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AUTOPSICOGRAFÍA

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta tuvo
Sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin destino
Que se llama corazón.

ODA

Para ser grande, sé entero: nada
Tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
En lo mínimo que hagas,
Por eso la luna brilla toda
En cada lago, porque alta vive.
 

LISBOA REVISITED (versión 1926)

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido…
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

Me cerraron todas las puertas abastractas y necesarias.
Corrieron cortinas ante todas las hipótesis que podría
ver en la calle.
En el callejón que yo encontré no hay el número de
puerta que me dieron.

Desperté a la m isma vida que me había adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida tan sólo deseada me harta -hasta esa vida…
Comprendo a intervalos inconexos;
escribo en los lapsos de cansancio;
y es tedio hasta el tedio lo que me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
no sé qué islas del Sur imposible me aguardan, náufrago;
o qué palmares de literatura me darán un verso al menos.

No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna…
Y en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo que soñé,
en los campos últimos del alma, donde memoro sin causa
(y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
en los caminos y atajos de las florestas lejanas
donde supuse mi ser,
huyen desmantelados, últimos restos
de la ilusión final,
mis ejércitos soñados, derrotados sin haber sido,
mis cohortes por existir, despedazadas en Dios.

Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida…
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir…

Otra vez vuelvo a verte
sombra que pasa a través de sombras y brilla
un momento a una luz fúnebre desconocida
y entra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos oír…

Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!

TABAQUERÍA

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Fuera de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por gente,
una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humanidad en las paredes y las canas de los hombres,
con el destino guiando la carroza de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si fuese a morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, vueltos esta casa y este lado de la calle
la hilera de vagones de un tren, y una pitada de despedida
dentro de mi cabeza,
y un sacudón de mis nervios y un crujido de huesos al arrancar.
Hoy estoy perplejo, como quien ha pensado y creído y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la tabaquería del otro lado de La calle, como cosa real por fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como me hice ningún propósito, quizá todo fuera nada.
De la enseñanza que me dieron
escapé por la ventana del fondo de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos
pero solo encontré hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual a los demás.

Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo de lo que seré, yo que no sé qué soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero si pienso que soy tantas cosas!
¡Y tantos piensan que son lo mismo que no puede haber tal cantidad!

¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños tan genios como yo,
y tal vez la historia no señale ni a uno,
ni de tantas conquistas futuras quede más que estiércol.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos chiflados por tantas certezas!
Yo que no tengo ninguna certeza, ¿Estoy menos o más errado?

No, ni en mí…
¿En cuantas buhardillas y no-buhardillas del mundo
sueñan a esta hora genios-para-sí-mismos?
¿Cuántas aspiraciones nobles y altas y lúcidas
-sí, verdaderamente nobles y altas y lúcidas,
y quién sabe si no realizables-
no verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de nadie?
El mundo es del que nace para conquistarlo
y no de quien sueña que puede conquistarlo, por mucha razón que tenga.
He soñado más de lo que soñó Napoleón.
He apretado contra el pecho hipotético más humanidad que Crísto,
He hecho en secreto filosofías que no escribió ningún Kant.
Pero soy, y acaso siempre seré, el de la buhardilla;
siempre seré el que nació para eso;
siempre seré solo el que tenía cualidades;
siempre seré el que esperó que le abriesen la puerta ante una pared sin puerta,

Y cantó la copla del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo ciego.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me revuelve el pelo,
y lo demás que venga si viene o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y el mundo es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(¡Come chocolates, pequeña;
come chocolates!
Mira que no hay en el mundo más metafísica que los chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá yo pudiese comer chocolates tan de verdad como los comes tú!
Pero yo pienso y, al quitar el papel de plata, que es hoja de estaño,
tiro todo al suelo, como he tirado la vida.)

Pero de la amargura de lo que no seré nunca queda al menos
la caligrafía rápida de estos versos,
cuarteado pórtico hacia lo Imposible.
Pero al menos me consagro un desprecio sin lágrimas,
noble al menos en el amplio gesto con que arrojo
la ropa sucia que soy, sin papel, al curso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo los comercios, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo los vestidos entre vivos que se cruzan,
veo los muebles que también existen,
y todo me pesa como una condena al destierro,
y todo es extranjero, como todo.

Viví, estudié, amé y hasta crecí,
y hoy no hay mendigo al cual no envidie sólo porque no es yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
y pienso: quizá nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
quizás hayas existido apenas como una lagartija a la que cortan el rabo
y es rabo meneándose más acá del lagarto.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Pronto me tomaron por quien no era, y por no
desmentirlo me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara
estaba pegada a la cara.
Cuando la quité y me miré al espejo
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa
como un perro que la gerencia tolera
porque es inofensivo.
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién me diera encontrarte como cosa que yo hiciese,
en vez de quedarme siempre frente a la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como si fuera la alfombra con que tropieza un borracho
o una esterilla que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el dueño de la Tabaquería sale a la puerta y se queda en la puerta.
lo miro con la incomodidad de la cabeza mal colocada
y con la incomodidad del alma que está malentendiendo.

Morirá él y moriré yo.
Él dejará el cartel y yo dejaré versos.
Llegado un tiempo morirá el cartel también, y también los versos.
Tiempo después morirá la calle donde estaba el cartel
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta giratorio en donde había pasado todo esto.
En otros satélites de otros sistemas algo así como gente
seguirá haciendo algo así como versos y viviendo debajo de algo así como carteles.

Siempre una cosa frente a otra,
siempre una cosa tan inútil como otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre lo otro o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre entra en la Tabaquería
y la realidad plausible cae de pronto sobre mí.
Me incorporo a medias, enérgico, convencido, humano,
para tratar de escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo mientras pienso en escribirlos
y en el cigarrillo saboreo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como un trayecto propio
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es consecuencia de estar de mal humor.
Después me reclino en la silla
y sigo fumando.
Mientras el destino me lo conceda, seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Voy hasta la ventana.
El hombre sale de la Tabaquería.
Ah, lo conozco: es ese Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería sale a la puerta.)
Como por instinto divino Esteves se gira y me ve.
Me saluda con un gesto, yo le grito ¡Chau, Esteves!, y el universo
se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y el dueño de la Tabaquería sonríe.

