El quinto imperio

…El sebastianismo, en su forma más ingenua y popular, fue la esperanza en el regreso del joven rey don Sebastián después de su derrota, al frente de un improvisado y mal organizado ejercito, en puertas de la ciudad marroquí de Alcácer Quibir en el año 1578. Nadie lo vio morir ni se encontró su cadáver, pero en las Cortes de Lisboa y Madrid fue dado por muerto.

Éste don Sebastián, cuyas ideas no eran las más apropiadas para gobernar un imperio comercial, y que se había propuesto remediar los males del país y devolverle la moral al pueblo mediante un hecho heroico y memorable (como conquistar y evangelizar Marruecos, haciendo una lectura mesiánica de Os Luisadas) y no, por ejemplo, resolviendo poco a poco los problemas económicos y administrativos, era bisnieto de Juana la Loca y sobrino de Felipe II, y, teniendo en cuenta que no dejaba descendencia, el trono vacante de Portugal fue reclamado por el monarca español, que conseguiría ocuparlo en el año 1580 valiéndose igualmente de las armas de la diplomacia y de su ejército. Se hizo efectiva así una unidad peninsular que duraría hasta el año 1640. Iberia, capital Lisboa.

El Quinto Imperio

El gobierno de los Austrias, llamado por los portugueses de los Felipes, si bien contó con el apoyo de la nobleza y de la burguesía, fue, según nos dice Ángel Crespo, odiado por las restantes clases sociales, cuyos miembros en buena parte alimentaron la esperanza de que don Sebastián no hubiese muerto en África y pudiese de nuevo ocupar el trono de Portugal, haciéndose así efectivas ciertas profecías, que desde entonces comenzaron a circular y hacerse populares, escritas ya antes incluso del propio reinado de don Sebastián por Gonzalo Anes de Bandarra, un zapatero del pueblo de Tranoso. Al parecer, las coplas o trovas en las que formulaba sus profecías prendieron como la pólvora por Portugal toda. Ciertamente, lo primero que se deduce de aquellos versos proféticos era que don Sebastián volvería para ponerse al frente del pueblo y de su destino, el cual sería, a partir de su regreso, maravillosamente glorioso. Y don Sebastián habría de volver, precisamente, una mañana de niebla.

Aunque la monarquía lusa ya había comenzado a mostrar síntomas de decadencia antes de la subida precoz al trono de don Sebastián, se comprende la reacción del pueblo ante la, para ellos, increíble e inexplicable derrota y muerte de su joven rey. País físicamente pequeño, pero espiritual y culturalmente grande, pionero de los grandes descubrimientos geográficos, con Lisboa habiendo sido una de las capitales más florecientes de Europa, con una implantación sólida de su soberanía en todos los continentes, y con un desarrollo en las artes que lo situaban al frente de vanguardias varias, es comprensible que un pueblo como el portugués, que se sentía protegido por el Destino y en posesión de poderes y facultades que bien podrían considerarse mágicos, no quisiera ni pudiera admitir la derrota y posterior sumisión a la Corona de España. Así de simple.

Bandera de Portugal

Otro pueblo se hubiese dado por vencido, o por el contrario resistido numantinamente la “intromisión” de los españoles. Pero el portugués, ni lo uno ni lo otro. Es verdad que don Sebastián no regresó, pero desde entonces, a la sombra de la saudade, crece la leyenda del rey heroico salvador de la patria. Y es verdad que se trata de un mito que sufrió periodos de ocaso más o menos prolongados, pero no es menos cierto que su última actualización, iniciada por Texeira Pascoais y consumada por Fernando Pessoa, fue uno de los revulsivos del posterior resurgimiento de la cultura portuguesa. Pessoa creía que don Sebastián había muerto en Alcácer Quibir, pero afirmó públicamente, y en más de una ocasión, que la idea sebastianista habría de conducir a su país a la instauración de un Quinto Imperio (los anteriores habían sido, según él, el imperio griego, el romano, el cristiano medieval y el europeo moderno), basado, no como estos en la fuerza de las armas ni en la dominación política o económica, sino en una cultura, sintetizadora y superior, a la que todos lo pueblos ibéricos habrían de hacer valiosas y decisivas contribuciones.