Sobre la forma de ser portugués

…Ya habíamos discutido sobre eso en algún otro momento, la semana anterior. Y yo, después de diez días, confirmaba, por la prensa y la televisión, al ir por la calle, en el Metro, en los restaurantes, con la oreja pegada, que nadie habla tan mal de lo portugués y los portugueses como ellos mismos. “Este país se ha echado a perder”, me explicaba Tony. “Mira qué servicios, y todo tan caro, con los salarios entre los más bajos de la Europa Comunitaria. La Administración portuguesa es un dinosaurio. Y la corrupción que hay”… Y al final, para redondear el tópico: “Sin embargo, España…”

 

Ser portugués

Nadie habla tan mal de Portugal como los portugueses, y nadie alimenta tanto la infundada superioridad de España, o “lo español”, como ellos mismos. No pasaría semana en Portugal sin ver u oír alguna comparación o referencia en prensa, radio y televisión. Y nosotros, que no les hacemos ni puto caso; “ah, estabas ahí, no te había visto”, les decimos, indiferentes, si alguna de las muchas veces que les pisamos se quejan. Tan lejos, tan cerca, puerta con puerta y tan de espaldas. “Lo mejor de la lejanía absoluta de Lisboa es lo cerca que está”, dice Muñoz Molina en una crónica sobre la ciudad, Lisboa caminada, que firmó en 1994. “Descubrimos así, nada más pisarla, que esta ciudad no se parece a ninguna, y que está mucho más lejos de España que los kilómetros exactos que la separan de ella. Nada en Lisboa nos es del todo ajeno, pero tampoco hay nada que sea del todo familar, y a veces hay serios motivos para el desconcierto…

—Pero el caso es que emigráis —afirmé, haciendo un esfuerzo para sacudirme la susodicha pereza—, os vais a Inglaterra, a Francia, a Suiza, a Luxemburgo, y trabajáis allí como mulas y prosperáis  e incluso llegáis a vivir bien, y vuestros hijos, primos y nietos nacen siendo ciudadanos de aquellos países. Pero en realidad se mueren: os morís por volver a Portugal. Y no hay día que pase que não se lembrem da sua terrinha, alí no canto. Porque sois saudosos por naturaleza. Y necesitáis el Atlántico, aunque sea para añorar, contemplándolo, los hermosos mares de otras tierras que no conoceréis nunca.

—Pero viven mejor allí —se queja Tony.

—O cubren mejor sus necesidades materiales o primarias —le apostillé.

—Mira este bar —continué—. Mira la gente a tu alrededor. Estamos todos fuera de juego. Esta cantina es como la cantina de una estación donde esperan los refugiados políticos la salida de su tren o de su avión hacia el exilio o la salvación.

Tony se sobresaltó, porque miró y efectivamente vio gente de paso, de aquí y de allá. Y dijo:

—¡Estamos todavía en plena guerra de las colonias!

—O en la Segunda Guerra Mundial —le corregí.

…En ese lapso discutían de fútbol, porque ya se sabe que mejor sacar el tema del fútbol que la procesión que va por dentro. Comentaban algo ocurrido en la pasada jornada de liga;   una liga, la portuguesa, que a mí me parecía, aunque no lo dije, un poco “pequeña” y limitada, pues se circunscribe a tres equipos fuertes y unas cuantas comparsas, y además, de un tiempo a esta parte, de esos tres fuertes, el sota, caballo y rey, que son Sporting de Lisboa, Benfica y Oporto, hay uno que brilla con luz propia y que lidera el campeonato prácticamente de principio a fin: el Oporto, con lo cual a sportinguistas y benfiquistas se les reduce el campeonato a la rivalidad local de luchar por el segundo puesto. Tony era sportinguista, y sus dos amigos, benfiquistas. Yo, desde esa tarde, también sería sportinguista, además ya era de los míos en el reparto de equipos en los campeonatos de chapas de la última niñez y primera adolescencia. Al contrario que la mayoría de los hombres, que casi es lo único a lo que se atan de por vida, yo sí le podía ser infiel a mi equipo de fútbol, hasta el punto de que no descartaba cambiar de colores cada cierto tiempo, incluso con cada temporada, siempre y cuando hubiese una decisión racional detrás. Ya había sido del Sporting de Gijón, del Valencia, del Deportivo, y, mientras vivía en Madrid, del glorioso Atlético. Ahora sería del Sporting de Lisboa. ¿Pasa algo? No procedo de una ciudad con equipo de primera (ni siquiera de segunda), y me niego a caer en la trampa del bipartidismo (Madrid o Barça). Puedo, por tanto, contrastar. Pero creo que mi actitud al respecto despertó la desconfianza de Rui, que me miró como pensando: “¿qué se puede esperar de alguien que no es capaz de ser siempre del mismo equipo de futbol?…” Me sentía como una de esas abnegadas esposas que no tienen más remedio que aficionarse al futbol porque a sus maridos ya es lo único que les revitaliza.