 

ANIVERSARIO

En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños,
yo era feliz y nadie estaba muerto.
En mi antigua casa, hasta cumplir años era una tradición de hace siglos,
y la alegría de todos, y la mía, armonizaba con una religión cualquiera.
En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños
yo tenía la gran salud de no percibir ninguna cosa,
de ser inteligente entre la familia,
y de no tener las esperanzas que los otros tenían en mí.
Cuando llegué a tener esperanzas, ya no sabía tener esperanzas.
Cuando llegué a tener la vida, perdí el sentido de la vida.
Si lo que fui de supuesto en mí mismo,
lo que fui de corazón y parentesco,
lo que fui de fiestas de media provincia,
lo que fui de ámenme y soy niño,
lo que fui -¡ay, Dios mío! Lo que sólo hoy sé que fui…
A qué distancia…
(ni lo encuentro)
¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños!
Lo que ahora soy es como la humedad en el corredor final de la casa,
poniendo espigas en las paredes…
Lo que ahora soy (y la casa de los que me amaron tiembla a través de mis lágrimas),
lo que ahora soy es haber vendido la casa,
es haber muerto todos,
es sobrevivir a mí mismo como un fósforo frío…
En el tiempo en que festejaban mi cumpleaños…
¡Qué mi amor, como una persona, ese tiempo!
Deseo físico del alma de encontrarse allí otra vez,
por un viaje metafísico y carnal,
como una dualidad de yo para mí…
¡Comer el pasado con pan de hambre, sin tiempo de mantequilla en los dientes!
Veo todo otra vez con una nitidez que me ciega para lo que hay aquí…
La mesa puesta con más lugares, con mejores diseños en la loza, con más vasos,
la alacena con muchas cosas -dulces, frutas, el resto en la sombra debajo del alzado-,
las tías viejas, los primos diferentes, y todo era por mi causa,
en el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños…
¡Deténte, corazón!
¡No pienses! ¡Deja el pensar en la cabeza!
¡Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío!
Hoy ya no cumplo años.
Duro.
Se me suman los días.
Seré viejo cuando lo sea.
Nada más.
¡Rabia de no haber traído el pasado guardado en el bolsillo!
¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños…
 

El misterio de las cosas, ¿dónde está?

¿Dónde está el que no aparece
Por lo menos para mostrarnos que es misterio?
¿Que sabe el río y que sabe el árbol?
Y yo, que no soy más que ellos, ¿qué se´de eso?
Siempre que miro las cosas y pienso en lo que los
hombres piensan de ellas,
Río como un riacho que suena fresco en una piedra.

Porque el único sentido oculto de las cosas
Es no tener sentido oculto.
Es más extraño que todas las extrañezas
Y que los sueños de todos los poetas
Y los pensamientos de todos los filósofos
Que las cosas sean realmente lo que parecen ser
Y no haya nada que comprender.

Sí, he aquí lo que mis sentidos aprendieron solos:
Las cosas no tienen significación: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

ODA TRIUNFAL

A la dolorosa luz de las grandes lámparas eléctricas de la fábrica
tengo fiebre y escribo.
Escribo rechinando los dientes, una fiera ante esta belleza,
ante esta belleza totalmente desconocida por los antiguos.

¡Oh ruedas, oh engranajes, r-r-r-r-r-r-r-r eterno!
¡Fuerte espasmo retenido de los maquinismos furiosos!
¡Furiosos fuera y dentro de mí
por todos mis nervios disecados,
por todas las papilas de todo aquello con que siento!
Tengo secos los labios, ¡oh grandes ruidos modernos!
De oíros demasiado cerca,
y me arde la cabeza de querer cantaros con el exceso
de expresión de todas mis sensaciones,
con un exceso contemporáneo de vosotras, ¡oh máquinas!

Febril y mirando los motores como a una Naturaleza tropical
-¡grandes trópicos humanos de hierro y fuego y fuerza!-
canto, y canto al presente, y también al pasado y al futuro,
porque el presente es todo el pasado y todo el futuro
y están Platón y Virgilio dentro de las máquinas y de las luces eléctricas
sólo porque hubo antaño y fueron humanos Virgilio y Platón,
y pedazos de Alejandro Magno tal vez del siglo cincuenta,
átomos que han de tener fiebre en el cerebro del Esquilo del siglo cien,
andan por estas correas de transmisión y por esos émbolos y por estos volantes
rugiendo, rechinando, rumoreando, atronando, ferrando,
haciéndome un exceso de caricias en el cuerpo con una sola caricia en el alma.

¡Ah, poder expresarse todo como un motor se expresa!
¡Ser completo como una máquina!
¡Poder ir por la vida triunfante como un automóvil último modelo!
¡Poder, al menos, penetrarme físicamente de todo esto,
rasgarme todo, abrirme completamente, volverme poroso
a todos los perfumes de aceites y calores y carbones
de esta flora estupenda, negra, artificial e insaciable!

¡Fraternidad con todas las dinámicas!
¡Promiscua furia de ser parte-agente
del rodar férreo y cosmopolita
de los trenes estrenuos,
de la tarea de transportar cargas de navíos,
del giro lento y lúbrico de los guindastes,
del tumulto disciplinado de las fábricas,
y del casi-silencio susurrante y monótono de las correas de transmisión!

¡Horas europeas, productoras, entablilladas
entre maquinismos y quehaceres útiles!
¡Grandes ciudades paradas en los cafés,
en los cafés -oasis de inutilidades ruidosas-
donde se cristalizan y precipitan
los rumores y los gestos de lo Útil
y las ruedas dentadas y las chumaceras de lo Progresivo!
¡Nueva Minerva sin alma de los muelles y estaciones!
¡Nuevos entusiasmos con la estatura del Momento!
¡Quillas de placas de hierro sonriendo arrimadas a las dársenas
o en seco, erguidas, en los planos inclinados de los puertos!
¡Actividad internacional, transatlántica, Canadian-Pacific!
¡Luces y febriles pérdidas de tiempo en los bares, en los hoteles,
en los Longchamps y en los Derbies y en los Ascots,
y Picadillies y Avenues de l’Opera que entran
por dentro de mi alma!

¡Hola, calles, hola, plazas, hola, la foule!
¡Todo lo que pasa, todo lo que se para ente los escaparates!
¡Comerciantes; vagabundos; escrocs exageradamente bien vestidos;
miembros evidentes de clubes aristocráticos;
escuálidas figuras ambiguas; padres de familia vagamente felices
y paternales hasta en la cadena de oro que atraviesa el chaleco
de bolsillo a bolsillo!
¡Todo lo que pasa, todo lo que pasa y nunca pasa!
¡Presencia excesivamente acentuada de las cocottes,
banalidad interesante (¡y quién sabe qué otra cosa por dentro!)
de las burguesitas, madre e hija, por lo general,
que andan por la calle con cualquier motivo;
la gracia femenina y falsa de los pederastas que pasan, lentos;
y toda la gente sencillamente elegante que pasea y se exhibe
y luego resulta que tienen un alma dentro!

