la más cruel de las películas de terror.

—No, no —contestó Tony—. Todo lo contrario. Me están aclarando las ideas. ¿Quieres que pidamos otro licor?…

—Hace.

Buscamos a un camarero, el mismo que nos ha servido. Cuando, según se acerca, le levantamos la copa de licor, dice “ok”, se da la vuelta, eficiente, y escoge en el interior del local las botellas. Y continúo, pero en seguida me interrumpo ceremonioso mientras el camarero nos rellena el vaso con el dulce brebaje, para darle  los “obrigados” de rigor.

Ahora interesa desplazarse al año 1554 para abordar otro hito de la cultura y la memoria portuguesa: el sebastianismo. Dom Sebastião nació en el Palacio de la Ribeira en 1554. Hubo algún reyezuelo de por medio, más o menos picha floja, más o menos lerdo, y hasta una regencia, pero lo cierto es que con solo catorce años Don Sebastián fue proclamado rey. Ser  rey a los catorce, y no únicamente de la casa, ¡sino de todo Portugal! Débil y valiente a la vez, romántico y obcecado, con Sebastián recobró la ciudad el amor propio perdido. Logró expulsar del todo a los moros de Portugal, que se habían hecho fuertes en el Algarve, pero, al aventurarse en la dudosa empresa de completar sus conquistas en tierras africanas (abrir puertos claves de Marruecos para que no cayeran en manos de  los turcos), murió en la batalla de Alcazarquivir, en 1578. El que iba a ser el primero de los hitos en el currículum o biografía del joven rey acabó en una estrepitosa derrota de la que apenas sobrevivieron un centenar de soldados. Lisboa entró en estado de shock cuando la noticia se fue confirmando, dejó a sus ciudadanos, incrédulos, totalmente estupefactos. Una realidad difícil de asimilar. Comoquiera que su cuerpo nunca fue encontrado, y que Felipe II, dos años después, organizó un ostentoso cortejo fúnebre desde el Palacio Real hasta Jerónimos para dar sepultura a un cadáver enviado desde Marruecos que nadie creyó fuese el de Dom Sebastião, nació la leyenda del sebastianismo o del rey deseado, el monarca que un día ha de volver a Portugal para levantar el Quinto Império. El sebastianismo es algo así como lo que para los españoles supone apelar a la “furia española” cada vez que la Selección Española de Fútbol se la juega.

—Que há de voltar uma manha de nevoeiro,  nos dijo la profesora de la Escuela de Idiomas en el segundo curso. Esa fue la primera vez que oí hablar de Don Sebastián. Pero me quedé con la increíble imagen: que ha de volver una mañana de niebla… Me gusta tanto la palabra nevoeiro…, con esa “v” pronunciada como en castellano antiguo…, nevvvoeiro.

—A nosotros también nos lo contaron en la escuela, más como un cuento o una leyenda. Pero luego supe que para muchos es como una religión— dijo Tony—. ¿Y qué pasó luego, llegó Felipe II?, ¿otra vez los españoles dando caña?.. —. Y se descojonó. Y su risa me contagió. “Qué cabrones somos”, le dije. “De España, ya sabes,  nem bom vento nem bom casamento”.

Se instauró después, de 1580 a 1640, la dinastía de los Felipes, como la llamaron aquí.  El caso es que la desaparición de Dom Sebastião, a quien el hecho de morir joven y guapo y rodeado de polémica le abrió las puertas de la eternidad porque le convirtió en una especie de James Dean de las monarquías europeas, dejó un vacío de poder que “se ofrecieron” a cubrir tres pretendientes, entre ellos Felipe II de España, que alegaba en su favor ser hijo de Doña Isabel y nieto de Don Manuel, ya sabes, por eso de la mezcla de las dinastías y aprovechando, también, que el Tajo pasa por Aranjuez. El caso es que dijo “esta es la mía”, y el tío, convencido de ser tan legítimo como el que más, primero “pretendió”, buscando apoyos entre clérigos y nobles, y después dijo: “por mis cojones”, e impuso la fuerza de las armas y de la economía. Aunque no hay que olvidar que aquí en Portugal también tuvo apoyos muy importantes que facilitaron su conquista.

Tras invadir Portugal, en 1580, y adquirir serios compromisos con los portugueses y garantizar la estabilidad durante su reinado, es proclamado Felipe II rey de Portugal, con el nombre de Felipe I. Atención: se  consigue, por primera vez, el viejo sueño castellano de unir bajo una de las dos Coronas la Península. Aunque era una unión cogida con pinzas y firmada sobre papel mojado.