No sé qué hostias había pasado con un penalti que no fue tal, y una expulsión de un tipo por una agresión que, al parecer, no era para tanto. Tiene algo de infantiloide, y de frívolo y de ridículo, la épica y la vehemencia que le echan los seguidores a esto del futbol. Y todo por pasar el rato, por desahogarse, por tener de qué

No sé qué hostias había pasado con un penalti que no fue tal, y una expulsión de un tipo por una agresión que, al parecer, no era para tanto. Tiene algo de infantiloide, y de frívolo y de ridículo, la épica y la vehemencia que le echan los seguidores a esto del futbol. Y todo por pasar el rato, por desahogarse, por tener de qué hablar, por no pensar demasiado en la vida que se lleva, que le ha tocado a uno vivir…

—Então, cómo é que vai a competição?

Pregunté por la marcha del campeonato. Yo percibía el grueso de la conversación, pero con la animación provocada por el tema, que les llevaba a hablar efusivamente y quitándose la palabra,  perdía los detalles. No obstante, ponía cara como de que me enteraba de todo, lamentando en mi fuero interno que tanta pasión sea puesta en causas tan espúreas. Tony, para integrarme, me preguntaba por el campeonato español, y así pude deducir pronto que hacen del mismo un gran seguimiento en Portugal. De hecho, estaban más puestos que yo.

—Habría de hacerse una liga ibérica, integrar a los equipos portugueses en la liga española. O, mejor dicho, a los españoles en la portuguesa.

Dije, y la idea gustó, aunque con algunas reservas, pues, aunque no lo expresasen, habían caído en la cuenta de que sus equipos tendrían más difícil hacerse con el subcampeonato u optar a la Liga de Campeones. Especulamos entre espuma y espuma de cerveza sobre esta posibilidad, y de paso, sin ser del todo conscientes, sobre qué es mejor en esta vida, ser cabeza de ratón o cola de león, y al final Paulo y Rui (cabezas de ratón) rechazaron la idea, mientras que Tony y yo (colas de léon) la sostuvimos. Cuestión de mentalidades. Después filosofamos sobre hasta qué punto el Sporting (de Lisboa) es equiparable a lo que para la ciudad de Madrid y sus habitantes es el Atlético, y el Benfica el Real Madrid, o vicerversa, sin que alcanzásemos a sacar nada en limpio. Y Rui, ante mis intenciones de hacerme sportinguista, me dijo, con toda la seriedad del mundo, que no lo hiciese, porque los sportinguistas son, palabras textuales,“malas personas”.

—Más pessoas mesmo. Á serio —insistió, poniéndose trascendente, como si un sportinguista hubiese cometido abusos sexuales con él en su infancia o se estuviese trincando a su mujer, haciéndole rayajos en el coche o poniéndole la zancadilla en el trabajo. No será para tanto, le vine a decir. Y después, en una broma que no captó, pues era un poco seco el hombre, le dije que, bueno, quizá en el Benfica “hay un chaval que no lo hace mal, y va para figura, un tal Eusebio…”

Unas cervezas más, o sea, el doble. Las seis de la tarde: las horas felices pasan veloces, hay que apurar.

Se me hacía una hora un poco rara para beber, pero Tony ya me explicó que muchas tardes se reúnen en este Portugalia o en el del Centro Comercial Colombo, y que, tranquilamente, dependiendo de según qué combinación de compañeros y la vida o no familiar que cada cual lleve,  les pueden dar las uvas bebiendo en la misma mesa. En realidad, las dos horas de dos por una no dejan de ser una excusa, una coartada para estar.

—E o senhor, qué é o que conhece de Portugal, mais além de Lisboa?… —me preguntó Paulo, con sincero interés. Al hablar acercaba mucho el rostro, y lo hacía liberando demasiada saliva.

Y yo les expliqué que al ser de Cáceres conocía toda la raia alentejana, y por tirar ferias en Ayamonte, todo el Algarve; y por un viaje de veinte días que hice con a minha namorada el verano pasado, todo el norte a partir de Caldas da Rainha.