(¡Ah, cómo desearía ser el souteneur de todo esto!)
¡La maravillosa belleza de las corrupciones políticas,
deliciosos escándalos financieros y diplomáticos,
agresiones políticas en las calles,
y de vez en cuando el cometa de algún regicidio
que ilumina de Prodigio y Fanfarria los cielos
usuales y lúcidos de la Civilización cotidiana!

¡Noticias desmentidas de los periódicos,
artículos políticos insinceramente sinceros,
noticias passez à-la-caisse, grandes crímenes-
de los que dos columnas pasan a la segunda página!
¡El olor fresco a tinta tipográfica!
¡Los carteles pegados hace poco, mojados!
¡Vients-de-paraître amarillos con una cinta blanca!
¡Cuánto os amo a todos, a todos, a todos,
cuánto os amo de todas las maneras,
con los ojos y con el oído y con el olfato
y con el tacto (¡lo que representaría para mí tocaros!)
y con la inteligencia como una antena a la que hacéis vibrar!
¡Ah, de qué manera todos mis sentidos se encelan por vosotros!

¡Abonos, trilladoras a vapor, progresos de la agricultura!
¡Química agrícola, y el comercio casi una ciencia!
¡Oh muestrarios de los viajantes-de-comercio,
de los viajantes-de-comercio, caballeros-andantes de la Industria,
prolongaciones humanas de las fábricas y de las oficinas tranquilas!

¡Oh telas en los escaparates, oh maniquíes, oh últimos figurines!
¡Oh artículos inútiles que todos quieren comprar!
¡Hola, grandes almacenes con varias secciones!
¡Hola, anuncios luminosos que se ven, parpadean y desaparecen!
¡Hola, todo aquello con lo que hoy se construye, con lo que hoy se es diferente de ayer!
¡Eh, cemento armado, hormigón, técnicas nuevas!
¡Progresos de los armamentos gloriosamente mortíferos!
¡Blindajes, cañones, ametralladoras, submarinos, aeroplanos!

Os amo a todos, a todo, como una fiera.
Os amo carnívoramente,
perversamente y enroscando mi mirada
en vosotras, ¡oh cosas grandes, banales, útiles, inútiles,
oh cosas modernísimas,
oh mis contemporáneas, forma actual y próxima
del sistema inmediato del Universo!
¡Nueva Revelación metálica y dinámica de Dios!
¡Oh fábricas, oh laboratorios, oh music-halls, oh Luna Parks,
oh acorazados, oh puentes, oh muelles flotantes,
en mi mente turbulenta y encandecida
os poseo como a una mujer hermosa,
os poseo totalmente como a una mujer hermosa a la que no se ama,
a la que se encuentra por casualidad y nos parece interesantísima!

¡Eh-ah-ho, fachadas de los grandes almacenes!
¡Eh-ah-ho, ascensores de los grandes edificios!
¡Eh-ah-ho, reorganizaciones ministeriales!
¡Parlamentos, políticas, secretarios de presupuestos,
presupuestos falsificados!
(Un presupuesto es tan natural como un árbol
y un parlamento tan bello como una mariposa.)

¡Hola, interés por todo en la vida,
porque todo es la vida, desde los brillantes en los escaparates
hasta la noche, puente misterioso entre los astros
y el mar antiguo y solemne, bañando las costas
y siendo misericordiosamente el mismo
que era cuando Platón era verdaderamente Platón
en su presencia verdadera y en su carne con el alma adentro,
y hablaba con Aristóteles, que no había de ser su discípulo!

Yo podría morir triturado por un motor
con el sentimiento de deliciosa entrega de una mujer poseída.
¡Arrójenme dentro de los altos hornos!
¡Tírenme debajo de los trenes!
¡Azótenme a bordo de los barcos!
¡Masoquismo a través de los maquinismos!
¡Sadismo de no sé qué moderno y yo y barullo!
¡Aupa, jockey que has ganado el Derby,
morder tu cap de dos colores!

(¡Ser tan alto que no pudiese entrar por ninguna puerta!
¡Ah, mirar es para mí una perversión sexual!)

¡Eh, eh, eh, catedrales!
¡Dejad que me parta la cabeza contra vuestras esquinas,
y que sea levantado de la calle lleno de sangre
sin que nadie sepa quién soy!

¡Oh tranvías, funiculares, metropolitanos,
restregaos conmigo hasta el espasmo!
¡Huy, huy, ay, ay, ay!
¡Soltadme carcajadas en plena cara,
oh automóviles atestados de parranderos y de putas,
oh multitudes cotidianas ni alegres ni tristes de las calles,
río multicolor anónimo donde no puedo bañarme como querría!
¡Ah, qué vidas tan complejas, qué de cosas por todas las casas de todo esto!
¡Ah, saberse la vida de todos, los apuros de dinero,
los disgustos domésticos, los vicios que no se sospechan,
los pensamientos que cada uno tiene a solas en su cuarto
y los gestos que hace cuando nadie lo puede ver!
¡No saber todo esto es ignorarlo todo, oh rabia!,
oh rabia que como una fiebre y un celo y un hambre
me consume el rostro y me agita a veces las manos
en crispaciones absurdas justo en medio de las turbas
en las calles llenas de encontronazos!

¡Ah, y la gente ordinaria y sucia, que parece siempre la misma,
que dice palabrotas como palabras corrientes,
cuyos hijos roban a las puertas de los ultramarinos,
y cuyas hijas a los ocho años -¡y esto me parece hermoso y me gusta!-
masturban a hombres de aspecto decente en el hueco de la escalera!
¡Ah, la gentuza que anda por los andamios y se va a casa
por callejas casi irreales de estrechez y podredumbre!
¡Maravillosa ralea humana que vive como los perros,
que está por debajo de todos los sistemas morales,
para quien no ha sido hecha ninguna religión,
creado ningún arte,
destinada ninguna política!
¡Cuánto os amo a todos, porque sois así,
ni inmorales de tan bajos que sois, ni buenos ni malos,
inalcanzables por todos los progresos,
fauna maravillosa del fondo del mar de la vida!

(En la noria del huerto de mi casa
el burro anda dando vueltas, dando vueltas,
y el misterio del mundo es de este tamaño).
Límpiate el sudor con el brazo, trabajador descontento.
La luz del sol sofoca el silencio de las esferas
y todos hemos de morir,
¡oh pinares sombríos del crepúsculo,
pinares en los que mi infancia era otra cosa
de lo que ahora soy…!