Es este un reinado de luces y sombras, pero hay que admitir que las consecuencias de la política de los reyes españoles durante las primeras décadas fueron positivas para Lisboa. Felipe II tuvo una buena oportunidad de instalar la capital en Lisboa, de tal manera que en las escuelas de entonces hubiesen recitado: “Iberia, capital Lisboa”.  Sin embargo, no lo hizo. Lo que intentó fue hacer el Tajo navegable hasta Aranjuez. No haberse instalado en Lisboa fue a la postre un error. Luego sobrevino el desastre de la Armada Invencible, la sucesión de Felipes, unos mediocres y otros menos, y algunas que otras pestes y hambrunas. A comienzos del siglo XVII el aumento de los impuestos para sufragar la guerra hispano-inglesa era la evidencia de que España comenzaba a implicar a Portugal en sus fregados internacionales y otros abusos, y dieron lugar en Lisboa a manifestaciones primero, y a verdaderos levantamientos después. Y eso que, de algún modo, el pueblo portugués no estuvo del todo en contra del planteamiento de una Iberia unida, al menos mientras la cosa fue bien para ellos, es decir mientras disfrutaron de una autonomía parecida a la del País Vasco en la actualidad.  Aunque supongo que la cosa no era tan simple.

Pero somos países hermanos, y la Santa Madre Iglesia no aprueba las uniones incestuosas, y esta lo era. El caso es que varias décadas después, el 1 de diciembre de 1640, un grupo de conjurados entra en el Palacio de la Ribeira y mata al ministro español Vasconcelos, Escribano de Hacienda del Reino. Desde el balcón del palacio el duque de Bragança es proclamado rey con el nombre de Juan IV. Portugal va consolidando poco a poco su independencia con batallas victoriosas ante una España debilitada por sangrías internas, aprietos económicos y las guerras con Holanda y Francia. Después de la restauración (tras la  restitución que impone el Tratado de Madrid de 1668 se nos “olvidó” devolver la población de Olivenza, que todavía hoy pertenece a Badajoz, pero que es, reconozcámoslo, portuguesa), Portugal recupera el comercio ultramarino, y, con él, una nueva etapa de esplendor, gracias, sobre todo, al oro procedente de Brasil. La Lisboa que se asoma al siglo XVIII y al océano recuerda a la de la expansión marítima de épocas anteriores.

Juan V, que reinó unos años después, fue también un rey constructor, y a él se deben el convento de Mafra y el Acueducto de las Aguas Livres, mediante el cual se suministra por primera vez agua a la población lisboeta. Pero nos acercamos al funesto 1 de noviembre del año 1755. ¿Qué pasó en esa fecha?

—¡El terremoto! —gritó Tony. Un camarero, apoyado en la puerta nos miró, creyendo que le habíamos llamado.

—¡El gran terremoto de Lisboa! —exclamé yo también. Y aplaudimos—. ¡Agárrate que vienen curvas! —e hicimos temblar la mesa, hasta casi derramar las bebidas.

Alguna cabeza se volvió. Estaba claro que los licores empezaban a hacernos un poco de efecto. Decir “terremoto” en Lisboa es para a continuación cruzar los dedos. Una ciudad caída y vuelta a levantar cada trescientos, cuatrocientos años, que se mueve permanentemente en tierras movedizas, que ve pasar la codicia de unos y otros, y que sufre asedios, epidemias, incendios e inundaciones (¡ah, y las obras del Metro!): eso es también Lisboa. Y tal vez sea esa sensación de provisionalidad la que agudiza la melancolía de los lisboetas. Ese es un rasgo que lo diferencia de tantos otros pueblos: canalizan la incertidumbre en forma de melancolía, en vez de en un discurso más cercano al “a vivir, que son dos días”, tan típico del hedonismo de sus “hermanos” brasileños.

Resumimos en unos pocos segundos periodos de cincuenta años o de dos siglos de la Historia,  pero nos deleitamos durante horas con la menor anécdota. Hay unos versos de Rudyard Kipling que dicen: “las naciones, los reinos, las ciudades,/ a los ojos del tiempo,/ duran lo que las flores que mueren en un día”. Se nos pasó volando la tarde. Qué contraste con la del día de la República, tres días atrás, que se me hizo eterna. Entonces llovía a cántaros y no tenía alguien al lado que me dijese “ya ha entrado el otoño”; y tres días después –qué curioso–, estaba cenando al aire libre con Tony y hablando de las maravillas del otoño, porque a ambos nos gusta. Pero en apenas ese tiempo que llevamos los dos juntos, podría haber llegado yo en coche a Madrid; y en avión, a Nueva York… Qué cosa más extraña, esta del tiempo y el espacio, y más aún la de viajar en el tiempo sin moverse de la silla, con la memoria, con la imaginación…