—E que é o que acha de o Porto? —me preguntó, intrigado.

Entonces, recordando aquella descripción de Miguel Torga, y limpiándome con discreción la saliva cervecera que había hecho llegar a mi cazadora, contesté a su pregunta sobre lo que pensaba de o Porto: que esa ciudad es hombre y Lisboa mujer, y que a mí, aunque reconozco el atractivo masculino, me gustan las mujeres. Y mucho.

 

…Duro cuando tiene que luchar por la vida, como él dice, bajo el caparazón del hombre de negocios, que hasta de los cafés hace bolsa una especie de mercado libre donde compra y vende como en una tienda—, habita un hombre que se bate de vez en cuando por una idea, que sabe el valor de un verso y que acuna a un hijo llorón toda una noche si es necesario

 

—O Porto es un hombre noble, muy trabajador, con carácter, aunque tienen su corazoncito, y probablemente sea más auténtico que Lisboa, de una cierta manera, y más cien por cien Atlántico. Un hombre rudo, en cualquier caso. A Lisboa le tira mucho el Mediterráneo. Pero Lisboa es Lisboa… —dije, por último.

Y hablamos de saloios y de alfacinhas. Los saloios son los campesinos de los alrededores de la ciudad, muchos de los cuales se convirtieron en lisboetas a medida que iban siendo urbanizadas aldeas como Sete Rios, Campo Grande, Benfica, los Olivais, Alvalade o Arriero, u otras zonas rurales que constituyen hoy la periferia incierta de Lisboa. Y estos saloios incorporaron, para bien, su carácter, las costumbres y la honorabilidad de la vida rural al tono y al ritmo de la ciudad. Aunque “saloio” –cuando se le llama así a alguien– tiene una connotación como la de “paleto” en español. Mientras que alfacinhas… a todos los lisboetas les llaman alfacinhas, como los de o Porto son tripeiros y los madrileños gatos, y los cacereños mangurrinos y los pacenses belloteros.

—Lechuguinos, eso es lo que somos los lisboetas, ¡¡unos lechuguinos!! —exclamaba Tony, en traducción simultánea, concluyente y efusivo. Y comenzamos los dos:

—¡¡Alfacinhos, alfacinhos… Lechuginos, lechuguinos!!…

Señalándoles con el dedo, camareros incluidos.  Y luego nos pusimos a cantar Laurindinha, como un himno privado y universal:

 

                       Oh Laurindinha

                       Vem a janela

                       Oh Laurindinha

                       Vem a janela

                       Ver ao teu amor ai ai ai que ele vai prá guerra…

A las siete menos cinco pedimos dos cervezas más por cabeza, con lo que nos juntamos en la mesa con doce imperiais; o sea, cuatro por cabeza. O Paulo, de origen angoleño, casado y con dos críos pequeños, más amigo de Tony desde hace más tiempo que Rui, ya ha recibido dos llamadas de su mujer, que le pregunta dónde anda, y Tony ha vuelto a llamar a un primo suyo, que salía de clase a las seis y decía que se iba a pasar. Yo me he ido soltando y ya he dado pie a más de una conversación surrealista. Se está bien allí, y los camareros participan de nuestro alborozo.

—Menos lamentarse y más actuar —les dije, desplegando las cuatro pistas de mi circo particular; y tras escuchar demasiadas quejas de lo mal que está Portugal y de lo mucho que lo colonizan las empresas españolas, propuse—. Lo tenéis muy fácil, porque jugáis con el factor sorpresa. Es cuestión de estrategia. Tomáis el norte, Galicia, Asturias, País Vasco, por aire;  el sur, por mar, desembarcando en Huelva, y desde allí todo Al Andalus; y al centro entráis por tierra, con los tanques, por la A5, directamente en el corazón de Madrid. Y en quince días habéis tomado España. Y si entráis un sábado por la noche incluso lo tomáis antes, porque pilláis a toda la juventud de marcha y al día siguiente, con la resaca, a ver quién va a defender a su patria…

A las siete y pico aparece el primo de Tony, y a las ocho menos cuarto, ante la tercera llamada de su mujer, Paulo se tiene que marchar, no sin antes prometerme que una noche me llevará a un local de angoleños para bailar y ver bailar kizomba. Como a las ocho vemos que ya está todo preparado para las cenas y que el restaurante comienza a recibir a los primeros clientes, nos vamos, y continuamos con las cervezas en un snack de Praça de Chile. Antes vemos un castañazo entre dos coches en un cruce con semáforos, por las prisas y por la lluvia. Tony y Rui se quedan diez minutos en la puerta del bar, manteniendo la tercera discusión acalorada de la tarde, esta vez por motivos estrictamente profesionales, un cambio de guardia o algo así.