Pero, ¡ah, otra vez la rabia mecánica constante!
Otra vez la obsesión agitada de los autobuses.
Y otra vez la furia de estar yendo al mismo tiempo dentro de todos los trenes
de todas las partes del mundo,
de estar diciendo adiós desde la borda de todos los navíos,
que a estas horas están levando anclas o alejándose de los muelles.
¡Oh hierro, oh acero, oh aluminio, oh chapas de hierro curvado!
¡Oh muelles, oh puertos, oh convoyes, oh guindastes, oh remolcadores!

¡Eh-ah grandes desastres de trenes!
¡Eh-ah hundimientos de galerías de minas!
¡Eh-ah naufragios deliciosos de los grandes trasatlánticos!
¡Eh-ah revoluciones aquí, allá, acullá,
alteraciones de constituciones, guerras, tratados, invasiones,
ruido, injusticias, violencias, y tal vez en breve el fin,
la gran invasión de los bárbaros amarillos por Europa,
y otro Sol en el nuevo Horizonte!

¡Qué importa todo esto, pero qué importa todo esto
al fúlgido y rubro ruido contemporáneo,
al ruido cruel y delicioso de la civilización de hoy!
Todo esto apaga todo, salvo el Momento,
el Momento de tronco desnudo y caliente como un fogonero,
el Momento estridentemente ruidoso y mecánico,
el Momento, dinámico pasaje de todas las bacantes
del hierro y del bronce y de la borrachera de los metales.

¡Ea trenes, ea puentes, ea hoteles a la hora de cenar,
ea aparatos de todas las clases, férreos, brutos, mínimos,
instrumentos de precisión, aparatos de triturar, de cavar,
industrias, brocas, rotativas!
¡Ea! ¡ea! ¡ea!
¡Ea electricidad, nervios enfermos de la Materia!
¡Ea telegrafía sin hilos, simpatía metálica de lo Inconsciente!
¡Ea túneles, ea canales, Panamá, Kiel, Suez!
¡Ea todo el pasado dentro del presente!
¡Ea todo el futuro ya dentro de nosotros! ¡Ea!
¡Ea, ea, ea!
¡Frutos de hierro y útiles del árbol-fábrica cosmopolita!
¡Ea, ea, ea! ¡ea-ho-ho-ho!
No sé que existo para dentro. Giro, doy vueltas, me ingenio.
Me enganchan en todos los trenes.
Me izan en todos los muelles.
Giro dentro de las hélices de todos los barcos.
¡Ea! ¡Hurra! ¡Ea!
¡Ea! ¡Soy el calor mecánico y la electricidad!
¡Ea! ¡Y los rails y las casas de máquinas y Europa!
¡Ea y hurra por mi-todo y en todo, máquinas trabajando, ea!

¡Saltar con todo por encima de todo! ¡Aúpa!

¡Aúpa, aúpa, aúpa, aúpa!
¡Hala! ¡Hola! ¡Ho-o-o-o-o!
¡Z-z-z-z-z-z-z-z-z-z-z-z!

¡Ah, no ser yo todo el mundo y todos los sitios!

http://www.youtube.com/watch?v=t7H3dV2EGls

PASAJES DEL “LIBRO DEL DESASOSIEGO”

…Envidio—pero no sé si envidio—a aquellos de quienes puede escribirse una biografía, o que pueden escribir la suya propia. En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi autobiografía sin aconte­cimientos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones, y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir. 

     ¿Qué puede tener alguien que confesar que valga o sir­va para algo? Lo que nos sucedió, o sucedió a todos o sólo a nosotros; en un caso no significa nada nuevo, y en el otro no puede comprenderse. Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir…

¡He vivido tanto sin haber vivido! ¡He pensado tanto sin haber pensado! Pesan sobre mí mundos de violenciaen suspenso, de aventuras vividas sin dar un solo paso. Me siento colmado de lo que nunca tuve ni tendré, hastiado de dioses que no han existido todavía. Arrastro conmigo las heridas de todas las batallas que evité. Siento mi cuerpo muscular molido por el esfuerzo que ni llegué a pensar hacer. 

…Nada de eso me interesa, nada de eso deseo. Pero amo el Tajo porque hay una gran ciudad en sus orillas. Disfru­to del cielo porque lo veo desde un cuarto piso de una ca­lle de la Baixa. Nada me puede dar el campo o la natura­leza que valga la majestad irregular de la ciudad tranquila, a la luz de la luna, vista desde Graca o Sao Pedro de Al­cántara. No existen para mí flores como, a la luz del sol, el variadísimo colorido de Lisboa.

El corazón, si pudiera pensar, se pararía…

…Considero la vida como una venta donde tengo que esperar que llegue la diligencia del abismo…

…Y desde lo alto de la majestad de todos los sueños, ayudante de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa… Y en la mesa de mi cuarto, absurdo… hasta mi desdén estático.

…Bajo hoy por la Rúa Nova do Almada, reparo de re­pente en las espaldas del hombre que va delante de mí. Eran las espaldas vulgares de un hombre cualquiera, la chaqueta de un traje modesto en una espalda de tran­seúnte ocasional. Llevaba una cartera vieja debajo del brazo izquierdo, y apoyaba en el suelo, al ritmo de sus pa­sos, un paraguas enrollado que sujetaba con la mano de­recha por el mango. 

Sentí de repente una cosa parecida a la ternura por ese hombre. Sentí hacia él la ternura que se siente por la co­mún vulgaridad humana, por la banalidad cotidiana del padre de familia que se dirige al trabajo, por su hogar hu­milde y alegre, por los placeres alegres y tristes de que forzosamente se ha de componer su vida, por la inocencia de vivir sin analizar, por la naturalidad animal de aquellas espaldas vestidas. 

Cultivo el odio a la acción como una flor de invernadero. Presumo ante mí mismo de mi disidencia de la vida.

…El éxito está en tener éxito, y no en tener condiciones para el éxito. Condiciones para palacio tiene cualquier terreno extenso, pero ¿dónde estará el palacio si no lo levantan allí?

…La idea de viajar me da náuseas.

 Ya vi todo lo que nunca había visto. Ya vi todo lo que todavía no vi. 

El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descu­brir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia, la igualdad de la cabaña y el castillo, el mismo cuerpo estructural entre ser rey vesti­do y salvaje desnudo, la eterna concordancia de la vida consigo misma, la inmovilidad de todo lo que vivo sólo de moverse está pasando. 

Los paisajes son repeticiones. En un sencillo viaje de tren me divido inútil y angustiosamente entre la desaten­ción al paisaje y la desatención al libro que me entretendría si yo fuera otro. Tengo de la vida una náusea vaga, y el movimiento me la acentúa. 

Sólo no existe tedio en los paisajes que no existen, en los libros que no leeré nunca. La vida, para mí, es una soñolencia que no llega al cerebro. A ese lo preservo yo libre para en él poder sentirme triste. 

¡Ah, que viajen quienes no existen! Para quien no es nada, como un río, el correr debe ser vida. Pero para quienes piensan y sienten, para quienes están despiertos, la horrorosa histeria de los trenes, de los automóviles, de los navíos no los deja ni dormir ni despertar. 

De cualquier viaje, por breve que sea, regreso como de un sueño lleno de sueños—una confusión entumecida, con las sensaciones pegadas unas a otras, ebrio de lo que vi. 

Para el reposo me falta la salud del alma. Para el mo­vimiento me falta alguna cosa que hay entre el alma y el cuerpo; se me niegan no los movimientos, sino el deseo de tenerlos. 

A menudo me ha sucedido querer atravesar el río, es­tos diez minutos desde el Terreiro do Paço hasta Cacilhas. Y casi siempre tuve como una timidez de tanta gente, de mí mismo y de mi intención. Una y otra vez he ido, siem­pre oprimido, siempre poniendo el pie en tierra sólo cuando estoy de regreso. 

Cuando se siente con exceso, el Tajo es un Atlántico sin número, y Cacilhas es otro continente, incluso otro universo.

Abandonar todos los deberes, incluso los que no nos exigen, repudiar todos los hogares, incluso los que no fue­ron nuestros, vivir de lo impreciso y del vestigio, entre gran­des púrpuras de locura, y encajes falsos de majestades so­ñadas… Ser algo que no sienta el peso de la lluvia exterior, ni la congoja del vacío íntimo… Errar sin alma ni pensa­miento, sensación sin sí-misma, por caminos bordeando montañas, por valles sumidos entre laderas empinadas, le­jano, inmerso y fatal… Perderse entre paisajes como cua­dros. No-ser a lo lejos y en colores…

“Si tuviese el mundo en la mano, lo cambiaba, estoy seguro, por un billete para la rua dos Douradores”

…Me gusta, en las tardes lentas de verano, el sosiego de la parte baja de la ciudad, y sobre todo aquel sosiego que el contraste acentúa en el momento en que el día se entrega más al bullicio. La Rúa do Arsenal, la Rúa da Alfandega, la prolongación de las calles tristes que se arrastran hacia el este desde el final de la de Alfándega, toda la línea dis­tante de los muelles en calma—todo me conforta  de tris­teza, si me inserto, en esas tardes, en la soledad de su con­junto. Vivo en una era anterior a la era en que vivo; disfruto de sentirme contemporáneo de Cesáreo  Verde, y tengo en mí, no otros versos como los de él, sino la sus­tancia igual a la de los versos que fueron suyos. Por allí arrastro, hasta entrada la noche, una sensación de vida parecida a la de esas calles. De día están llenas de un bu­llicio que no quiere decir nada; de noche están llenas de una ausencia de bullicio que nada quiere decir. Yo de día soy nulo, y de noche soy yo. No hay diferencia entre yo y las calles de la parte de la Alfándega, salvo el ser ellas ca­lles y yo ser alma, lo que puede que nada valga ante lo que es la esencia de las cosas. Hay un destino igual, porque es abstracto, para los hombres y para las cosas—una desig­nación igualmente indiferente en el álgebra del misterio.

Pero hay alguna cosa más… En esas horas lentas y va­cías, me sube del alma a la mente una tristeza de todo el ser, la amargura de que todo sea al mismo tiempo una sen­sación mía y una cosa exterior, que no está en mi poder al­terar. ¡Ah, cuántas veces mis propios sueños se me yerguen en cosas, no para sustituirme la realidad, sino para confesárseme sus iguales al no quererlos yo, al surgirme desde fuera, como el tranvía que da la vuelta en la curva final de la calle, o la voz del pregonero nocturno de no sé qué, que sobresale, tonada árabe, como un chorro repen­tino, en la monotonía del atardecer! 

Pasan futuros cónyuges, pasan las parejas de costureras, pasan muchachos con prisas de placer, fuman en su paseo de siempre los jubilados de todo, en una que otra puerta observan poca cosa los vagos parados dueños de las tien­das. Lentos, fuertes y flacos, los reclutas sonambulizan en haces muy ruidosos cuando no mucho más que ruidosos. Los automóviles allí a estas horas no son muy frecuentes; son, sí, musicales. En mi corazón hay una paz de angustia, y mi sosiego está hecho de resignación. 

Pasa todo eso, y nada de todo eso me dice nada, todo es ajeno a mi destino, ajeno incluso al destino mismo—incons­ciencia, carambas al desatino cuando el azar lanza piedras, ecos de voces incógnitas—ensalada colectiva de la vida.

La monotonía de las vidas vulgares es, aparentemente, pavorosa. Estoy comiendo en este restaurante vulgar, y observo, del otro lado del mostrador, la figura del cocinero, y aquí, a mi lado, la del camarero viejo que me sirve, como hace treinta años, creo, que viene sirviendo en esta Casa. ¿Qué vidas son las de estos hombres? Hace cuarenta años que aquella figura de hombre vive casi todo el día en una cocina; tiene unas breves vacaciones; duerme relativamente pocas horas; va de vez en cuando a su tierra, de donde regresa sin dudas y sin pena; lentamente almacena dinero poco a poco, que no piensa gastar; enfermaría si tuviera que separarse de su cocina (definitivamente) para retirarse a las tierras que compró en Galicia; vive en Lis­boa hace cuarenta años y nunca fue ni a la Rotunda, ni al teatro, y hay en su vida un solo día de Coliseu—payasos en los vestigios interiores de su vida. Se casó no sé cómo ni por qué, tiene cuatro hijos y una hija, y su sonrisa, apoyado en el mostrador mirando hacia donde yo estoy, ex­presa una enorme, una solemne, una contentísima felici­dad. Y en él no es un disfraz, ni [hay] razón en él para el disfraz. Si la siente es porque verdaderamente la tiene.