En el snack cenamos sandes y cervezas y departimos con la parroquia local, muy del barrio, y protagonizamos no pocos momentos históricos que son como pepitas de oro, de los que dejan posos en la memoria, de los que te hacen creer en el agua pura que fluye por un cauce de alta montaña, en las nubes blancas y en el cielo de un azul intenso. Es una sensación como de tarde incendiada, con sus naranjas y sus lilas, como de una pintura de Sorolla o de un atardecer visto desde Isla Canela.

—O Martim Moniz, era bom rapaz, não era? —le dije al camarero en un momento dado, tras servirme la enésima cerveza, sin venir a cuento.

—Pois —se limitó a contestarme.

Habíamos estado hablando de música, y Rui, Tony y su primo, José, O , me recomendaban algunos grupos y cantantes portugueses: Xuntos e Pontapés, Jorge Palma, Sergio Godinho, Rui Veloso…, y ahora hablábamos de series de televisión, lo cual me permitió constatar el grado de penetración de la televisión española en Portugal. Desde Verano Azul a Médico de Familia, hasta llegar a los nuevos formatos actuales. También les llega la actualidad política a  través de los informativos, y, cómo no, la crónica “social” a través de los programas de cotilleo o los magazines nocturnos. Qué horror, pensé, qué imagen estamos dando en el país vecino. Y yo, no sé muy bien por qué (tal vez porque Ricardo vino a susurrarme algo al oído), me puse en plan destroyer, aunque un poco teatrero:

—El que sale por la tele es un país envilecido, mezquino, tonto, hipócrita e histérico, todo a la vez. Hay que ver la facilidad que tenemos los españoles para exhibir nuestra ignorancia, y compensarla a base de gritos, aplausos y zafiedades. No hay más que ver al agilipollado público que acude a los programas de entretenimiento, cómo palmotea o chilla, aunténticos borregos. Y se supone que eso vale como muestra representativa. En España se habla sin pensar, y lo peor es que hacen gracia las burradas que se sueltan, a cual mayor. Parece como un campeonato de impudor, a ver quién se supera…, y los medios de comunicación tienen gran parte de culpa, todo el día haciéndole la ola a futbolistas lerdos y a políticos mediocres. Si os hacéis una imagen de España por su televisión, ¡me averguenzo de mi DNI!  —y esto último sí que lo exageré, para que les quedase la duda de hasta qué punto mi discurso incendiario tenía una doble lectura, la real y la ficticia.

Tony, Rui y o Zé, se quedan un poco petrificados, sobre todo porque toda esta parrafada la he soltado en español, en ese castellano seco y contudente de la meseta, y no terminan de saber muy bien sobre qué, o quiénes, estoy despotricando.

—Sin embargo —continúo, ya desahogado—,  hay una vida real, cautelosa, de gente que se mueve en la discreción y el esfuerzo, día a día. Gente de mucho mérito, inteligente, sensible, moderada, cumplidora, que sabe escuchar, que aprecia, que comparte, que vive y deja vivir —ahora mi tono es pausado, mirando a los ojos de mis interlocutores, casi se diría que pedagógico—, que lucha, que no se rinde. Gente que merece muy mucho la pena, pero que no hace ruido, no llama la atención, no sale en los “medios”. Gente que intenta cada día ser mejores personas… Las hay, os lo aseguro… Pero no salen en la tele… Pronto.

Pronto” es una especie de palabra-expresión comodín, algo así como nuestro “Bueno”, o “Vale”. Un poco coloquial, pero muy socorrida. Yo digo pronto como diciendo “vale, ya está, ya he dicho lo que tenía que decir, a otra cosa mariposa”. Se acabó esta función.

Y después de unos segundos de estupor, retomamos la normalidad de esa anormalidad de estar allí en ese momento, padeciendo las secuelas de las horas felices, desparramados y dejándonos llevar. Miércoles noche, en un snack de Praça Chile, con sus habituales de la rua Morais Suares y Almirante Reis. Territorio Comanche.

 

 

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—E o senhor, qué é o que faz?