¿Y el camarero viejo que me sirve, y acaba de depositar delante de mí el que debe ser el millonésimo café de su depositar cafés sobre las mesas? Tiene la misma vida que el cocinero, con la sola diferencia de cuatro o cinco metros—los que hay entre la localización del uno en la coci­na y la localización del otro en la parte exterior de la casa de comidas. Por lo demás, tiene sólo dos hijos, va más ve­ces a Galicia, vio ya algo más de Lisboa que el otro, y co­noce Oporto, donde vivió cuatro años, y es igual de feliz. Repaso, con un pasmo asustado, el panorama de estas vidas, y descubro, al ir a sentir horror, pena o ganas de rebelarme por ellas, que quienes no tienen ni horror, ni pena, ni ganas de rebelarse son los mismos que tendríanderecho a tenerlas, son los mismos que viven esas vidas, Es el error central de la imaginación literaria: suponer que los otros son nosotros y que deben sentir como nosotros. Pero, por suerte para la humanidad, cada hombre es sólo quien es, siéndole dado al genio apenas el ser algunos otros más. 

Todo, al final, es dado en relación a aquello a lo que es dado. Un pequeño incidente de la calle, que atrae a la puerta al cocinero de esta casa, lo entretiene más de lo que a mí me entretiene la contemplación de la idea más original, la lectura del mejor de los libros, el más grato de los sueños inútiles. Y, si la vida es esencialmente monoto­nía, el hecho es que él escapó a la monotonía más que yo. Y escapa a la monotonía más fácilmente que yo. La ver­dad no está ni con él ni conmigo, porque no está con na­die; pero la felicidad está realmente con él. 

Sabio es aquel que monotoniza su existencia, pues asi cada pequeño incidente tiene para él el privilegio de la ma­ravilla. El cazador de leones no siente ya la aventura tras la caza del tercer león. Para mi cocinero monótono una escena de bofetadas en la calle tiene siempre algo de modesto apocalipsis. Quien nunca salió de Lisboa viaja al infinito viajando hasta Benfica, y, si un día va a Sintra, siente que ha viajado hasta Marte. El viajante que pateó toda la tierra no encuentra novedad a cinco mil millas, porque encuen­tra sólo cosas nuevas; otra vez la novedad, la vejez de lo eternamente nuevo, pero el concepto abstracto de nove­dad se quedó en el mar con la segunda de ellas. 

Un hombre puede, si posee la verdadera sabiduría, gozar de todo el espectáculo del mundo desde una silla, sin saber leer, sin hablar con nadie, sólo con el uso de sus sentidos y con que el alma no sepa estar triste. 

En realidad me contento con muy poca cosa: el haber parado de llover, el tener un buen sol en este Sur feliz, plátanos más amarillos por tener manchas negras, la gente que los vende porque grita, las aceras de la Rúa da Prata, el Tajo al fondo, azul tirando a verde oro, todo este rincón doméstico del sistema del Universo. 

Vendrá un día en que no vuelva ya a ver esto, en que me sobrevivirán los plátanos de los bordes de la acera, y las voces  de las vendedoras socarronas, y los periódicos del día que el pequeño extendió de lado a lado en la esquina de la otra acera de la calle. Bien sé que los plátanos serán otros, y que otras serán las vendedoras, y que los periódicos lle­varán, para quien se incline a verlos, una fecha distinta dé­la de hoy. Pero ellos, por no vivir, perduran aunque sean otros; yo, porque vivo, desaparezco aunque sea el mismo. 

Este momento podría yo muy bien solemnizarlo comprando plátanos, pues me parece que en ellos se proyecto todo el sol del día como un faro sin maquinaria. Pero me dan vergüenza los rituales, los símbolos de comprar cosas en la calle. Podrían no envolverme bien los plátanos, no vendérmelos como debieran ser vendidos por no saber yo comprarlos como debieran ser comprados. Podrían extrañar mi voz al preguntar yo el precio. Más vale escribir que pretender vivir, aunque vivir no sea más que comprar plátanos al sol mientras el sol dure y haya plátanos que vender. 

Si un día me aconteciera que, con una vida firmemente se­gura, pudiera libremente escribir y publicar, sé que tendría saudades de esta vida insegura en que apenas escribo y no publico. Tendría saudades, no sólo porque esa vida frustrada es el pasado y una vida que ya nunca tendré, sino porque hay en cada tipo de vida una cualidad propia y un placer peculiar, y cuando se pasa a otra vida, aunque sea mejor, ese placer peculiar resulta menos feliz, esa cualidad propia es menos buena, dejan de existir, y notamos una ausencia. 

Si algún día me aconteciera que pudiera llevar al buen calvario la cruz de mi intención, encontraría un calvario en ese buen calvario, y tendría saudades de cuando era futil, frustrado e imperfecto. De algún modo sería menos. 

Tengo sueño. Ha sido un día pesado de trabajo absurdo en la oficina casi desierta. Dos empleados están enfermos y los otros no están aquí. Estoy solo, a excepción del mozo allá al fondo. Tengo saudades de la hipótesis de poder tener un día saudades, y así y todo son absurdas. 

Casi pido a los dioses que pueda haber que me mantengan aquí, como en un cofre, defendiéndome de las amarguras y también de las felicidades de la vida. 

…en esta Rua dos Douradores que es mi vida entera—esta oficina sordida hasta su médula de persona, este cuarto alquilado por meses donde no pasa nada salvo que vive en él un muerto, esta mercería de la esquina a cuyo dueño conozco como cualquier persona conoce a otra, estos mozos de la puerta de la vieja taberna, esta trabajosa inutilidad de todos los días iguales los unos a los otros, esta continua repetición de los mismos personajes, como un drama que consistiera apenas en el escenario y ese escenario estuviera  del revés…. 

 

Me considero feliz por no tener parientes. Así no me veo en la obligación, que inevitablemente me fastidiaría, de tener que amar a alguien. No tengo saudade si no es literariamente. Recuerdo mi infancia con lágrimas, pero son lágrimas rítmicas, donde ya se prepara la prosa. La recuerdo como una cosa externa y a través de cosas externas; sólo recuerdo cosas externas. No es el sosiego de las veladas provincianas lo que me enternece de la infancia que en ellas viví, es la mesa dispuesta para el té, son los bultos de los muebles por la casa, son las caras y los gestos físicos de las personas. Es de los cuadros de lo que tengo saudades. Por eso, lo mismo me enternece mi infancia que la de cualquier  otro: ambas son, en el pasado que no sé lo que es, fenómenos puramente visuales, que siento con la atención literaria. Me enternezco, sí, pero no porque re­cuerdo, sino porque veo. 

Nunca amé a nadie.

Feliz quien no exige de la vida más de lo que ella es­pontáneamente le ofrece, dejándose guiar por el instinto de los gatos, que buscan el sol cuando hay sol, y, cuando no lo hay, el calor donde quiera que el calor se encuentre, feliz quien renuncia a su personalidad con la imaginación, y se deleita en la contemplación de las vidas ajenas, viviendo, no todas las impresiones, sino el espectáculo exterior de todas las impresiones ajenas. Feliz, en fin, el que renuncia a todo, y al que, por renunciar a todo, nada le puede ser ni arrebatado ni reducido. 

El campesino, el lector de relatos, el asceta puro—estos tres son los que viven una vida feliz, porque son estos tres los que renuncian a la personalidad—uno porque vive del instinto, que es impersonal, otro porque vive di-la imaginación, que es olvido, el tercero porque no vive, y, no habiendo muerto, duerme. 

Nada me satisface, nada me consuela, todo—haya exis­tido o no—me sacia. No quiero tener alma y no quiero re­nunciar a ella. Deseo lo que no deseo y renuncio a lo que no tengo. No puedo ser nada ni todo: soy el puente entre lo que no tengo y lo que no quiero. 

Sólo una vez fui verdaderamente amado. Simpatías las tuve siempre, y de todo el mundo. Ni al más accidental ha sido fácil ser grosero, o brusco, ni siquiera frío conmi­go. Algunas simpatías tuve que, con mi ayuda, podría haber convertido—o al menos tal vez hubiera podido con­vertir—en amor o en afecto. Nunca tuve paciencia o aten­ción del espíritu ni siquiera para desear emplear ese es­fuerzo. 

Al empezar a observar esto en mí, juzgué—hasta tal punto nos desconocemos—que existía en este asunto de mi alma alguna especie de timidez. Pero después descubrí que no la había; había un tedio de las emociones, diferen­te del tedio de la vida, una inquietud por ligarme a cual­quier sentimiento continuo, sobre todo cuando hubiera de llevar a remolque un esfuerzo constante. ¿Para qué?, pensaba para mí lo que en mí no piensa. Tengo bastante sutileza, tacto psicológico suficiente como para saber el «cómo»; el «cómo del cómo» siempre se me escapó. La flaqueza de mi voluntad empezó siempre siendo una fla­queza de la voluntad de tener voluntad. Así me sucedió con las emociones y así también me sucede con la inteli­gencia, y con la propia voluntad, y con todo cuanto signi­fica vida. 

Pero aquella vez en que la malicia de la ocasión me hizo creer que amaba, y comprobar que era verdaderamente amado, me quedé, primero, atontado y confuso, como si me hubiera tocado el premio gordo en moneda no convertible. Sentí, después, un ligero sentimiento de va­nidad, porque ningún ser humano puede serlo sin sentir­lo; esta emoción, sin embargo, que podría parecer de lo más natural, pasó rápidamente. Le siguió un sentimiento dilícil de definir, pero en el que sobresalían incómodamente las sensaciones de tedio, de humillación y de fatiga. 

De tedio, como si el Destino me hubiera impuesto una tarea en veladas desconocidas. De tedio, como si un nue­vo deber—el de una horrible reciprocidad—me fuera concedido con la ironía de un privilegio, que yo tendría todavía que molestarme en agradecer al Destino. De tedio, como si no me bastara la monotonía inconsistente de la vida, para que ahora se le sobrepusiera la monotonía obligatoria de un sentimiento definido. 

Y de humillación, sí, de humillación. Tardé en darme cuenta de a qué venía un sentimiento aparentemente tan poco justificado por su causa. Debería de habérseme aparecido el amor a ser amado. Debería de haberme envanecido de que alguien reparara atentamente en mi existencia como ser amable. Pero, a parte del breve momento de auténtico envanecimiento, en el que todavía no sé si el pasmo fue mayor que la propia vanidad, la humillación fue la sensación que de mí recibí. Sentí que se me conce­día una especie de premio destinado a otro—premio sin duda de valor para quien naturalmente lo mereciera. 

Pero fatiga, sobre todo fatiga—la fatiga que transmite el tedio. Comprendí entonces una frase de Chateaubriand que siempre había interpretado mal por falta de experiencia de mí mismo. Dice Chateaubriand, figurando ser Rene: «al amarlo lo cansaban»—on le fatigait en l’aimant. Reconocí, espantado, que eso resumía una experiencia idéntica a la mía, y cuya verdad por tanto yo no tenía de­recho a negar. 

¡La fatiga de ser amado, de ser amado de verdad! ¡La fatiga de ser el objeto del peso de las emociones ajenas! Convertir a quien quiso verse libre, siempre libre, en el chico de los recados de la responsabilidad de corresponder, de la decencia de no apartarse, para que no se crea que se es príncipe de las emociones y se niega lo más grande que un alma humana puede dar. ¡La fatiga [de] ver nuestra existencia transformada en cosa dependiente por completo de una relación con un sentimiento de otro! ¡La fatiga de, en cualquier caso, tener por fuerza que sentir, tener por fuerza, aunque sin reciprocidad, que amar también un poco! 

Se alejó de mí, tal como a mí llegó, ese episodio en la sombra. Hoy nada queda de él, ni en mi inteligencia ni en mi emoción. No me aportó experiencia alguna que yo no hubiera podido deducir de las leyes de la vida humana cuyo conocimiento instintivo albergo en mí como huma­no que soy. No me dio ni placer que recuerde con tristeza, ni tampoco pesar que con tristeza me venga a la memoria. Tengo la impresión de que fue algo que leí en algún sitio, un incidente acontecido a otro, un relato del que leí sólo la mitad y al que faltó la otra mitad, sin que a mí me im­portase que faltara, pues hasta donde lo leí estaba com­pleto, y, aunque no tuviera sentido, había llegado a un punto en que no le podría dar sentido la parte que faltaba, fuera cual fuera el argumento. 

Me queda sólo una gran gratitud a quien me amó. Pero es una gratitud abstracta, estupefacta, más de la in­teligencia que de cualquier emoción. Siento pesar por si alguien sufrió por culpa mía; eso es lo que me pesa, y no me pesa nada más. 

No es natural que la vida me proporcione otro en­cuentro con las emociones naturales. Casi deseo que apa­rezca para ver cómo siento esa segunda vez, después de haber atravesado por un muy extenso análisis de la pri­mera experiencia. Es posible que sienta menos, es posible también que sienta más. Si el Destino me lo ofrece, que me lo ofrezca. Sobre las emociones siento curiosidad. So­bre los hechos, sean los que en su momento sean, no sien­to la más mínima curiosidad. 