Rogerio, el compañero de Tony, la cabaña en lo alto de la encina, un chico sencillo de unos treinta y cinco años, delgado, mestizo de piel y de rasgos, que no sé por qué me recuerda a Magic Jonhson, me pregunta por mi oficio y mi beneficio. Yo, ya un poco cansado de dar la versión oficial, y aprovechando el carácter afable que detecto en el chico, le contesto:

—Soy Guardador de patos…

Tony ríe, y Rogerio pone cara de póquer. “Aunque lo que realmente me gustaría hacer es cantar en una orquesta, de pueblo en pueblo”, asevero. A Magic Rogerio Johnson le acaban de poner un tapón, un señor gorro, cuando iba a hacer una bandeja, y no sabe por dónde le ha venido.

—¡Que no, hombre! —le digo—. Soy aquello que en cada momento me dé de comer.  Y ahora estoy, digamos, en un proceso de cambio…

—Ah —me contestó, por todo contestar. Con los portugueses hay que ir de menos a más, y tantear mucho. Les puede desconcertar enormemente que recurras a la ironía a las primeras de cambio. Son tan políticamente correctos a veces, tan ceremoniosos…, y con los tacos también hay que tener cuidado. ¡No sueltan tacos! Para ellos, nuestros “joder” o “coño”, que tenemos todo el día en la punta de la lengua, son una barbaridad.

Rogerio, como fui sabiendo, está casado y tiene dos hijos, pero su familia está en Madeira. Debido a no sé qué conflicto o desencuentro irreparable con el director de la cárcel de Madeira, fue destinado, a modo de castigo o destierro, a Lisboa, donde lleva año y medio. Gracias a las particulares jornadas de trabajo y a cambios de guardias con los compañeros, puede ir una vez al mes a su tierra, y estar con los suyos casi una semana, con lo cual el destierro es parcial. Es muy deportista, sale a correr todos los días. En Madeira se está haciendo una casa para su familia con sus propias manos. Lo que más le gusta de Lisboa es el parque forestal de Monsanto. Habla rápido, con sotaque maderiense y a trompicones; y por lo que pude comprobar esa noche, tolera mal el alcohol.

—Yo he visto erizos, ginetas, zorros, jabalíes, topos, tortugas y azores por Monsanto.

Me alcanzó a explicar Rogerio, después de unos minutos intentando aclararnos en portuñol con los nombres de los animales.

Nos pedimos otra ronda de cervezas, y entablamos conversación con los camareros y con un tal Tiago, un chico que está en un rincón de la barra y que Tony me presenta.

—Este está siempre aquí. Siempre que vengo le veo en este rincón —me dice Tony, en un aparte.

Tiago es un chico de unos veintiocho años, y, salvando las distancias, se da un aire a James Dean, pero a la portuguesa; es decir, cejas más espesas, menos pelo, más rudo. Es una especie de institución en el Portas Largas, conocido de todos los conocidos y habitual de los habituales. Vive cerca, “en aquella calle que sube”, me explica, en un portugués muy vocalizado y señalando al frente, hacia la rua das Gáveas. Trabaja en el turno de la tarde como vendedor de una firma de moda de la Avenida da Liberdade, y casi todas las noches, me confirma, se deja caer por el Portas Largas, como gato que se da una vuelta por los tejados antes de echarse a dormir. Es gay, pero ni se exhibe, ni alardea, ni hace apología, ni tiene mayor interés en mí que en la conversación cordial que puede sostener con cualquiera mientras se bebe su licor o su cerveza, pues como buen lisboeta gusta de la conversación sosegada, sin prisas e improvisada. Le seguiría viendo otras tantas noches de Portas Largas, como la de hoy, en ese rincón; y, efectivamente, allí seguiría, y supongo que seguirá, saludando a cada poco a unos y a otros: clientes, propietarios de otros bares, vecinos del barrio, artistas de Lisboa, gente sugestiva, y conversando, conmigo o con cualquiera, igualmente sobre lo divino y lo humano, pues lo mismo hablamos de la guerra de las colonias como de la funcionalidad de las corbatas en el arte del vestir. Me pareció limpio, y admiré y envidié el puesto que ocupa, ganado a pulso, en Bairro Alto.

—Há que ir para Angola, meu irmão. Lá é que está o futuro.

Me explica que Portugal ya no puede esperar gran cosa de Europa y que su apuesta fuerte ha de ser Angola.

—Mas nós somos tão, tão pequenos…