Soy los alrededores de una ciudad inexistente, el prohibido comentario a un libro que nunca se escribió. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela aún no escrita, existiendo en el aire y desecha sin haber existido entre los sueños de quien no supo completarme. 

Voy en un tranvía, y voy reparando lentamente, como acostumbro, en todos los pormenores de las personas que tengo delante de mí. Para mí los pormenores son cosas, voces, letras. En este vestido de la muchacha que está frente a mí descompongo el vestido en el paño del que está hecho, el trabajo con que lo hicieron—pues lo veo como vestido, no como paño—y el sencillo bordado que rodea la parte que contornea el cuello se me aisla en el hilo de seda con el que se bordó, y el trabajo que costó bordarlo. E inmediatamente, como en un libro elemental de economía política, se desdoblan delante de mí las fá­bricas y los trabajos—la fábrica donde se hizo el tejido; la fábrica donde se hizo el hilo de seda, de un tono más os­curo, con que rodea de cositas retorcidas su sitio cerca del cuello; y veo las secciones de las fábricas, las máquinas, los obreros, las costureras, mis ojos vueltos hacia adentro penetran en las oficinas, veo a los gerentes intentar per­manecer tranquilos, sigo, en los libros, la contabilidad de todo; pero no es sólo esto: veo, más allá, las vidas domés­ticas de los que viven su vida social en esas fábricas y en esas oficinas… Todos se van desplegando ante mis ojos sólo porque tengo frente a mí, bajo un cuello moreno, que tiene del otro lado una cara que ignoro, una irregular orla regular verde oscuro sobre el verde claro de un vestido. Toda la vida social yace ante mis ojos.

Más allá de todo esto presiento los amores, las secrecias [sic], el alma de todos cuantos trabajaron para que esta mu jer que tengo frente a mí en el tranvía use, en torno a su cuello mortal, la banalidad sinuosa de un hilo de seda ver­de oscuro sobre un paño de un verde menos oscuro. 

Me estoy mareando. Los bancos del tranvía, de un trenzado de paja fuerte y pequeña, me llevan a regiones distantes, se me multiplican en industrias, obreros, casas de obreros, vidas, realidades, todo. 

Salgo del tranvía exhausto y sonámbulo. Viví toda una vida. 

 

Pero, en fin, también hay universo en la Rúa dos Douradores. También aquí Dios nos concede que no nos falte el enigma de vivir. Y por eso, si son pobres, como este paisaje de carros y de cajas, los sueños que consigo extraer de entre las ruedas y las tablas, aún así son para mí todo lo que tengo, y todo lo que puedo tener. 

En otra parte es donde están, sin duda, los ocasos. Pero incluso desde este cuarto piso de cara a la ciudad puede pensarse el infinito. Un infinito con almacenes abajo, desde luego, pero con estrellas al final… Es lo que se me ocurre, en este atardecer, a la ventana, con la insatisfacción del burgués que no soy y con la tristeza del poeta que nunca podré ser.

¿Qué seré yo de aquí a diez años—de aquí a cinco años, incluso? Mis amigos me dicen que seré uno de los mayo­res poetas contemporáneos—me lo dicen viendo lo que ya tengo hecho, no lo que podré hacer (si no, yo no le citaba lo que dicen…). ¿Pero sé yo de verdad lo que eso, incluso si llegara a realizarse, significa? ¿Sé yo a qué sabe eso? Tal vez la gloria sepa a muerte y a inutilidad, y el triunfo hue­la a podrido. 

Entro en la barbería como de costumbre, con el placer deserme fácil entrar sin embarazo en las casas conocidas. Mi sensibilidad para lo nuevo es angustiadora: me siento tranquilo sólo donde ya he estado antes. 

Cuando me senté en el sillón pregunté, movido por un recuerdo casual, al joven barbero que me iba colocando en el cuello un lino frío y limpio, cómo iba su colega de la silla de la derecha, más viejo y con espíritu, que se encontraba enfermo. Le pregunté sin que pesara la necesidad de preguntar: se me ocurrió por influencia del local y del recuerdo. «Murió ayer», respondió sin tono alguno la voz que subía por detrás de la toalla y de mí, y cuyos dedos se elevaron desde la última inserción por la nuca, entre el cuello de lacamisa y yo. Toda mi buena disposición irracional murió de repente, como el barbero eternamente ausente del sillón  de al lado. Hace frío en todo cuanto pienso. No dije nada. 

¡Saudades! Las tengo hasta de lo que nada tuvo que ver conmigo, por una angustia de fuga del tiempo y una enfermedad del misterio de la vida. Caras que veía habitualmente en mis calles de siempre, si dejo de verlas, me entristezco; y no significaron nada para mí, salvo el ser el símbolo de la vida entera. 

¿El viejo sin interés de las polainas sucias que se cruzaba frecuentemente conmigo a las nueve de la mañana? ¿El vendedor de lotería cojo que me molestaba inútil­mente? ¿El viejo redondo y rojo del puro a la puerta del estanco? ¿El dueño pálido del estanco? ¿Qué ha sido de todos ellos, que por haberlos visto y volverlos a ver pasaron a formar parte de mi vida? Mañana yo también desapareceré de la Rúa da Prata, de la Rúa dos Douradores, de  la Rúa dos Fanqueiros. Mañana también yo —el alma que siente y piensa, el universo que soy para mí mismo—, mañana, sí, yo también seré el que dejó de pasar por estas calles, aquel a quien otros evocarán con un «¿qué habrá sido de él?». Y todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no será más que un transeúnte de menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera. 

Todo cuanto pensé, todo cuanto soñé, todo cuanto hice o no hice—todo eso se irá con el otoño, como las ce­rillas gastadas esparcidas en varios sentidos por el suelo, o los papeles arrugados formando bolas falsas, o los gran­des imperios, las religiones todas, las filosofías con las que jugaron, levantándolas, los niños soñolientos del abismo. Todo cuanto fue mi alma, desde las cosas a las que aspiré hasta la casa vulgar en la que vivo, desde los dioses que tuve al patrón Vasques que tuve también, todo se va con el otoño, todo con el otoño, con la ternura indiferente del otoño. Todo con el otoño, sí, todo con el otoño…

Creo que nunca dejaré de ser ayudante de tenedor de libros en un almacén de paños. Deseo, con una sinceridad que llega a ser feroz, no ascender nunca a  tenedor de libros.